16/2/12

Ansiedad. La crisis burguesa en el país y en el mundo. Del bonapartismo y el poder vicario.

Por Enrique Lacolla-Perspectivas

Nos preguntaba un lector, la semana pasada, el por qué de la ansiedad que a su juicio percibía, en las notas publicadas últimamente en esta página, respecto de la demora del gobierno nacional en dar el “volantazo” que terminaría rompiendo con “los paradigmas sociales y económicos que venimos arrastrando desde más de hace dos siglos”.

Podría responderse al interrogante diciendo que a la “ocasión la pintan calva” y que no hay que dejar pasar la oportunidad que asigna al ejecutivo el refrendo del 54 por ciento con que fue elegida la presidente Cristina Fernández el pasado mes de octubre. Y sería cierto. Pero no se trata tanto de “volantazos” como de persistencia y consecuencia. La inquietud a la que se refiere el lector cala más hondo y se vincula a la duda respecto de la voluntad que el actual gobierno puede tener para promover esa modificación, aun en los tiempos y la graduación ponderada que estime necesarios. Es decir, que se trata de un temor que está referido más bien a los límites que le marca su conformación ideológica y su carácter de clase.

Admitimos que un movimiento nacional involucra a estamentos sociales diferentes, cuya gestión exige un pulso sólido y una habilidad de equilibrista para componer intereses que, aunque en unos aspectos concuerden, en otros son divergentes. Esto es lo que se suele llamar bonapartismo. En lenguaje marxista, el bonapartismo está apuntado a la consolidación de un estrato burgués nacional que es, por sí mismo, incapaz de sostener su propia causa. Las vestes de esa dirección bonapartista pueden ser asumidas por una vanguardia política que, a su vez, puede revestirse de los contornos de un radicalismo militar –Mustafá Kemal en Turquía o Nasser en Egipto; Perón en Argentina o Velasco Alvarado en Perú- o por un partido como el Baas sirio o incluso como los exponentes del comunismo que brotan en los países emergentes y que quieren saltarse la etapa burguesa para llegar a la realización del socialismo. El fenómeno se dio históricamente en los países evolucionados del primer mundo (los Cabezas Redondas ingleses con Cromwell, los jacobinos franceses con la Convención y su prolongación autoritaria en el Imperio; en cierto modo también los bolcheviques rusos (1) con Lenin y Trotsky, y luego con Stalin), pero también y sobre todo en los que se encontraban en situación de dependencia colonial o semicolonial y hubieron de apelar a ese recurso para pararse sobre sus propias piernas. En Argentina un caso arquetípico de bonapartismo que se proponía como un proyecto burgués vicario, con sostén popular y por un período también con apoyo militar, se dio durante las primeras presidencias de Perón.

Pero los tiempos de la burguesía como factor de progreso –consciente o inconsciente- han pasado en todas partes. Como cabe advertir en los estados burgueses consolidados del primer mundo, ese sector social se ve cada día más comprimido por la existencia de una dictadura financiera y una concentración dineraria que estrangula incluso la representatividad formal de los gobiernos parlamentarios y los convierte en títeres de un poder anónimo, irresponsable y concentrado en cenáculos burocráticos inaccesibles. El FMI, el Banco Mundial o la OMC son los instrumentos de un poder oligárquico anidado en las finanzas del capitalismo y en los directorios de las grandes empresas, que se prolonga en prótesis mediáticas, políticas y militares encargadas de llevar a la práctica las decisiones de un “gobierno mundial” que no tiene cara, pero que avanza en un proyecto dirigido a realizar la globalización asimétrica de la economía. En esta distopía lo que cuenta no es la voluntad popular ni la aspiración a la armonía social que nutrió a gran parte de las corrientes surgidas de la revolución francesa, sino una dictadura financiera, donde lo que importa es la maximización y la concentración del beneficio en pocas manos.

