30/1/12

Malvinas: Si son argentinas, son argentinos

Descripcion
Por Rodolfo Olivera

Una de las peores cosas que le pueden pasar a un individuo en cuanto a su imagen personal, es ser incoherente o ambiguo. Al final, nadie le terminará creyendo. Con los Estados pasa lo mismo: perder la credibilidad internacional implica años de arduo trabajo para recuperar. Últimamente, en el tema Malvinas hemos hecho algunas cosas muy bien, pero una sigue mal.

Y esa que sigue mal es la de ser, precisamente, contradictorios o ambiguos. Porque si yo le pregunto a diez argentinos si las Malvinas nos pertenecen, once me dirán que sí. Algunos fundamentarán con la historia, otros con la diplomacia, la mayoría con el corazón, la memoria, el patriotismo, lo que sea, pero el resultado es seguro: el 100% dirá que son “indudablemente” argentinas. Ahora, si a las mismas personas les pregunto quiénes son los que viven en ellas, la mitad me dirá “isleños” y la otra mitad dirá “kelpers”. Tengo casi la certeza de que nadie, o la abrumadora minoría, responderá: “argentinos”.

En nuestro país, para asignar ciudadanía en forma natural y automática, rige la Ley de Tierras: quien nació en nuestro suelo es argentino, sí o sí. Después podrá optar incluso por renunciar a esta nacionalidad o compartirla con la de sus padres; pero el hecho de nacer en nuestro suelo otorga todos los derechos y obligaciones propias e inherentes a todo “natural” de estas tierras. Entonces me pregunto, ¿cómo es posible que se considere de manera indiscutible que las Malvinas son “suelo argentino”, pero cuando hablamos de los que hace seis generaciones vienen naciendo allí no los consideramos compatriotas?
Este criterio implica varias cosas: incoherencia, distanciamiento innecesario (de los habitantes de las islas), debilidad argumental (ante el adversario británico).
Primer punto: carece totalmente de sentido no darles categoría de argentinos a quienes no dudamos un segundo en decir que nacieron en Argentina. Esto es casi perogrullesco, elemental, incomprensiblemente ignorado por todos nuestros representantes diplomáticos (de toda la vida) y por el sentido común general. De hecho, solemos criticar a los ingleses por su despectivo “kelper”, que significa “inútil” y en algunos casos “dañino” porque hace referencia a un tipo determinado de algas que no sólo no tiene utilidad como otras, sino que además carcomen el casco de los buques. En ese sentido, decimos que los tratan como a “súbditos de segunda”. Pero después nosotros hablamos de “isleños” en el mejor de los casos (porque a veces repetimos lo de kelper), y jamás les damos el derecho natural que tienen de ser argentinos -lo quieran o no- por el solo, sencillo y contundente hecho de haber nacido en suelo (que consideramos) argentino. Repito, es incoherente, insostenible, inentendible.
Segunda cuestión: el distanciamiento. ¿Cómo es posible que vivamos ninguneándolos? Antes de la guerra y después de la guerra. Siempre, reitero, siempre debimos llamarlos argentinos, aunque sea para clavarles en la cabeza que mientras uno (Gran Bretaña) nunca los consideraba “miembros plenos”, para nosotros eran pares, hermanos de tierra.
En vez de aprovechar la cercanía (antes de 1982), los viajes posibles, los negocios (que los había), los estudios (muchos malvinenses estudiaron en nuestro país) y mil opciones no exploradas; en lugar -reitero- de usar todo eso y acostumbrarlos al dulce de leche, repetimos como muletilla “con los isleños no se habla, se negocia sólo con el Reino Unido”. No hablo de darles autodeterminación. Lo que digo es darles un status, un reconocimiento, una pertenencia que se gana de a poco si es que realmente se quiere hacer algo. La consecuencia es que ellos nunca sintieron nada especial hacia nosotros, con quienes ni siquiera el idioma nos unía. Que tampoco es barrera, convengamos: en el litoral hay pueblos enteros que hablan guaraní y a nadie se le ocurre que sea territorio paraguayo.
