9/1/12

La religión en la era posrevolucionaria

Por Khalil al Anani - Afkar / Ideas

Las revueltas sin precedentes que han tenido lugar en Oriente Próximo, en la llamada Primavera Árabe, constituyen un hito en la historia moderna árabe. Tras décadas de estancamiento y degradación, los jóvenes árabes han liberado a sus países de los regímenes autoritarios y autocráticos que llevaban largo tiempo en el poder.
Sin embargo, la Primavera Árabe ha dado pie a un encarnizado debate sobre el papel de la religión en la esfera pública árabe. En Egipto, así como en Túnez, el debate público ha girado en torno a dos cuestiones principales. La primera es la relación que debería establecerse entre religión y política en los nuevos sistemas políticos y hasta qué punto las sociedades árabes pueden adoptar el secularismo o el laicismo. La segunda es el papel de los movimientos islamistas en la remodelación de la política y la construcción de nuevos contextos políticos en la era posterior al autoritarismo.


No es de extrañar que muchos liberales y laicistas árabes hayan sacado a relucir sus preocupaciones y reservas heredadas respecto al resurgimiento de los movimientos islamistas. Sin embargo, desde la caída de los regímenes autocráticos en Túnez, Egipto y Libia, los liberales y los laicistas no han hecho nada para convencer a la opinión pública de su programa. De forma alarmante, algunos de ellos defienden no solo la exclusión de los islamistas de la escena política sino, lo que resulta más irónico, suspender la transición democrática para impedir que los islamistas lleguen al poder.


Este artículo sostiene que la religión –utilizada como una fuente normativa de valores y de identidad más que como un texto sagrado– desempeñará una función esencial en la transición democrática en el mundo árabe. Y no solo por la influencia en el contexto posrevolucionario de los actores islamistas, que poseen redes importantes arraigadas en la mayoría de las sociedades árabes, sino, lo que es más importante, por el aumento de la demanda de valores, expresiones y principios morales islámicos en la esfera pública árabe. Sin embargo, esto no implica, como muchos podrían deducir, que ese papel vaya a socavar la transición democrática o a truncar sus resultados. Al contrario, cualquier intento de marginar o excluir la religión de la esfera pública no solo fracasará, sino que también obstaculizará la transición.


Religión y revolución, una relación polémica
Hasta qué punto puede influir la religión en las revoluciones y de qué manera? A primera vista, la historia de la lucha por la libertad puede interpretarse como el conflicto entre dos fuerzas opuestas que luchan por remodelar y dominar la esfera pública. Se produce entre los que aspiran a conservar el poder e influencia y los que desafían esta tendencia y ambición hegemónicas para liberar a la sociedad del Estado. Desde la revolución francesa en el siglo XVIII hasta la iraní en el siglo XX, los conflictos políticos y sociales han girado en torno a quién debe dominar al otro, el Estado o la religión. Como señalan Hammond y Machacek, las religiones y los Estados no son solo ideas, sino conjuntos de roles desempeñados por gente. Huelga decir que estos roles son antagónicos y se disputan la esfera pública. Por tanto, las revoluciones ponen de manifiesto la volátil relación entre Estado y religión. Cuanto más domina el Estado la esfera pública, menos prospera la religión y más profundo es el enfrentamiento.


¿Pero qué pasa con la Primavera Árabe, desempeña la religión algún papel? En contra de las crónicas que restan importancia al papel de la religión en las revueltas árabes, yo mantengo que este ha sido importante y, en algunos casos, crucial para el éxito de las revueltas. Sin embargo, este papel ha adoptado diferentes formas y expresiones. Por ejemplo, en las primeras fases de las revueltas, las mezquitas fueron el principal entorno para movilizar a los manifestantes, impulsar acciones colectivas e instigar las protestas. Dado que los regímenes árabes habían cerrado todas las ventanas políticas y reducido la esfera pública, las mezquitas eran el único recurso que tenía la gente para reunirse y manifestarse en favor de la libertad. Es cierto que durante décadas los autócratas árabes han intentado controlar las mezquitas para impedir que los islamistas las utilicen para reclutar a miembros y diseminar su ideología. Sin embargo, la Primavera Árabe ha revitalizado las mezquitas y les ha asignado un papel crucial para proteger a muchos manifestantes. Y lo que es más importante, en la plaza Tahrir (Egipto), en Saná (Yemen) y en Dará (Siria), las mezquitas han constituido una zona de amortiguación entre los manifestantes y las brutales fuerzas de seguridad.