La única forma de resistir a este envite es un Estado fuerte y una movilización popular capaces de asumir las medidas de defensa que sean necesarias, articulándolas en un marco regional que suministre el sustento y el espesor geopolítico que se necesitan para frenar esa ofensiva del capitalismo salvaje. No sabemos en qué irá a terminar la experiencia china (que practica una vigilada libertad de mercado, pero que está engendrando un desarrollo brutalmente asimétrico dentro de su propio país), pero al menos de momento esa práctica funciona. En cuanto al resto…, lo dirá el futuro.

En Argentina

Ahora bien, en Argentina lo que se percibe es una actitud laxa de parte del gobierno respecto de la clase empresaria y en especial de la actividad de los capitales transnacionales que se mueven en el país. Se han dado pasos importantes para solucionar los problemas de pauperización que fueron el resultado de las políticas neoliberales de los ’90 y se han realizado, al conjuro de una bonanza económica determinada por la apreciación de nuestras commodities -bonanza bien gestionada por los gobiernos Kirchner (2)-, avances notables en la creación de empleo, en la potenciación tecnológica del país y en la recuperación del protagonismo del Estado. También se ha modificado por completo la política exterior, poniéndola en un diapasón latinoamericano que es decisivo para el fortalecimiento del bloque regional, único marco concebible para un crecimiento con proyección de futuro. Pero los puntos clave del dominio sistémico permanecen intocados. La tributación fiscal de los sectores privilegiados sigue siendo ínfima respecto a su capital acumulado. Las empresas transnacionales que dominan sectores claves de la industria y la agroindustria, y que se ocupan de la explotación minera, siguen exportando divisas en cantidades desproporcionadas respecto a las ganancias que reinvierten en el país. La exploración petrolera ha sido casi abandonada por esas firmas, tras haber agotado gran parte de las reservas conocidas.

Siguen en pie las leyes del menemismo, que rompieron las disposiciones constitucionales que protegían los recursos naturales, con el resultado de que los gobiernos provinciales pueden ejercer potestad sobre estos. Ello pone a esos recursos a merced de la venalidad potencial de unas autoridades que, por su dispersión, son más difíciles de controlar que lo que puede serlo un organismo nacional. Es difícil resistir, parafraseando a Napoleón, “un cañonazo de un millón de dólares”. Las coimas tienen larga vida en el país y en todas partes, y cuanto más alejado de la atención pública se encuentra el escenario de un negocio más fácil resulta llevarlo a la práctica. Esos sobornos se podrán usufructuar en provecho particular o, en el mejor de los casos, prodigar en inversiones locales que les darán rédito electoral a los políticos de turno y eventualmente mejorarán la provincia, pero no se ajustarán a ningún plan preestablecido de desarrollo estratégico comprendido a escala nacional.

En la medida en que este último no se plantee y se lo lleve a cabo, los problemas congénitos de Argentina: inequidad social, paliada en forma sólo provisoria por un gobierno que sigue expuesto a los vaivenes de la alternancia política; distribución demasiado desigual de la riqueza; inexistencia de una estructuración nacional que equipare en forma gradual los desarrollos locales con arreglo al interés del conjunto de la nación; vías de comunicación vulneradas e insuficientes, en la medida en que ese plan no exista, repetimos, estos problemas no tendrán solución.

Finalmente, las fuerzas armadas se encuentran en una situación de, por lo menos, una reducción de su eficiencia operativa que no se compadece con la realidad de nuestra situación geopolítica y con las tendencias que se perciben en el mundo. Para colmo siguen siendo objeto de un rencor que abreva en los episodios de los ‘70 y que entiende condenar incluso la guerra de Malvinas como un emprendimiento criminal, sin tomar en cuenta la lógica de las contradicciones que engendraron ese hecho ni su singularidad revolucionaria –a pesar de lo que creían sus propulsores- al hacer evidente al país la lejanía en que se encontraba respecto al Primer Mundo, y su pertenencia a una Iberoamérica que se le mostró solidaria.

