10/1/12

Suez: entre salafismo y revolución



Por François Pradal*

Las violencias de la Plaza Tahrir consumaron el divorcio entre el Ejército y los revolucionarios. En Suez, los salafistas, que triunfaron en las elecciones legislativas, deberán tener en cuenta las reivindicaciones de justicia social y libertad.


"Si bien me opongo a un Estado islámico, prefiero a los Hermanos Musulmanes democráticamente electos antes que al mantenimiento del régimen militar”, afirma Ghehareb Saqr en un diálogo en un café de Suez, a pocos pasos de la desembocadura del canal. Cerca de allí, desde la cornisa del golfo del mar Rojo se ven los destellos de las plantas petroquímicas. Este militante comunista de actitud resuelta y apariencia sencilla es el encargado de la climatización de la empresa textil Misr Iran, donde los obreros acaban de conseguir un 10% de aumento salarial después de tres semanas de huelga.
Vestido con un traje italiano y rodeado de jóvenes, Ahmed Mahmud, número uno de la lista de los Hermanos Musulmanes en Suez y recién liberado luego de tres años de cárcel, declara, como en eco: “Prefiero a unos comunistas democráticamente electos antes que al mantenimiento del régimen militar. El ejército debe depender del gobierno y no debe tener prerrogativas especiales, como en Francia.” 

Consultado sobre la movilización en Suez y en la plaza Tahrir de El Cairo, reiniciada el 19 de noviembre pasado, el sexagenario se aleja de la posición nacional de su partido, Justicia y Libertad: “Yo no llamo a ocupar la plaza, pero apoyo las reivindicaciones de los manifestantes y denuncio las violaciones de los derechos humanos. Debemos seguir presionando al régimen militar.”
Por otro lado, en relación a las huelgas, el Hermano relativiza: “Este no es el mejor momento, ya que la economía perdió 6,6 mil millones de dólares. Pero las reivindicaciones de los trabajadores son legítimas.” Los militantes de su entorno no se dejan embaucar. “Los que cobran salarios miserables no pueden esperar.” ¿Y la futura Constitución? Mahmud insiste: “Debe incluir a todos los egipcios. Queremos organizar una coalición lo más amplia posible, que incluya también a los cristianos, para salvaguardar el interés nacional.” ¿Voluntad de unir, de no aislarse de una juventud firmemente revolucionaria, u oportunismo? En todo caso, la ruptura con el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), en el poder desde febrero de 2011, y la aceptación del juego democrático parecen irrenunciables.

Programas electorales

La calle del Ejército es la arteria principal de Suez: une el viejo cuartel colonial de Puerto Taoufik (1) con la plaza Arbaeen, equivalente de la plaza Tahrir. A principios de diciembre pasado, la campaña electoral estaba en su apogeo. Las pancartas confeccionadas con sábanas de algodón colgaban de los faroles, las palmeras o los postes de electricidad. Los candidatos se reunían bajo unos toldos similares a los que se arman después de los funerales. Salafistas y “feluls”(2) ostentan las fotos a color de sus candidatos –a excepción de la única mujer, que por obligación legal figura en la lista salafista, cuya imagen estos últimos reemplazaron ¡por una flor!–.

Ciento nueve candidatos independientes disputaban dos escaños y doce partidos, otros cuatro escaños. Los tres partidos islamistas sacaron finalmente el 78% de los votos; los cuatro liberales, el 14%; los cuatro “felul”, el 7%, y el nasserista, menos del 0,1%. Los primeros podían esperar quedarse entonces con cuatro o cinco de los seis escaños. Cada uno enarbolaba su símbolo: los Hermanos, la balanza; el Partido de la Luz (Al Nour, salafista), el fanus (la linterna de ramadán); otros, un teléfono celular, una casa o una botella de agua. A excepción de los islamistas, los partidos emanados de la revolución no consiguieron implantarse, en tanto las viejas organizaciones se descalificaban. La izquierda no entra en competencia; los programas de la izquierda y la derecha se parecen tanto que no se nota la diferencia entre ambas.
“La población se apega a las personas, no a los partidos”, confirma Nahed Marzuk. Aunque afiliada a la Alianza Popular Socialista, muy a la izquierda en el tablero político, esta solitaria candidata (¡son cuatro mujeres!) prefiere definirse como independiente. ¿La clave de la elección? La respetabilidad. Para convencer a una población tan revolucionaria como conservadora, obrera como religiosa, combativa como tradicional, es mejor ser un muchacho de barrio y de una familia conocida. En la contienda electoral se enfrentan personas que se conocen, que asisten juntas a las manifestaciones y buscan ante todo evaluar su influencia social. Se presentan pocas mujeres y jóvenes emanados de la revolución. Sin embargo, un viejo taxista confiesa: “Yo voy a votar por los jóvenes, ¡porque sólo ellos nos protegen del retorno al antiguo sistema!”.

