28/2/12

[Malvinas] Los engolados profetas de la dependencia

Por Enrique Lacolla

Con el documento “Malvinas, una visión alternativa”, un grupo de intelectuales (17 en total) ha salido a defender el derecho de los isleños a la autodeterminación y a exigir, de paso, “una crítica pública del apoyo social que acompañó a la guerra de Malvinas y movilizó a casi todos los sectores de la sociedad argentina”. 
No es la primera vez en que este punto de vista es exhibido públicamente: Beatriz Sarlo lo puso sobre la mesa de 6,7 y 8 hace unos meses, con un éxito inesperado: el silencio con que su argumento fue recibido por el grupo de intelectuales oficialistas que integraban el panel (ver nota: Otra vez Malvinas, del 15/06/11).

El documento asimismo pone de relieve la disparidad que habría entre los reclamos del gobierno –que las personalidades en cuestión consideran exagerados y patrioteros- y la “importancia real de la cuestión Malvinas”. Enfatiza la supuesta escasa o nula relación que hay entre ese tema y los grandes problemas políticos, sociales y económicos que nos aquejan. No apuntan sus autores, sin embargo, que estos males se derivan de toda nuestra historia y en especial del auge de las corrientes neoliberales que rigieron al país entre 1976 y 2003. Afirman en cambio que tales fallas se deben a “nuestra falta de respeto a la vida, los derechos humanos, las instituciones democráticas y los valores fundacionales de la República Argentina, como la libertad, la igualdad y la autodeterminación”. Sería interesante saber como concilian esta plataforma con la evolución real del país a partir del exterminio de la resistencias interiores, determinada por la casta comercial portuaria al servicio de sus intereses confundidos con los británicos; con el genocidio practicado en el Paraguay por esa misma confluencia de factores y con el golpismo sistemático ejercido contra los gobiernos elegidos por la voluntad popular.

El documento soslaya también el carácter heroico que tuvo el compromiso de los combatientes de 1982 y subraya en cambio su carácter de víctimas sacrificiales; hace especialísimo hincapié en un presunto derecho de autodeterminación de los 2000 isleños que habitan el archipiélago y afirma que “la Historia no es reversible, y que el intento de devolver las fronteras nacionales a una situación existente hace casi dos siglos… y anterior a la unidad nacional, abre una caja de Pandora que no conduce a la paz”.

Esta última observación de énfasis apocalípticos no parece tener en cuenta que las cuestiones fronterizas con Chile han sido regladas en los últimos años y que todos los reclamos argentinos respecto a las islas después de 1982 han apelado a resortes legales y diplomáticos; que la oratoria oficial sobre el tema ha sido pacifista hasta extremos casi desmoralizantes y que la actitud del gobierno respecto a sus propias fuerzas armadas no autoriza ni siquiera a forjarse una ilusión respecto a la capacidad de estas para plantearse un reto militar en torno de la cuestión.

No nos gustan las condenaciones categóricas, pero todos los argumentos de los firmantes del documento están imbuidos de un servilismo intelectual respecto de lo que se considera conveniente o inconveniente desde la perspectiva del “primer mundo”. Servilismo que puede ser consciente o inconsciente; pero uno diría que hay más de lo primero que de lo último. Existe también un desnivel evidente entre los suscriptores del manifiesto: Luis Alberto Romero, Juan José Sebreli, Santiago Kovladoff o Beatriz Sarlo (para hacer sólo unos nombres) se ubican muy por encima de Pepe Eliaschev o Jorge Lanata. Lanata, en especial, desentona. Dueño de mucha información pero de un saber superficial y de una infatuación sin límites, ha sido aspirante a periodista de ruptura, a comunicador autoritario y hasta a figura del teatro de revistas. Es de veras una personalidad agobiante, y no sólo por su volumen físico. Pero, más allá de estas vecindades incompatibles, el grupo sin duda es coherente en su común voluntad de identificarse con la línea maestra de la cultura del sistema que ha regido a nuestro país durante la mayor parte de sus dos siglos de existencia: una suerte de sentido de la superioridad que se transforma en desprecio en el momento mismo en que se debe evaluar la capacidad que este pueblo ha tenido o tiene para determinar la naturaleza de sus males y reconocer a sus responsables. O, viceversa, a quienes se han opuesto activamente a estos. Esa arrogancia y este desdén que no dice su nombre son la clave que mancomuna a los firmantes del documento.