La coerción del tiempo

El tiempo apremia. Los enemigos de siempre acechan. El estrato poseyente que condicionó y en gran medida sigue condicionando la historia argentina, desprecia las metas integradoras latinoamericanas, se burla de la causa Malvinas, circunscribiéndola a una cuestión jurídica y de mera “autodeterminación”, pasando por alto la significación que el archipiélago tiene como reservorio energético y como pivote para la conexión bioceánica y el acceso a la Antártida(3; y se desentiende de la solidaridad social. Por eso, quizá, la ansiedad que entiende el lector cabría percibir en los escritos que pueblan esta página. El gobierno de Cristina Fernández parece estar apostando a un desarrollo cuyo sostén sería una clase empresaria que se avendría a razones, no fugaría divisas e invertiría en el país. Y tal vez a una capacidad de composición con Estados Unidos que nos allegue los capitales que son necesarios para impulsar el crecimiento. Una especie de neodesarrollismo, en una palabra, con Cristina en lugar de Frondizi. En aras de esta política se está sacrificando el vínculo con la CGT (o con la parte más movilizadora de esta) para reposar no se sabe bien en qué, dado que el empresariado argentino no tiene vocación combativa para enfrentar a los grandes monopolios, adolece de una dependencia doctrinaria de la ortodoxia economicista y pone en primerísimo plano las expectativas de ganancia a corto plazo.

Si las clases populares y su representación sindical son abandonadas a sí mismas, lo más probable es que las últimas se orienten hacia una política puramente salarial e ingresen a una colisión frontal con el gobierno. Ni Hugo Moyano ni la Presidente parecen percibir el peligro de esta situación. Las últimas declaraciones del líder de la CGT (apoyando la dudosa requisitoria de ex conscriptos de 1982 que reclaman, para sí, la misma compensación económica que merecidamente reciben los ex soldados que combatieron en las islas) se inscribe en el marco de una sobreactuación que parecería estar determinada por la decisión de chocar con el gobierno en todos los ámbitos susceptibles de polémica. Y las recientes declaraciones de Cristina Fernández en el sentido de que Mariano Rajoy (el jefe del PP y presidente del actual gobierno español) es un “suertudo” porque su feroz ajuste ha encontrado una respuesta gremial que hasta ahora ponderada, puede leerse como una confesión involuntaria en el sentido de que su pensamiento sobre la profundización del modelo no es exactamente lo que solía suponerse.


Estos son, a nuestro entender, los nudos críticos del presente argentino. No son poca cosa, aunque tampoco haya que creer que el país y el actual gobierno estén incapacitados para desatarlos. El problema reside en que este último y sus voceros progresistas se van demasiado por las ramas, que la oposición en general es incapaz de asumir esa problemática y que el ataque a los problemas estructurales se demora de manera peligrosa, cuando es en esta época que podría habérselo abordado sin generar las conmociones reaccionarias que son de esperar, pues –por un instante- el sistema estuvo grogui como consecuencia de un resultado electoral que durante más de un año consideró imposible.

Hemos dicho con frecuencia que Argentina es el país de las oportunidades perdidas. Que no sea así otra vez.

Notas

1) Estos últimos nacieron de un debate, en el seno del socialismo, acerca de la capacidad o incapacidad de la clase media rusa de estar a la altura de su misión histórica y promover un proceso de cambio de carácter democrático-burgués. Sobre ese debate se engranó luego una nueva discusión en el sentido de si era factible que la clase obrera (o su vanguardia política) cumpliera las metas burguesas y luego se retirara, o bien no se detuviera y buscara la realización de sus propias metas, a través de un proceso de “revolución permanente”.

2) Sin esta gestión podemos estar seguros de que la Argentina no hubiera salido del marasmo al que la había condenado la ola neoliberal de los ‘90.


3) Véase el artículo del historiador Luis Alberto Romero: “¿Son realmente nuestras las Malvinas?”, aparecido en La Nación del martes 14 de febrero.