30/4/12

Musulmán bueno, musulmán malo

MUSULMAN BUENO, MUSULMAN MALO. TARIQ RAMADAN. Revista Alif Nun.
MUSULMÁN BUENO, MUSULMÁN MALO [1] . Por Tariq Ramadan [2]
Apenas se había disipado la polvareda producida por el derrumbe de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, cuando comenzó la búsqueda febril de “musulmanes moderados”, personas que pudieran ofrecer respuestas, que se distanciaran de esta atrocidad y condenaran los actos violentos de los “musulmanes extremistas”, los “fundamentalistas islámicos” y los “islamistas”. Enseguida surgieron dos categorías distintas de musulmanes: los “buenos” y los “malos”; los “moderados”, “liberales” y “laicos” frente a los “fundamentalistas”, “extremistas” e “islamistas”.


Sin embargo, esta clasificación no es nueva. La literatura producida principalmente por estudiosos orientalistas de Gran Bretaña y Francia durante la época colonial de finales del siglo XIX y principios del XX separaba a los musulmanes de la misma manera. “Buenos” musulmanes eran aquellos que, o colaboraban con la empresa colonial, o aceptaban los valores y las costumbres de la potencia dominante. El resto, los “malos” musulmanes, los que ofrecían resistencia religiosa, cultural y política, eran sistemáticamente denigrados, rechazados y reprimidos por representar un “peligro”. Los tiempos han cambiado, pero las viejas creencias y las representaciones simplistas siguen ensombreciendo el actual debate intelectual, político y mediático sobre el Islam. Una razón por la cual muchos pensadores, activistas y reformistas musulmanes de hoy en día tratan de evitar la etiqueta de “moderado” es la sensación de haber claudicado ante Occidente y su asfixiante terminología.

Así pues, ¿a qué nos referimos exactamente cuando decimos que alguien es un musulmán “moderado”? ¿se trata de sus prácticas religiosas o sus posturas teológicas? ¿de su inclinación hacia la violencia ? ¿de su animadversión hacia Occidente?

Detrás del debate actual sobre los llamados “musulmanes moderados” y la búsqueda de éstos se produce una confusión de conceptos. Se dice que el Islam no distingue entre religión y política , de modo que está permitido emplear términos descriptivos muy generales sin necesidad de distinguir entre concepciones y prácticas religiosas y programas y acciones políticos. Adoptar esta perspectiva reduccionista acerca de los musulmanes y el “mundo islámico” supone ignorar los principios descriptivos y analíticos más elementales que suelen aplicarse a campos tan diversos como la teología y la ley, por un lado, y las ciencias sociales y la teoría política, por el otro. Dada la evidente complejidad de este asunto tan delicado, deberíamos empezar por ordenar nuestras prioridades. En primer lugar, debemos enfocar la cuestión en términos religiosos. ¿Se puede hablar de moderación como algo opuesto a los excesos cometidos por los musulmanes en la práctica de su religión? ¿Cómo debemos clasificar las diversas tendencias teológicas que coexisten dentro del Islam?

El tema de la moderación en la práctica religiosa ha sido una constante en la literatura islámica desde su inicio mismo, durante la vida del Profeta Muhammad a comienzos del siglo séptimo. En el Corán y las tradiciones proféticas que lo acompañan, los musulmanes y las musulmanas están llamados a ser moderados en todos los aspectos de su vida religiosa. “Dios desea lo fácil para vosotros, y no quiere la dificultad”, nos recuerda el Corán, mientras que Muhammad confirma: “Haced las cosas sencillas y no las compliquéis”. Las reglas del ayuno para los viajeros durante Ramadán se citan a menudo como ejemplo de dicha facilidad y sencillez, una manera de prevenir a los creyentes contra los excesos. [3] Tales métodos fueron empleados desde un principio por la mayoría de los eruditos musulmanes, con el fin de tomar conciencia de la cita coránica que describe a los musulmanes como “una comunidad moderada” [4]