Otra expresión de la religión la encontramos en el papel de las oraciones de los viernes a la hora de instigar las protestas. Una vez más, las mezquitas fueron el epicentro de la Primavera Árabe. Debido al represivo aparato de seguridad de los Estados árabes, era extremadamente difícil que miles de manifestantes se reunieran y se manifestaran contra las autoridades sin poner en peligro sus vidas. Sin embargo, durante las oraciones de los viernes era posible movilizar a muchos manifestantes y dar pie a una acción colectiva espontánea. No es de extrañar que los jóvenes activistas hayan utilizado hábilmente las oraciones de los viernes para movilizar a muchos individuos corrientes y apolíticos e instarles a gritar contra los regímenes autoritarios. No es casualidad que las marchas “del millón de personas” en muchas ciudades árabes tuvieran tener lugar los viernes. Estas multitudes desencantadas pueden ser consideradas por los durkheimianos como una forma de “efervescencia colectiva”, en la que la religión se considera una fuerza sobrenatural que dirige a las masas que aplauden su resurgimiento, pero para los manifestantes no era más que una acción colectiva racional y astuta.


Sin embargo, la manifestación más visible de la religión en la Primavera Árabe ha sido la función, positiva o negativa, que han desempeñado los eruditos y las instituciones religiosas. Desde el principio, muchos eruditos destacados (ulemas) han apoyado las revueltas árabes. Por ejemplo, el jeque Yusif Al Qaradawi, de Doha, respaldó las revueltas en Túnez, Egipto y Libia, y sigue apoyándolas en Yemen y Siria. De manera similar, la institución Al Azhar, el centro islámico más antiguo del mundo musulmán y guía del islam moderado, dio su apoyo a los manifestantes e instó a los autócratas a que dejaran de matarlos. Es verdad que el Gran Jeque y rector de Al Azhar al principio no respaldó la revolución egipcia, pero una vez que Hosni Mubarak fue derrocado, adoptó una retórica progresista y de apoyo a la Primavera Árabe.


Islam contra laicismo, un debate irrelevante
El largo debate entre islam y laicismo no es solo engañoso, sino también irrelevante, en especial en el contexto actual. Y no por culpa del declive del laicismo y la secularización en todo el mundo, sino también por el estrepitoso fracaso del modelo occidental de modernización que se ha tratado de imponer a otras culturas y sociedades, independientemente de las diferencias. No obstante, la Primavera Árabe ha revivido el antiguo debate entre islam y democracia, y entre islam y laicismo. A lo largo de los últimos meses, la principal cuestión en Egipto, y también en Túnez, era la identidad que asumiría el país con el nuevo sistema político. Mientras que los liberales y los laicistas defendían un Estado laico puro, los islamistas han abogado por dar un carácter conservador al Estado para poder determinar los códigos morales y éticos de la sociedad.


Lo que es más importante, el peso cada vez mayor de la cuestión de la identidad en el espacio público sitúa en primer plano la problemática de la relación entre religión y sociedad, y entre religión y Estado, en el mundo árabe. Sin detenerme demasiado en los antecedentes históricos de esta cuestión, doy por sentado que los antiguos regímenes de Túnez y Egipto deben ser considerados responsables de sabotear esta relación. Por ejemplo, con Mubarak y Zine el Abidine ben Ali, estaba prohibido hablar de si la sociedad podía ser independiente del Estado y de cuál debía ser el papel de la religión en la esfera pública, la cual estaba sometida a una dura censura. Por consiguiente, tras la caída de estos regímenes, estas cuestiones han salido a relucir y seguirán constituyendo una especie de termómetro para evaluar la relación entre las tendencias islamista y liberal/laicista en el próximo periodo.