Este se funda en argumentaciones falaces y sobre todo en una ignorancia deliberada de la naturaleza del conflicto austral. ¿Cómo se puede hablar de autodeterminación de los isleños cuando estos son una población que nació de la expulsión de los pobladores criollos en 1833? ¿Y por qué no se toman en cuenta las proyecciones geopolíticas del problema, tanto en el contexto argentino como en el latinoamericano, dentro del marco general que suministra el proyecto de hegemonía global apadronado por la OTAN?

Porque no se trata de “derechos humanos” sino de realidades geopolíticas. La suerte de los isleños está en manos de Gran Bretaña. Siempre lo estuvo. Londres no se cuidó de ellos hasta que le pareció conveniente hacerlo y hoy los usa para configurar su propia política respecto de los recursos energéticos que alberga la plataforma submarina austral y para su posicionamiento estratégico, como miembro de la OTAN, en los accesos a la Antártida.

Ahora bien, esto no debería complicarnos mucho. Las sutilezas y perfidias de la política inglesa no deben preocuparnos más que para ponerlas al desnudo. Son parte de un pedigrí diplomático que viene de lejos y, en definitiva, son la expresión de un imperialismo que busca su propio beneficio. Podrán ser detestables, pero son admisibles dentro de la lógica del poder.

La cuestión es erigir un contrapoder que pueda oponérsele. Para ello es necesario contar con una identidad nacional clara, que sólo puede surgir de la conciencia de la realidad y de la definición de un objetivo superior para alcanzar dentro de ella. Y es aquí donde entra a jugar el colaboracionismo (1) de las “élites” intelectuales que se han formado a la sombra de la vinculación entre la oligarquía y la City de Londres. Hay un discurso derrotista respecto de la capacidad del país para valerse por sí mismo que cruza el espectro político argentino de un extremo a otro. Se lo practica a la derecha, desde la sorna con que los sectores conservadores juzgan la posibilidad de otro crecimiento que no sea el del modelo de la acumulación agraria y la exportación de commodities, y desde la izquierda “progre”, que siente una desconfianza visceral respecto de esa movilización para ella enigmática que ha representado el peronismo. Esa “obstinación argentina”, como diría José Pablo Feinmann.

Este derrotismo es un factor disolvente de las energías nacionales que complica muchísimo la construcción de un contrapoder. Nuestra clase aristocrática se formó en la cuna envenenada por la dependencia: por la servidumbre libremente adoptada como consecuencia de una transacción que ponía al interés de casta por delante de los intereses del país posible. Esto creó una suerte de fidelidad inversa en términos políticos y culturales: se depreció y despreció al país profundo y se vivió en simbiosis con una cultura externa a la que se admiraba pero a la que en el fondo no se comprendía, porque se pretendían mimar sus atributos exteriores sin comprender las bases de las cuales surgía. Que no eran otras que la lealtad a los intereses específicos de la Gran Bretaña. O de su casta dominante, si se quiere, pero casta en última instancia capaz de hacer participar al grueso de la población en el orgullo de ser británicos. Se admiró entonces al nacionalismo inglés, pero no para reproducirlo en nuestra propia tierra sino para ponerse al servicio de él. Como dijera alguna vez nuestro amigo Denís Conles Tizado: “la oligarquía se hizo nacionalista como los ingleses, sí, pero nacionalista inglesa...”

Esta percepción distorsionada de las cosas se contagió a grandes franjas de la clase media –de composición en su mayor parte inmigrante- y sólo a través de una larga, complicada y a veces trágica deriva ese punto de vista se fue modificando de a poco. El revisionismo contribuyó muchísimo a esta liberación. Pero algo de aquel criterio cipayo se puede percibir aun hoy, y este trasfondo es lo que permite que un documento tan despreciable como al que hacemos referencia sea tomado en consideración por buena parte del público y reproducido con satisfacción por los monopolios de prensa que son expresión y parte del poder sistémico que durante tantos años ha primado en Argentina y que aun se encuentra lejos de estar acabado.

Ahora bien, pongamos en claro que no se trata de suprimir la manifestación de esos puntos de vista. Ello pondría en manos del enemigo un elemento que le permitiría victimizarse y gritar “¡Censura!” Todo lo contrario: la cuestión estriba en rebatirlos en forma sistemática y permanente. Es por esto que la ley de medios, que terminará arrancando a los monopolios de prensa la exclusividad del uso de la palabra y la posibilidad de seguir elaborando un discurso único, resulta tan importante.

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Nota

1) Derrotismo y colaboracionismo son términos acuñados para designar el pliegue de la voluntad de resistencia francesa frente a la ocupación alemana; pero mucho más adecuados resultan para designar la claudicación de las élites coloniales cooptadas por el imperialismo en los países del tercer mundo.

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