9/2/12

Las formas de la desmalvinización




Por Enrique Lacolla

La inmensa mayoría de la gente que concurrió a la Plaza aquel día no iba a aclamar a la Junta, sino a apoyar un emprendimiento antiimperialista.  


Fue una cuestión de matices, énfasis y… estipulaciones concretas. El discurso de ayer de la Presidente Cristina Fernández debe haber dejado insatisfechos a muchos que, como quien esto escribe, estiman que a la soberanía no sólo se la declama sino se la ejerce en la medida de las posibilidades, y que la necesidad absoluta de poner en perspectiva histórica los datos negativos de lo acontecido en la guerra de Malvinas, no excluye la reivindicación de esa empresa. Quienquiera haya sido el que la desencadenara y cualesquiera hayan sido las motivaciones más o menos espurias que pueden haber empujado a esa decisión -fundada en un error de cálculo monumental-, de parte de quienes ejercían el poder en Argentina en 1982.

La Presidente por un lado se preocupó en desmontar, con mucha racionalidad, los mecanismos de la provocación británica que está teniendo lugar en estos días. Esto es encomiable. Para demostrar esa provocación basta nombrar una serie de episodios: la desvergonzada argucia de invocar un presunto propósito “colonialista” de nuestro país, de parte de David Cameron, primer ministro de la potencia más colonialista de la historia; la estadía del príncipe Guillermo en las islas, con el pretexto de un curso de entrenamiento militar en estos meses en que, justamente, se cumple el trigésimo aniversario de su reconquista, y el envío del HMS Dauntless –un supermoderno destructor de última generación- a la zona del conflicto. A este arribo se añadiría el probable refuerzo de un submarino nuclear que también llegaría a la zona. Este último dato no tiene confirmación oficial, pero la prensa británica se ha encargado de agitarlo como un espectro amenazante. Guerra psicológica, que le dicen, a la que podría no ser extraña la película dedicada a glorificar a Margaret Thatcher, estrenada por estos días.

La reafirmación de la voluntad negociadora de parte de Cristina, la decisión de entender el conflicto en el marco regional suramericano, la referencia a la solidaridad con Argentina de todos los países del subcontinente con miras a eliminar ese enclave colonial a través de su solución definitiva, comprendida en el contexto de la legalidad internacional que se supone deben proveer las Naciones Unidas, son partes inatacables del discurso presidencial. Ahora bien, otros contenidos y el tono general de la alocución no tuvieron el mismo tenor. Se esperaba la asunción o al menos la insinuación de alguna medida concreta para contener la depredación pesquera y la exploración petrolífera del subsuelo marino de parte de Gran Bretaña. Se aguardaba alguna señal en torno de un modelo económico que, en lo básico, sigue fundado en la exportación del petróleo y otras commodities y que hoy por hoy carece de un contra reembolso de veras significativo de parte de las multinacionales que giran el grueso de sus ganancias al exterior. En un discurso destinado a reafirmar la soberanía territorial de nuestro país sobre el archipiélago malvinense, se echó de menos una reflexión en torno de nuestra soberanía interior y sobre la conveniencia de orientar el modelo productivo hacia una estructuración planificada y estratégica de nuestro desarrollo, único modo de ganar peso internacional para dirimir las cuestiones de nuestra política extranjera. No hubo nada de eso.

Pero fue la interpretación absolutamente negativa que dio la Presidente a la operación lanzada el 2 de Abril de 1982 lo que constituyó, a nuestro entender, el mayor defecto del discurso de Cristina Fernández en el Salón de los Patriotas Americanos. No se puede enjuiciar negativamente el 2 de Abril sin desposeer de legitimidad a nuestro reclamo. Nunca es equivocado buscar la recuperación de lo que es nuestro, aunque sí se pueda rechazar la incompetencia y la estupidez de los miembros de la Junta, que redoblaron la apuesta militar creídos en el apoyo de Estados Unidos.

No se puede atribuir tampoco, como lo hizo la Presidente, el masivo apoyo popular a la reconquista de las islas a un rasgo de humor patriótico fogoneado por los “medios masivos de comunicación”. Esto es una trivialidad o, peor aun, una estimación en extremo pesimista de las cualidades del pueblo argentino para comprender y definir su destino. En este sentido Cristina Fernández, quizá sin saberlo, no se alejó demasiado de la invectiva “progresista” que califica a la Plaza del 2 de Abril como la “plaza de la vergüenza” y recayó en la confusión que hoy se expresa en el combate que -con toda justicia, lleva adelante contra la hegemonía de los medios monopólicos de comunicación-; pero que tiende a limitarse a estos y elude atacar a las fuentes del poder financiero y corporativo de las que esos mismos medios son las herramientas operativas.

La inmensa mayoría de la gente que concurrió a la Plaza aquel día no iba a aclamar a la Junta, sino a apoyar un emprendimiento antiimperialista. Ver a esa muchedumbre como a un rebaño manipulado o engañado resulta paradójico si se constata que tal apreciación cae de la boca de una Presidente que ha sido elegida por más del 54 % del electorado argentino.

Esto dicho, hemos de convenir que el encuadre del conflicto malvinense en el marco regional latinoamericano es el punto decisivo de toda solución –negociada o no- que termine con esa situación de coloniaje. En este sentido la orientación de los gobiernos Kirchner ha significado un paso delante de gran magnitud respecto a lo actuado por los otros gobiernos de la democracia. Pero esta dinámica, de la que dan testimonio hechos tan importantes como el repudio al ALCA y el reforzamiento o la creación de entidades como el MERCOSUR y la UNASUR, no puede continuarse suponiendo que la existencia de ese marco latinoamericano nos releva de asumir nuestros propios deberes en el área austral, que es de nuestra primera incumbencia. Tampoco resulta serio afirmar, como lo hizo la Presidente, que todo lo actuado por la dictadura genocida es repudiable de cabo a rabo: ¿acaso el logro del ciclo del uranio enriquecido –que puso al país en la vanguardia de una tecnología de punta en un mundo donde todavía hay pocas naciones que controlan ese proceso- debe ser abandonado por el origen que tuvo?

Creemos que hay cierta puerilidad en esa clase de apreciación. La realidad, para bien o para mal, está compuesta de múltiples facetas que no dejan espacio para la ética pura. Los marcos legales son indispensables para tratar de controlar el caos, pero es por todos sabido que, incluso en ese encuadre, la razón de los más fuertes pesa más que la de quienes lo son menos. No se puede por lo tanto desestimar la iniciativa del 2 de Abril por el hecho de que haya sido instrumentada por una dictadura de siniestro prontuario. La desclasificación del Informe Rattenbach sobre la guerra austral es un dato que puede ser positivo en la medida que nos ayude a comprender los mecanismos del estallido del conflicto y siempre y cuando obtenga una contrapartida británica que saque a la luz los entretelones de la política inglesa y de la OTAN por esos días. Pero es improbable que esto suceda. ¿Y entonces?

En este contexto, el homenaje a los caídos y el saludo a los ex combatientes con los que la Presidente cerró su alocución, sonaron más de circunstancias que sinceramente sentidos. La "desmalvinización", inaugurada por la dictadura que robó a los soldados que volvían el abrazo del pueblo argentino, y que fue continuada por los gobiernos democráticos que la sucedieron, sigue vigente todavía.

enriquelacolla.com