Sin duda, el encarnizado debate entre islamistas y laicistas en la esfera pública despierta preocupaciones sobre el futuro de la Primavera Árabe. Sin embargo, es un reflejo de la eterna crisis de identidad en el mundo árabe, sobre todo entre las generaciones de jóvenes. Es más, revela hasta qué punto están dispuestos ambos bandos a construir un consenso en el contexto posautocrático. Sin embargo, a mi modo de ver, este debate, más que indicar las diferencias ideológicas entre islamistas y laicistas, refleja la habilidad política de unos y otros. En otras palabras, refleja el incipiente conflicto social en la era posterior al autoritarismo. Vale la pena mencionar que los liberales y los laicistas proceden en su mayoría de las clases altas y medias altas de la sociedad y que desempeñaron un papel esencial a la hora de poner la revolución egipcia en marcha. Los islamistas, por otro lado, representan a la clase media baja, y algunos de ellos participaron en la revolución desde su inicio. Es más, como nueva parte interesada, los islamistas emplean la cuestión de la identidad para ganar adeptos y manipular la opinión pública. Por otro lado, los liberales y los laicistas intentan utilizar la misma cuestión para aumentar su atractivo y ganarse el apoyo del exterior. La identidad en este caso va más allá del estrecho marco organizativo e invade el espacio cultural.


Panorama confuso
Para muchos analistas occidentales, y también árabes, han sido los jóvenes los que han desatado la Primavera Árabe. Sin embargo, no se puede dar por sentado que estos jóvenes activistas eran todos liberales y laicistas. Es verdad que la mayoría de los manifestantes en las calles árabes no han adoptado ninguna ideología religiosa ni defendido la creación de un Estado islámico, pero tampoco han exigido un Estado laico.


Otra idea engañosa sobre la Primavera Árabe es la tendencia a infravalorar el papel de los islamistas. Es un hecho conocido que los islamistas no participaron, o al menos no animaron las protestas contra Ben Ali y Mubarak. Sin embargo, un análisis más minucioso revela lo contrario. Por ejemplo, en Egipto, muchas de las corrientes islamistas estaban presentes en la plaza Tahrir, tímidamente al principio y luego con todas sus fuerzas. Una vez que los islamistas (que suelen ser el chivo expiatorio de los regímenes despóticos) se dieron cuenta de que lo que estaba pasando era más que una manifestación, instaron a los suyos a unirse a la batalla.


Los islamistas se decantaron sabiamente por mantenerse en un segundo plano durante las revoluciones árabes. Sin embargo, esto se debió a razones principalmente tácticas. La primera era atenuar la fobia occidental hacia las revueltas islamistas. Habían aprendido la lección argelina de principios de la década de los noventa, cuando el régimen abortó la victoria electoral de los islamistas y ejerció una represión brutal sin que hubiera una respuesta de Occidente, que no hizo nada para detener ese golpe de Estado. La segunda era evitar la represión del régimen. Los islamistas en Túnez y Egipto estaban seguros de que cualquier participación en las manifestaciones podría dar lugar a una auténtica masacre. Por consiguiente, evitaron deliberadamente todos los eslóganes religiosos y los gritos a favor de un Estado islámico. Y, por último, era clave para el éxito de la Primavera Árabe que los islamistas se sentaran en el asiento de atrás de las revueltas hasta que los regímenes autocráticos fueran derrocados.