Política y religión

Dos son las líneas divisorias imperantes. La primera separa a los “felul” de los partidarios de la revolución –incluidos los que no quieren continuarla en la calle. Un joven candidato nasserista denuncia: “Los ‘felul’ y los Hermanos proponen la misma política. Son conservadores, partidarios del capitalismo.” La segunda diferencia a los islamistas del resto. Si bien nadie cuestiona el artículo 2 de la Constitución, que erige la sharia como principal fuente legislativa, “sólo los salafistas oponen ciudadanía e islam, Estado islámico y Estado civil. Lo que se debate es en qué principio que debe fundarse la convivencia: ¿en el islam o en la ciudadanía?”, destaca Clément Steuer, investigador del Centro de estudios y documentación económicos, jurídicos y sociales (Cedej).

La principal sorpresa en Suez fue el resultado de los salafistas locales. Con el 51% de los votos, récord nacional, aventajan a los “Hermanos”, mientras en otros lugares no superan el 25%. Implantados desde hace tiempo en la ciudad, gozan del prestigio de un famoso predicador, el sheik Hafez Salama, octogenario líder de la resistencia frente a los israelíes en 1967 e inciador de la yijad contra Israel en los años 80 (3). Acá los jóvenes salafistas se subieron al tren en marcha de la revolución: estuvieron muy presentes en las últimas manifestaciones y además garantizaron su servicio reglamentario.
Reda, empleado de mantenimiento en el puerto de Sokhna, 45 kilómetros al sur de Suez, parece consumido aunque luce bien afeitado y prolijo. Y no es para menos: antes de terminar su escolaridad tuvo que hacerse cargo de su familia (acaba de fallecer su padre). Participó en la revolución desde el 25 de enero. Un impacto de bala por poco acierta en su ojo derecho. La huelga de los estibadores no dio resultado: “Lo único que conseguimos son dos contenedores vacíos en el puerto: uno para hacer deporte, otro para rezar.” 
Un ingeniero lo humilla imponiéndole tareas que no le corresponden; todavía subsiste el sistema de poder piramidal. Un colega salafista lo convirtió en su yerno y le da alojamiento a cambio de una porción de su salario. Sus posiciones revolucionarias no le impiden votar por otro sheik salafista, Mohamed Abdel Khaled: “En mi barrio todo el mundo lo quiere”, dice justificándose. Suez es paradójica: los salafistas triunfan en la ciudad más revolucionaria, que sin embargo no participó en los inicios de esta revolución social y antiautoritaria.
Khaled, químico, secretario general de una compañía petrolera y… predicador, conduce con su barba cuadrada la lista de Al-Nour (La Luz). Confortablemente instalado en el asiento trasero de su automóvil de lujo, este hombre de negocios tiene un discurso conservador: “Yo quiero aplicar íntegramente la sharia, enseñar a todos las reglas del islam. Política y religión son una sola y misma cosa.” ¿El turismo? “Nosotros preferimos el religioso, científico o de salud.” ¿La economía en quiebra, el desempleo masivo? “Debemos favorecer la emigración de los trabajadores, privilegiar los pequeños proyectos de inversión en los servicios –y no en los bienes de consumo– así como otros grandes, en materia de infraestructuras: por ejemplo, un subterráneo entre Sokhna y Arbaeen, y centros comerciales.” ¿Con que financiación? Elude la respuesta. ¿Las huelgas? “Se deben principalmente a la falta de diálogo entre las partes, que puede remediarse con la prédica. El derecho expresarse es aceptable, pero no la destrucción de la actividad. La libertad tiene límites.” ¿Y los coptos? “Serán juzgados de acuerdo a su religión”, es decir, por tribunales coptos.
En realidad, esa comunidad cristiana que tiene aquí unas seis mil personas vive totalmente replegada en sí misma, sintiéndose abandonada por todos: “Nosotros recibimos insultos de los salafistas a diario. Pero nuestras iglesias no son atacadas, no hay violencia. No tenemos miedo, nos quedaremos”, dispara con sombría mirada el padre Serafín, de la iglesia de la Virgen María.
La campaña de los salafistas comenzó en las mezquitas, ganadas para su causa –los Hermanos Musulmanes no están tan bien implantados allí como ellos. “Nos oprimieron durante décadas. Así que debemos votar a los que protegen nuestra religión, nuestro trabajo, nuestra familia y nuestras condiciones de vida”, se oye decir el viernes. El dinero, que suele venir de Arabia Saudita, no les falta. Proseguirán su propaganda sumidos en la ilegalidad hasta la puerta de las mesas de votación el 14 de diciembre, día de la primera vuelta, con un aliciente de promesas y alimentos. Atraen sobre todo a los pobres, a la gente de los barrios desheredados y del campo, gracias a un discurso identitario centrado en el islam, que no está tan presente en los Hermanos Musulmanes. Pero según Alaa Al-Din Arafat, investigador del Cedej, “si bien sus prácticas políticas son distintas, existe una permeabilidad entre ambos grupos. Muchos altos jefes de los Hermanos Musulmanes estudiaron en institutos salafistas, y por lo tanto compartieron las plegarias en las mismas mezquitas en los años 80, de ahí su ‘salafización’”.
A menos que el Consejo Militar se oponga, el nuevo Parlamento deberá nombrar una comisión encargada de redactar la (nueva) Constitución, que luego se someterá a referéndum. En contrapartida, el alcance de su poder legislativo, así como el modo de designación del gobierno, siguen considerablemente indefinidos. Todo sigue dependiendo del CSFA, que cada vez más egipcios asocian al antiguo régimen: bajo otra máscara, continúa el mismo poder. Más aún cuando, si se cree en lo que dicen muchos candidatos, la revolución terminó. Ya nada justificaría el bloqueo del país. ¿Y si el objetivo de este largo período electoral –hasta el 11 de marzo de 2012, fecha de la elección del Senado– fuera, precisamente, dar vuelta la página de la revolución?

