13/2/12

Nuestra elección



Por Gerónimo Peralta* 

"Solo por un breve tiempo estamos prestados unos a otros sobre la tierra". 
 Poesía azteca

La velocidad con la cual se están destruyendo las condiciones que hacen posible la vida se ha acelerado en las últimas décadas, sin dudas las políticas de desarrollo y progreso dan cuenta de que este modelo civilizatorio, de producción, distribución y consumo es absolutamente incompatible con la preservación de la vida en el planeta.

Las políticas de carácter extractivista irracional nos muestran, como sucede con la minería a cielo abierto en nuestro país, que no existen negocios trasnacionales sustentables, mientras mayores son las dinámicas destructivas en la extracción de recursos naturales, menores son las posibilidades de respuesta y adaptación a las condiciones planetarias que el saqueo genera.

En lo que puede ser caracterizado como el asalto final del capital a la naturaleza, las principales resistencias a este modelo depredador, a este proceso de acumulación por desposesión, nacen de pueblos y comunidades que sostienen su vivencia rescatando las experiencias del mundo tradicional. Son estas experiencias, estas memorias colectivas de que es posible vivir de otra manera, las principales reservas políticas y culturales con las cuales cuenta la humanidad para cuestionar y resistir el avance de este modelo depredador y destructor de la vida.

Las urgencias locales se resuelven en un escenario mucho más grande donde la propuesta civilizatoria de la sociedad moderna va directo a estrellarse, confirmando una y otra vez que ya nada tiene occidente para ofrecerle a la humanidad. Y en la crisis que atraviesa nuestro planeta es sabido que quienes manejan los hilos encuentren, como lo han hecho históricamente, salidas de tipo fascista y socios nativos para llevarlas adelante.

La política tradicional Argentina hoy también reciclada en “organizaciones sociales”, mantiene la misma direccionalidad, promoviendo en todo el territorio la conformación de grupos mercenarios que funcionan bajo la oferta y la demanda, infiltrando organizaciones, golpeando selectivamente a sus referentes, promoviendo la criminalización de la protesta social o simplemente reprimiéndola con fuerzas de seguridad convencionales, o combinando acciones de estas con sectores civiles.


Pero lo más lamentable en los escenarios por venir es que la reacción sea lo que más rápidamente provoque adhesión en sectores de la ciudadanía. Es decir, el problema es el imperialismo, su modelo de desarrollo, sus soluciones represivas, y lo más lamentable, el problema también es, a no dudarlo, la sociedad, que continua embelesada por los significantes de un modelo occidental civilizatorio, que solo es sostenible mediante el desarrollo y el progreso de la destrucción.

Nosotros concebimos la batalla cultural como estrategia revolucionaria, y en ese sentido estamos a contramano de buena parte de la sociedad y de todas las políticas que definen sus formas de construcción y líneas de acción en base al posibilismo. La sociedad está descompuesta, lo padecemos en nuestras propias organizaciones que son parte, ni más ni menos, de este modelo de civilización que no da para más, y que hay que contribuir en que estalle de una buena vez sin gentilezas.

Nuestra elección lejos está de los tiempos electorales, lejos está de la política tradicional y de las prácticas mercenarias de los punteros, lejos estamos del posibilismo propuesto por los “profesionales de la política”, nuestra elección si bien toma las mejores herencias de nuestros pueblos, pone especial esmero en aquellas culturas que se han sostenido, a pesar de las inclemencias, en la profundidad de sus creencias, es en creaciones culturales como el indigenismo andino, que esta la simiente para un nuevo modelo civilizatorio donde la espiritualidad sea el centro de toda acción política y cultural.

La humanidad está a la deriva, y lamentablemente buena parte de esta seguirá avanzando hacia su autodestrucción, en ese escenario hay que conformar experiencias para batallar contra el poder económico, político, represivo, cultural, y también contra buena parte de la sociedad, que indiferente a la destrucción continuará participando del ritual de muerte que celebra hace un buen tiempo occidente, entendido esto, claro está, no como una mera ubicación geográfica.

Las civilizaciones son realidades culturales y no políticas porque no mantienen el orden, ni imparten justicia, ni recaudan impuestos, ni sostienen guerras, ni negocian tratados, por tanto una civilización puede contener más de una unidad política. Los gobiernos, y hasta los imperios, crecen y se derrumban pero las civilizaciones son muy longevas y se definen por una identidad, son el plano más amplio de identificación en que se desenvuelve el ser humano.

Hay algo más: en Occidente existe una frontera entre la vida espiritual y la vida pública, entre el credo y la acción política, para la cosmovisión andina tal frontera no existe, para nosotros no hay límites entre la organización y la espiritualidad, creemos y actuamos en concordancia y de acuerdo a preceptos como el sumak kawsay (el buen vivir) y el suma qamaña (vivir bien) que sostiene la cosmovisión y cosmovivencia de los pueblos indígenas andinos, replanteándonos las relaciones entre los seres humanos y la madre tierra, vinculándonos desde una vivencia de respeto con la naturaleza, luchando por sus derechos y armonizando nuestra relación con ella reconociendo su dimensión espiritual.

Estamos convencidos que en el fortalecimiento de nuestras identidades, y de nuestras propias organizaciones andamos, a salud nuestra, a contramano del mundo de hoy.

Las comunidades originarias de la ‘tierra floreciente’ desarrollaron -desde mucho antes a los imperios Maya, Azteca e Incaico, e incluso siglos después de la colonización- modelos organizativos donde el centro de su vida social era el sagrado vínculo con la naturaleza, se sabía que la tierra debía ser respetada, se tenía la certeza que la tierra no es de la humanidad, sino que la humanidad es de la tierra. Así el hermano río, las altas cumbres, el silbido del viento y el vuelo del cóndor convivían en perfecta armonía, todos los seres compartíamos el mismo soplo de vida.


*Comunicador Social, Coordinador del Instituto Taki Ongoy e integrante de la Corriente del Pueblo.