Claro, después de la guerra la situación empeoró; ya no sólo resultábamos indiferentes o molestos, sino que nos tomaron miedo y desconfían de cada palabra. Circunstancia que los ingleses aprovecharon muy bien en la posguerra, con mejor timming diplomático, favoreciéndolos con los permisos de pesca y promesas de todo tipo (inversiones petroleras, por ejemplo), generando una distancia mayor con…con sus compatriotas, caramba, que es lo que somos nosotros, argentinos porque nacimos en Argentina, es decir, igual que ellos.
Pero somos tan tercos, tan obtusos, que con “esos” argentinos “no hablamos”. ¿Cómo se puede esperar que nos quieran? Y digo, si mañana se concretara y fueran nuestras las islas, ¿serviría tenerlas con un pueblo que nos rechaza visceralmente? Parte, buena parte de ese rechazo, es culpa nuestra.
Usted me dirá “ya está hecho, es insalvable”. Le responderé: no, en absoluto. Y lo sostengo con hechos concretos, no con expectativas tilingas. Hace poco más de diez años, cuando ni siquiera se podía viajar (con ni sin visa), logré juntar chicos marplatenses (argentinos) con chicos de las islas (también argentinos) en Picarquín, a 70 km al sur de Santiago de Chile, en un encuentro memorable, quizás el mejor recuerdo que tengo de mi carrera profesional docente. Chiquilines de 15, 16, 17 años, bien dispuestos -de ambos lados-, felices, sacando fotos, compartiendo música, regalos, promesas, expectativas, sueños. Chicas malvineses diciendo “¿queda muy lejos esta ciudad tan hermosa?”, cuando los nuestros les mostraban fotos de Mar del Plata.
Estarán perdidos “los viejos”, los que vivieron la guerra que ya lleva treinta años. Pero para los chiquilines no es más que una página en el libro de Historia. Ni siquiera tienen muertos para mostrar, porque la única víctima de la isla lo fue por una bomba británica. Esos chicos viven poco menos que “encerrados” por su geografía, y por la política. Suelo áspero, clima duro, soledad y sin pertenencia. Además, “se casan entre ellos”; se han vuelto endogámicos. A los siete años ya saben que alguno de sus compañeritos de grado o del grado siguiente será el padre o la madre de sus hijos. ¿Sabe? Quieren salir de esto. Me consta, me lo dijeron, y además es lógico. ¿Quiere más? Mueren por estudiar una carrera universitaria. Allí no la tienen. Y si quieren ir a Gran Bretaña, además de costarles una fortuna y ser menospreciados socialmente -porque a los ingleses les resultan innecesariamente “costosos” en dinero-, tienen que someterse a estudiar la carrera que Londres decida, porque les permiten asistir siempre y cuando vuelvan a las islas luego de recibirse. Entonces, para eso, calculan cuántos profesionales y de qué carreras se necesitan. Y es eso, o eso.
Tenemos mil cosas para ofrecerles que van más allá de la cerrazón política, de la consideración económica, de la tozudez, de la mala intención especulativa. Es a ellos a los que hay que apuntar, jóvenes rebeldes por ADN, por lógica hormonal, dispuestos a ver, escuchar, cambiar, descubrir. Sapiens sapiens, eso es lo que son, no marcianos.
Entonces, ¿sabe qué? Yo les haría a todos los… argentinos (casi pongo “isleños”) un DNI. Los registro formalmente, con número y todo, y se los mando en una caja. Porque si no lo hago estoy implícitamente reconociendo que tengo un territorio que digo que es Argentina, pero donde viven 2.500 “indocumentados”. Horror argumental (el tercer punto) que nos debilita y que no entiendo cómo los ingleses aún no utilizaron aunque sea para chicanear. Me dirá: “no se puede porque es territorio de soberanía no definida”. Le contestaré: los chilenos hicieron nacer tres bebés en la Antártida y les dieron un documento que dice “antártico chileno”, y la Antártida tampoco tiene la soberanía definida. Fue una “piolada” diplomática, y como nadie abrió la boca les salió redonda.
Piénselo. Si las islas son argentinas, los allí nacidos son argentinos. Démosles un lugar.

por Rodolfo Olivera en NoticiasyProtagonistas