Una población castigada

Más de la mitad de los seiscientos mil habitantes de Suez se concentran en el barrio más pobre: Arbaeen. Allí surgió la revolución, allí hunde sus raíces y tiene su semillero de combatientes. Rutas de arena, destartalados puestos de “souk” (mercados), casas insalubres, sin terminar o en ruinas. La basura se amontona. Los cortes de agua –no potable– son frecuentes. La fuerte demografía sube el precio de los alquileres. La ausencia de servicios públicos torna la vida muy dura. En esta zona relegada, el desempleo afecta indiscutiblemente a alrededor de un tercio de la población. Las empresas del canal consideran insumisa a la gente del lugar: prefieren a los trabajadores del Sur, del Delta o del exterior, que representan cerca del 40% de la población de Suez.
Emad Ernest, realizador de documentales (4) sobre las ciudades del canal, denuncia: “La cuestión del agua sintetiza todos los males que padecen las poblaciones de Suez. Esto evidencia cómo los amigos del hijo de Mubarak [Gamal] expulsan a la gente para implantar nuevas industrias: los habitantes de los barrios periféricos son inundados por los reflujos de las aguas utilizadas en la rica estación balnearia de Ain Sokhna, los pescadores son víctimas de las actividades portuarias y la creciente contaminación del mar Rojo, y los campesinos de los pueblos circundantes enfrentan el desecamiento de los canales de irrigación.” Así castigó el partido único a este pueblo rebelde que nunca lo votó.

La corrupción es aquí omnipresente, al igual que en otros lugares: gracias a ella se obtiene una licencia de conducir, un diploma, un trabajo. Pero el principal desencadenante de la revuelta es la persecución policial. Alí, estudiante de mecánica de 20 años, fue seis veces a la cárcel en cuatro años: “Nunca supe por qué. Tenía demasiado miedo como para hacer política. ¡Pero los policías me detenían en la cornisa, en una cafetería, en cualquier lado! Aunque llevaba mi documento de identidad. Me parece que a los policías les pagaban según la cantidad de personas que arrestaban.” Persecución, o método eficaz para acelerar la formación de rebeldes…
El golfo de Suez es uno de los centros industriales más importantes de Egipto, con el 79% de la producción petrolera, petroquímica y de industrias pesadas, junto a actividades navales y portuarias, empresas de cemento y textiles que se extienden a lo largo de 75 kilómetros entre el mar Rojo y el desierto. El canal representa la tercera fuente de divisas del país, después del turismo y el dinero que envían los emigrantes. Esta renta, en fuerte aumento, batió un récord en 2011: 4500 millones de dólares. ¿Pero, en beneficio de quién?