Durante el llamado primer siglo del Islam (siglo octavo) surgieron dos grupos que interpretaron la práctica religiosa de manera diferente. El primero, ahl al-‘azîma, aplicaba al pie de la letra las enseñanzas de la ley, sin tener en cuenta el contexto o la necesidad de “facilitar las cosas”; y el segundo, ahl al-rujas , no solo tenía en cuenta estos factores, sino también la flexibilidad frente al contexto social de la época, por no mencionar los casos de necesidad propia (hâya) o necesidad impuesta ( darûra ). En los últimos trece siglos, casi todos los eruditos islámicos y los musulmanes de todo el mundo (tanto sunníes como chiíes, con independencia de su escuela jurídica), han promovido y seguido el camino de la moderación y la flexibilidad en la práctica de su religión. Si bien se han adherido de manera inquebrantable a los principios fundamentales del Islam (como son las creencias –aqîda– y las prácticas islámicas básicas, incluyendo las cinco oraciones diarias, el ayuno de Ramadán o la prohibición del cerdo y el alcohol), casi todos los musulmanes se han adaptado a los nuevos ambientes y a los tiempos cambiantes (por ejemplo, integrando aspectos de las nuevas culturas, emitiendo dictámenes jurídicos en relación a los últimos retos científicos y tecnológicos, etc.).

Es en este nivel donde podemos localizar el malentendido inicial sobre el llamado “extremismo musulmán”. En las sociedades occidentales, donde la práctica y la visibilidad de la religión en el día a día son casi nulas (incluso en Estados Unidos, donde la religión es una referencia cultural y moral relativamente importante), hablar de oraciones diarias, ayuno, obligaciones morales relacionadas con la religión o códigos de vestimenta suele verse de inmediato como algo cercano al extremismo.

Desde este punto de vista sesgado, los musulmanes moderados son quienes no se imponen ningún límite en su manera de vestir, consumen alcohol y practican su fe “como lo hacemos nosotros”, es decir, sin adherirse con demasiada firmeza a los principios religiosos u ocultando la religión en la esfera pública. Sin embargo, nuestros puntos de referencia y nuestras culturas no son idénticas, de modo que la idea de moderación debe estudiarse dentro de cada sistema de referencia y no puede imponerse desde fuera.

No obstante, también es cierto que los musulmanes no pueden –o no deben– negar que en las diversas corrientes dentro de los países y las comunidades de mayoría musulmana –literalistas, tradicionalistas, reformistas, racionalistas, místicos e incluso los puramente políticos– se producen interpretaciones dogmáticas y extremas. Es en gran medida dentro de las corrientes de pensamiento islámico de carácter literalista, tradicionalista y politizado donde hoy en día podemos encontrar las interpretaciones más cerradas de la fe. Dichas interpretaciones tienden a emitir dictámenes jurídicos que no tienen en cuenta el contexto social e histórico de las prácticas religiosas, los hábitos culturales, las relaciones humanas, los derechos de las mujeres y las relaciones con los “no musulmanes”.

Sobre el tema de los no musulmanes, algunos grupos como los salafíes literalistas de Arabia Saudita o los tradicionalistas tablighs de Pakistán desaconsejan que los musulmanes se relacionen con los cristianos, los judíos o los ateos, e incluso recomiendan adoptar una postura de hostilidad y rechazo hacia ellos. Algunos de esos grupos islámicos minoritarios, en especial los que se hacen llamar takfiris, critican a los musulmanes de otras tendencias, llegando hasta el punto de poner en duda el carácter islámico de las creencias y las prácticas de éstos.

Quienes nos consideramos reformistas solemos recibir las críticas de otros musulmanes por “abandonar el Islam” cuando buscamos contextualizar la práctica de nuestra religión y pretendemos encontrar nuevas vías para interpretar los textos religiosos. En Occidente, así como en Asia y África, incluyendo algunos países de mayoría musulmana, me han acusado a menudo de ser un kafir (infiel), un murtad (apóstata) o un impostor que pretende adulterar el Islam y destruirlo desde dentro. Esto le sucede a un gran número de reformistas musulmanes que, paradójicamente, son considerados al mismo tiempo como “fundamentalistas” y “extremistas” por algunos círculos de la derecha en Occidente.

Más preocupante, y quizás incluso más peligrosa (por el hecho de no ser juzgada como tal) es la tendencia de algunos grupos reformistas, racionalistas o místicos a desarrollar a nivel interno la misma actitud dogmática hacia sus correligionarios musulmanes, poniendo en duda la legitimidad de éstos de un modo categórico y exclusivista. La moderación es un fenómeno multifacético, y no solo se expresa en referencia a Occidente o a los “no musulmanes”.

