23/1/12

Vivir en el limbo

El reconocimiento a Kosovo, la loca idea santacruceña de fracturar Bolivia; el histórico reclamo kurdo, más violento aún que el vasco. La independencia chechena, la escisión del Tíbet, la cruzada beluchi, el nacionalismo uigur en China occidental. Todos quieren ser “Estados”, libres, autosuficientes. Un polvorín inagotable de quienes viven en el limbo institucional.

Por Rodolfo Olivera
No se trata ni siquiera de “Estados fallidos”, porque esto significaría que alguna vez lo fueron. Son proyectos, deseos, aspiraciones truncas donde la etnia, la religión, cierta paranoia y a veces la misma geografía, terminan por aislar a pueblos enteros durante siglos. Y en algún momento, con razón o no, complican a todo el mundo.

Quieren ser lo que no son, sin preguntarse si pueden ser aquello a lo que aspiran. “Libre determinación” le llaman, montados sobre un principio wilsoniano que abreva más en el romanticismo que en la viabilidad práctica. Sin embargo, los pedidos y reclamos, algunos furiosos, se multiplican: Abjasia, Osetia, Cabinda, Somaliland (así, como suena). Graeme Wood, director editorial del “Atlantic”, medio destacado en análisis político de New Hampshire, EEUU, hizo una recorrida por algunos de estos sitios y transmitió su (algo loca) experiencia.

Llegado a Abjasia (provincia de Georgia, a orillas del Mar Negro), se encontró con un “país” que no es tal pero que quiere serlo. De hecho, tiene “ministro de Relaciones Exteriores”, un disparate si no se es independiente y soberano. Wood se lastimó una pierna y fue a atenderse el corte en un hospital donde le aplicaron unas friegas de alcohol; quien lo hizo, un dermatólogo llamado Zurab Marshaniya, se presentó como el “ministro de Sanidad”, y no había error de traducción. Se preguntó si quien le confirmaría el billete de micro sería el ministro de Transporte. Rasgos del sistema prenatal…
El caso de Abjasia es típico. Con una población de 190.000 habitantes, ocupa una región de la costa georgiana del Mar Negro cuyas playas atraen al turismo; allí veranearon Stalin, Kruschev y Breznev. A principios de los ‘90, una guerra quiso desgajar Abjasia de Georgia, con miles de muertos y gran desplazamiento humano. Como Georgia se acercó a Occidente, Rusia apoyó a Abjasia para hacer sentir su influencia. Extendió pasaporte ruso a los abjasios y en 2006 la consideró nación independiente. La tensión se mantiene todavía cinco años después, es cotidiana, y la orden allí para cuando un soldado georgiano intente el cruce es “tirar a matar”.
La “política exterior” (¿) se orienta a adular a todos los que pudieran llegar a reconocerla como nación soberana. Y así lo hacen la Nicaragua de Daniel Ortega, quizás influenciado por antiguos lazos con Moscú; la Venezuela de Chávez por el antinorteamericanismo deportivo (ambos reconocieron en 2008 y 2009 respectivamente); y por supuesto Rusia. Pero no tienen relaciones formales, porque en realidad se creen lo que aún no son, aunque actúen como si lo fuesen.
EEUU, fiel amigo de Georgia, niega visado a los hipotéticos funcionarios, no por ser funcionarios sino por ser hipotéticos. Y han convencido a varios en igual sentido. Tampoco será fácil, dicen los abjasios, vivir siendo peones de Moscú. Pero igual de complicado es serlo de Washington, y el barrio requiere tener los “amigos” cerca…
En otra geografía, pero con el mismo tipo de problemas, está el caótico cuerno de África. Hace veinte años, Etiopía había perdido Eritrea, a la que consideraba su colonia, luego “independiente” (un decir). Ahora, para recuperar el control del norte, aparece apadrinando a Somaliland, una de las regiones más rebeldes durante la dictadura somalí de Siad Barré, autor intelectual y material de la muerte de cientos de miles de opositores. Cuando cayó el dictador, Somaliland reclamó su parte, y eso le valió la ayuda etíope y la indignación del resto de los somalíes.

Y allí están en un “pas de trois”, donde los argumentos más fuertes son los que pasan por un caño de 9 milímetros. En Somaliland sellan el pasaporte al entrar, aunque sea de país limítrofe; una señal de que ellos son otra cosa. Sus habitantes hablan de la “crueldad” del sistema internacional por no querer reconocerlos como Estado. Dicen que están en mejores condiciones que cualquiera porque tienen elecciones multipartidarias, rechazan el terrorismo y no han pedido crédito (¿se lo darían?).
El problema que tienen es que Etiopía, su mejor amigo, tampoco los reconoció como Estado porque una cosa es apoyar (para influir) y otra soltarles la mano. Como Kosovo, que se estancó con 63 reconocimientos; o Taiwán con apenas 23. Continuamente los “somalilandeses” (¿será así?) reclaman que Londres, París o Washington instalen allí sus embajadas. Somaliland, que aprovecha la destrucción Somalí, ha llegado a imprimir su propia moneda, el chelín. Su unidad más pequeña vale tan poco que las oficinas de cambio tienen que emplear animales de carga para transportar el dinero en efectivo y reponer sus cajas de seguridad.
Pocos cuasi-Estados tienen más historia que el Kurdistán, sobre todo el irakí, considerando que la etnia se encuentra desparramada también en Turquía, Siria e Irán. Pero los irakíes se las ingeniaron para enfrentarse violentamente con Saddam Hussein, y le abrieron las puertas a la invasión norteamericana confiando en que el pago sería la independencia. Nada más lejos; y ahora que las tropas de EEUU han dicho que se van a retirar, se encuentran en el peor de los mundos: se les va el supuesto socio y los que quedan los ven como traidores a su país. Se viene, en no mucho tiempo, un serio problema interno que no será barato en vidas.
Como bien señala Wood, “por desgracia para estos Estados, para constar en los mapas y entrar en la Asamblea General de la ONU hay que hacer mucho más que contratar una imprenta profesional que empiece a producir pasaportes”. Incluso hay en su interior quienes no están seguros de que ese sea el mejor futuro, habida cuenta de que por ejemplo Afganistán es un Estado hecho y derecho, la primera bandera en el edificio de la ONU (por letra). Pero, ¿quién quiere vivir allí?
Recuerda el director del Atlantic: “sustraer territorio de otros Estados implica casi siempre derramamiento de sangre y, en la mayoría de los casos, las fronteras siguen sangrando décadas después. Somaliland y Abjasia existen desde hace casi 20 años y hay pocos indicios de que el reconocimiento general vaya a llegar de forma inminente”.
Bastan los ejemplos de Timor Oriental en Indonesia. O el de Kosovo separándose de Serbia luego de una perezosa e ineficiente presencia de la ONU, para darse cuenta de que la independencia no resuelve automáticamente los problemas. Se ingresa en el submundo institucional de la legalidad ambigua del Estado Embrionario, por la puerta de la violencia; y ésta, cuando llega, tiende a quedarse aun sin que la inviten. 


La política internacional, para ellos, pasa por contar con un buen lobby en los EEUU, eventualmente en Rusia, más difícil en las Naciones Unidas. Y si no, de última, afirmarla con un buen stock de Kalashnikov, que en el mercado negro no están tan caras…

 Rodolfo Olivera-NoticiasyProtagonistas