Descontento laboral

Durante todo el año 2011, huelgas sin precedentes desde 1946 sacudieron a Egipto. Pero todo comenzó hace siete años en el sector textil, en Mahallah el-Koubra (5). El movimiento del 6 de abril de 2008 dio un nuevo impulso a la protesta (6). Nada que deba asombrar: las privatizaciones, la liberalización del mercado laboral, la precarización, acarrearon una brutal disminución del poder obrero en un contexto de inflación creciente (7).

Cuando el magnate de la siderurgia Ahmed Ezz decidió despedir a cuatro mil personas, a fines de 2010, para contratar una mano de obra asiática más barata, Suez se sublevó. Este representante, que pertenece al partido del presidente Hosni Mubarak y es amigo íntimo de su familia, será por lo demás uno de los primeros encarcelados tras su derrocamiento. El 8 de febrero estalló la huelga en el puerto, organizada desde la compañía administradora del canal. El 19 de febrero, nuevos sindicatos independientes firmaron una declaración común (8).
Saoud Omar, directivo de la Compañía y candidato independiente a las elecciones, coordinó este movimiento inédito junto a la organización sindical surgida en El Cairo. Omar explica: “Los salarios oscilaban entre 100 y 4000 euros por mes y las primas entre 0,13 y 10.000 euros” (el salario mínimo en Suez es inferior a los 100 euros). Pero las reivindicaciones tienen que ver también con el derecho de huelga, los accidentes de trabajo, las renacionalizaciones, la exigencia de salarios mínimo y máximo. Febrero, abril, julio: “En cada oportunidad, la administración promete aumentos y mejores condiciones de trabajo, pero no pasa nada. Y los obreros vuelven a movilizarse. Igual que en los discursos de Mubarak sobre el tema: ‘¡Ya los entendí, pero me quedo!’” Paros, sentadas, piquetes rotativos: los modos de acción varían. La represión, no…