Comprender la situación resulta aún más complicado cuando analizamos con más detalle las posturas políticas de literalistas, tradicionalistas, racionalistas, reformistas y místicos. En mi opinión, la moderación política suele ser una cuestión subjetiva. Afganistán ofrece un ejemplo bastante obvio: los mismos que hace dos décadas fueron aclamados como “luchadores por la libertad” contra los invasores soviéticos son ahora descritos como “terroristas” cuando resisten contra la ocupación anglo-americana de su país. Todo el mundo estará de acuerdo en condenar los actos terroristas contra civiles en Nueva York, Rabat, Bali, Amman, Madrid y Londres, ¿pero cómo debemos describir a los movimientos de resistencia en Irak , Afganistán o Palestina que están combatiendo contra fuerzas de ocupación a las cuales consideran ilegales e ilegítimas? ¿debemos considerar “extremistas” a los miembros musulmanes de la resistencia, mientras que los “moderados” serían quienes aceptan la ocupación de las fuerzas estadounidenses y británicas? ¿quién decide eso y cuáles son los criterios para adoptar dicha decisión?

Estas definiciones cambiantes también me han afectado a mí personalmente. El Washington Post me definió en una ocasión como el “Martín Lutero musulmán”, mientras que poco después el Sun me acusó de ser un “militante islámico”. En 2003, el Departamento de Estado de EE.UU. me consideraba un musulmán “abierto y moderado”. Menos de un año después, bajo el mismo gobierno de Bush , mis críticas hacia la política estadounidense en Irak y Palestina (donde acepté la legitimidad de la resistencia sin tolerar en ningún caso los atentados contra civiles y no combatientes) me habían transformado en un “partidario del terrorismo” y un “extremista” potencial. Así pues, me prohibieron la entrada en Estados Unidos. Seis años más tarde, las autoridades estadounidenses retiraron las acusaciones de terrorismo y extremismo que pesaban contra mí. La administración Obama ha decidido que mis opiniones no son peligrosas y que pueden resultar útiles en un debate serio sobre el Islam, de modo que hoy en día se me ha permitido de nuevo viajar a Estados Unidos.

No obstante, los ataques contra mí continúan. Siendo el nieto de Hassan al.Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes –el grupo político islámico más antiguo y numeroso del mundo–, soy peligroso por definición y no debo ser escuchado. Mis críticos afirman que el Islam permite el disimulo (taqiyyah ) y por eso me acusan de practicarlo en grado sumo: todo eso que suena tan bien de cara al público occidental solo es el lado presentable de una agenda oculta mucho más obscura. Me acusan de querer islamizar la modernidad, Europa, a los europeos e incluso todo Occidente. Así pues, se preguntan cómo es posible que pueda ser “moderado”.

La “moderación” política no solo es un concepto mal definido, sino que la confusión entre la esfera religiosa y la política hace que el análisis resulte aún más problemático. Suele asumirse con demasiada facilidad que si una mujer o un hombre son “liberales” con respecto a ciertas prácticas religiosas islámicas como por ejemplo llevar el hiyab ( velo ) o beber alcohol, serán igualmente “liberales” en sus opiniones políticas. Sin embargo, según mi experiencia, nada podría estar más alejado de la realidad. Hay innumerables casos de intelectuales, personalidades políticas y activistas sociales que son de hecho musulmanes con conductas y puntos de vista liberales, pero que apoyan públicamente a los regímenes dictatoriales más duros y/o a los grupos de resistencia más violentos. Así pues, la moderación religiosa no tiene por qué estar relacionada con una supuesta moderación política. Sin embargo, en el debate suscitado en Occidente se tienden a combinar ambas categorías.