El gobierno vota dos leyes: la de marzo amenaza con mandar a la cárcel a todos los huelguistas; la de junio autoriza la huelga pero “sin cese de actividad”. Con todo, el movimiento es lo bastante fuerte en Suez como para que nadie sea encarcelado ni despedido. A fines de julio, los obreros, apoyados por los revolucionarios, consiguieron una restructuración de la planilla de salarios, 40% de aumento y una mejora de las primas (9).
Es cierto que el movimiento se extendió como mancha de aceite a otros sectores. Debe sus victorias tanto a la implantación local de una organización sindical independiente, como a la importancia de las empresas indispensables para la actividad –estratégica– del canal. Sin embargo, los obreros nunca intentaron bloquearlo. ¿Por miedo al ejército que lo protege? Wahid El-Sirgani, timonel de los navíos que conectan Suez y Port-Said, enfatiza que el canal es “como nuestros propios ojos”. Los obreros exigen sus derechos, pero se consideran garantes del interés nacional.
Otra conquista de la revolución, obviamente menos cuantificable fue la recuperación de las libertades: de expresión y de organización, de desplazamiento pero, además, el derecho para los vendedores ambulantes a comerciar sin tener que pagar “favores” prohibitivos. Vencida el 28 de enero de 2011, la policía desapareció y ya nadie parece temer que lo detengan, pese al control de la Seguridad del Estado: “Ella puede volver”, insiste el candidato liberal Talaat Khalil, al día siguiente del arresto de setenta islamistas…
No obstante, los problemas continúan: precios altos, desempleo en alza y ausencia de salida laboral para los jóvenes, incluso para los diplomados. Mohamed, de 20 años, estudiante de comercio, ya no aguanta más: “La revolución terminó. Ahora quiero un trabajo, una casa, poder casarme y recibir un trato digno, no tener que limpiar un negocio para ganarme la vida.”
El pasado lunes 28 de noviembre, el animador de televisión Medhat Eissa, candidato del Partido de la Justicia (de centro) y allegado a Mohamed El-Baradei, el ex director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), llegó en tromba a la cornisa. Está furioso: unos empleados del canal que interceptaron una carga de gas lacrimógeno estadounidense –el mismo que habría provocado la muerte de varios manifestantes en la plaza Tahrir en noviembre– fueron detenidos. Al difundirse la noticia, se organizaron manifestaciones en el puerto. Eissa comenta: “En febrero, el ejército nos decía: ‘¡Levanta la cabeza, eres egipcio!’. Hoy nos dice: ‘¡Levanta la cabeza y te disparo!’. Conseguimos apenas el 10% de lo que reclamábamos. Esta revolución es un proceso que nos tomará cinco años, si no diez! No nos vamos a detener mientras el régimen permanezca.”
La cuestión del juicio a los oficiales responsables de la muerte de tantos jóvenes está en el centro de la movilización. “Ningún mando acusado de asesinatos fue juzgado. Peor aún: la mayoría habrían sido reintegrados a sus funciones. Para la justicia, estuvieron en una situación de legítima defensa: la revolución no concierne al derecho. Y sea como sea, este no es retroactivo…”, afirma el portavoz de las familias en duelo, Amin Dashour. Pero todas las familias se negaron a aceptar las compensaciones ofrecidas, y la rabia retumba. Algunas podrían hacer justicia por mano propia si nada cambia…
“La revolución se alimenta de los mártires que vuelven a movilizar al pueblo”, estima un abogado próximo a los Hermanos Musulmanes. ¿Acaso no desencadenó la liberación de policías acusados de haber matado a manifestantes en Suez, el 20 de junio de 2011, la segunda ola revolucionaria? Y en el mes de julio, la lucha por el reconocimiento de los mártires coincidió con la nueva ocupación de la plaza Tahrir y el auge de las luchas sindicales
Si bien parecen cada vez mejor coordinados, desde el El Cairo hasta Suez, pasando por Alejandría, los revolucionarios no son mayoría. “Las revoluciones siempre fueron llevadas a cabo por las minorías”, replica Mohamed Mahmoud, de 33 años, miembro del Movimiento del 6 de abril y del Partido de la Justicia. “Veinte millones de egipcios salieron a la calle, pero setenta millones se quedaron en sus casas.” ¿El CSFA? “¡Cuando vuelva la calma, caerá! Nosotros enfrentamos a Mubarak y ganamos. Enfrentamos al primer ministro y ganamos. Cada vez que enfrentamos al Consejo Militar, lo hacemos retroceder. Un día lo derrocaremos.” Después de las elecciones, el Parlamento, de mayoría islamista, no tendrá más legitimidad que la calle para hablar en nombre del pueblo. “Los ‘Hermanos’ no habrían podido presentarse sin Tahrir: su legitimidad viene de la revolución. Y están divididos entre los jóvenes activistas y el aparato, la Hermandad y el partido. El pueblo irá de nuevo a la plaza si se siente traicionado.” Acá los activistas no tienen miedo de nada. Su optimismo y sentido táctico parecen temibles. En Suez, la revolución continúa.

Notas:

1. Claudine Piaton (bajo la dir. de), Suez, histoire et architecture, Instituto francés de arqueología orinetal (IFAO, por su sigla en inglés), El Cairo, 2011.
2. Denominación de los contrarrevolucionarios, partidarios del poder militar y generalmente emanados del partido del ex presidente Hosni Mubarak.
3. Gilles Kepel, “Les groupes islamistes en Egypte. Flux et reflux, 1981-1986”, Politique étrangère, N° 2, 1986, pp. 429-446.
4. Karasy Geld (“Sillones de cuero”), película de Emad Ernest, 2011, entre otras.
5. Marie Dubosc, “La contestation sociale en Egypte depuis 2004. Précarisation et mobilisation locale des ouvriers de l’industrie textile”, Revue Tiers-Monde, hors-série N° 2, París, abril de 2011.
6. Véase Raphaël Kempf, “Racines ouvrières du soulèvement égyptien”, Le Monde diplomatique, París, mayo de 2011 y Alain Gresh, “La revolución egipcia da sus primeros pasos”, Le Monde diplomatique, edición cono sur, julio de 2011.
7. Françoise Clément, “Le nouveau marché du travail, les conflits sociaux et la pauvreté”, en Vincent Battesti y François Ireton (bajo la dir. de), L’Egypte au présent, Sindbad - Actes Sud, Arles, 2011.
8. “#Jan25 Egyptian independent trade unionists’ declaration”, www.arabawy.org, 21-2-11.
9. Joël Beinin, “What have workers gained from Egypt’s revolution?”, Foreign Policy, Washington, 20-7-11.

* Periodista (enviado especial).
Traducción: Patricia Minarrieta
Fuente: El Diplo