Las relaciones con “Occidente” ofrecen otro criterio interesante mediante el cual evaluar las posturas políticas y religiosas de los musulmanes contemporáneos. Los grupos extremistas violentos ven sus relaciones con Occidente solo en términos de completa oposición y enemistad, expresados en su lenguaje religioso, político, cultural y económico. Por el contrario, la inmensa mayoría de los musulmanes del mundo, y en particular los musulmanes de Occidente, reconocen los logros de las sociedades occidentales, si bien al mismo tiempo exigen el derecho a determinar por sí mismos los parámetros de su identidad, la naturaleza y el alcance de sus prácticas religiosas, y sus convicciones espirituales y morales. Vistos desde esta perspectiva, la crítica y el rechazo a Occidente solo se relacionan con la negativa a aceptar la dominación política, económica y cultural.

Incluso dentro de las filas islamistas, el discurso estrictamente religioso suele ser moderado con respecto a Occidente, desde Malasia a Marruecos , pasando por el actual gobierno islamista de Turquía, cuyo objetivo es unirse a la democrática y laica Unión Europea . La zona de tensión y conflicto latente no está definida por la religión y, por lo tanto, no tiene nada que ver ni con el Islam ni con los “musulmanes moderados”.

Hay en Occidente quienes hoy en día tienden a definir a los musulmanes moderados como aquellos que son invisibles, o bien “se parecen a nosotros”, “nos apoyan” o incluso han aceptado “las condiciones de su rendición”. A su vez, esas personas pretenden acusar al resto de musulmanes de ser fundamentalistas o extremistas. Estas opiniones interesadas son de naturaleza ideológica y solo conducen a una confusión intelectual que nos impide captar el carácter esencialmente político y económico del debate, además de no ayudar a entender las complejas dinámicas que actúan en las sociedades musulmanas. Una vez que hemos condenado a los grupos de extremistas violentos que asesinan a civiles inocentes supuestamente en nombre del Islam, debemos dar un paso más y contextualizar sus posturas políticas.

Existe un debate sobre la moderación que es de carácter estrictamente religioso y que se expresa en el lenguaje de la jurisprudencia islámica y los fundamentos de la fe . Si podemos entender esto –como así debería ser– será posible abordar las cuestiones políticas más relevantes con muchos menos prejuicios e ingenuidad. Nunca debemos olvidar que la moderación religiosa, no importa cómo se defina, es perfectamente compatible con una postura política radicalmente no violenta y democrática que rechace toda forma de dominación, explotación y opresión.



Fuente: Revista Alif Nun
NOTAS.-

[1] Traducción, extracto y adaptación del artículo publicado en http://www.tariqramadan.com/Good-Muslim-Bad-Muslim,11022.html?lang=fr Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . Todas las notas son de la Redacción de Alif Nûn.

[2] Tariq Said Ramadan (nacido en agosto de 1962 en Ginebra, Suiza) es un académico suizo francófono de origen egipcio. Su madre, Wafa al-Banna, es la hija primogénita de Hassan al-Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes en Egipto. Su padre, Said Ramadan, discípulo de al-Banna, huyó de Egipto debido a la prohibición de esta organización, y se estableció en Suiza. Tariq Ramadan es profesor de filosofía en el Collège de Ginebra, y de islamología en la Universidad de Friburgo. En 1997 obtuvo el grado de doctor con una tesis sobre la corriente reformista musulmana. Algunos artículos del autor traducidos al castellano: “ Los castigos en el Islam ”, revista Alif Nûn nº 26, abril de 2005; “ Somos europeos: entrevista a Tariq Ramadan ”, revista Alif Nûn nº 96, septiembre de 2011.

[3] Existe toda una casuística destinada a aliviar las dificultades durante el ayuno de Ramadán, de modo que los colectivos más débiles (como personas enfermas, niños, ancianos o embarazadas) no tienen la obligación de ayunar. Así pues, desde la perspectiva islámica, la protección de la vida y la salud de los seres humanos es más importante que el cumplimiento de las obligaciones religiosas. En cuanto a los viajeros, están exentos de ayunar siempre que recorran una determinada distancia al día, que varía de una escuela jurídica a otra. Se pretende así aliviar las penalidades y el cansancio del viaje, evitando cargar al viajero con la dificultad del ayuno. Para más información, véase Ibn Abi Zaid al-Qairawani, “Libro F: Ayuno”, en La Risala: tratado de creencia y derecho musulmán , Kutubia Mayurqa, Palma de Mallorca, 1999, pp. 205-219.>

[4] Literalmente, “una comunidad en el centro” (Corán, 2:143).