Lo que es más importante, la participación en las revoluciones árabes no se limitó a una facción islamista. En Egipto, por ejemplo, la plaza Tahrir estaba llena de miembros de los Hermanos Musulmanes, antiguos yihadistas, salafistas e islamistas independientes. En Túnez, la base popular del movimiento Ennahda participó en la revolución. En Libia, Abdel Hakim Belhaj, un antiguo yihadista y fundador del Grupo Islámico Combatiente Libio, lideró el asalto final contra Trípoli, lo cual no deja de ser irónico. En Yemen y Siria, los Hermanos Musulmanes desempeñan un papel crucial en las protestas contra los regímenes de Alí Abdulá Saleh y Bashar al Assad, respectivamente. Es más, en Egipto, así como en Túnez y Libia, los jóvenes revolucionarios han alabado a los islamistas por salvaguardar las revoluciones árabes en épocas difíciles, cuando los regímenes autocráticos se aferraban con todas sus fuerzas al poder.


El mito de la ‘Primavera islamista’
A pesar de la euforia de la Primavera Árabe, muchos académicos y analistas han manifestado su nerviosismo y preocupación por la posible reaparición de los islamistas en el mundo árabe. Su avance en Túnez y Egipto ha reforzado la famosa idea de la “Primavera Islamista”. Irónicamente, los políticos occidentales no comparten este sentimiento, probablemente porque tienen que aceptar la nueva realidad que se impone en la región. Sin embargo, el razonamiento de aquellos a los que les preocupa el resurgimiento de los islamistas parece infundado, si no irrelevante. Invoca al viejo “coco” islamista, que ha sido creado y adoptado por los dictadores derrocados, Ben Ali, Mubarak y Gadafi.


Es verdad que los islamistas, por motivos históricos y de organización, son la fuerza más coordinada y politizada en el mundo árabe, pero esto no hace que su ascenso sea inevitable. A diferencia de aquellos que percibieron la victoria del partido Ennahda en Túnez como una amenaza islámica, creo que estuvo por debajo de las expectativas. Es cierto que Ennahda obtuvo aproximadamente el 40% de los escaños de la Asamblea Constituyente pero, dadas sus altas expectativas antes de las elecciones, esta victoria parece modesta, si no decepcionante. Sin embargo, la otra cara de este triunfo es que aproximadamente un 60% de los tunecinos no están con Ennahda, o están contra. Es más, su reaparición eclipsó los otros aspectos de la exitosa transición tunecina, que puede considerarse única y fuera de lo común en el mundo árabe.


Además, este mito del auge de los islamistas desluce los cambios masivos que están teniendo lugar dentro de los movimientos islamistas en el mundo árabe. Por ejemplo, los islamistas en Egipto no son por ahora monolíticos, sino que, al contrario, están divididos, fragmentados, y hasta cierto punto enemistados. La fase posterior a la revolución del 25 enero desencadenó una especie de “explosión” en la escena islamista egipcia. La participación política se ha convertido ahora en el camino preferido para la mayoría de los miembros de los grupos y tendencias islamistas, incluidos aquellos que anteriormente rechazaban y, tal vez, condenaban la participación política y la actividad de los partidos políticos por razones religiosas e ideológicas.


Por otro lado, muchos salafistas y antiguos yihadistas consideran que la participación democrática es la mejor vía para promover sus proyectos religiosos y políticos y para obtener legitimidad en la esfera pública. Mientras tanto, por primera vez en su historia, los Hermanos Musulmanes han fundado un partido político. A pesar de las muchas reservas que se han manifestado con respecto a la falta de transparencia que rodeó la creación del Partido Libertad y Justicia, sigue siendo un paso decisivo para integrar a los Hermanos Musulmanes en la vida política. Los salafistas, a su vez, han fundado tres nuevos partidos hasta el momento: Al Nour (Luz), Al Asala (Autenticidad) y Al Fadila (Virtud). Y hay muchas probabilidades de que haya nuevos partidos salafistas, sobre todo teniendo en cuenta la considerable fluidez que caracteriza esta tendencia en la actualidad. Pero puede que lo que más sorprendente sea el movimiento antiguamente yihadista (Al Yamaa Al Islamiya y la Yihad egipcia), cuyos líderes también se inclinan ahora por participar en la política bajo la égida de un partido político.


¿Qué significa todo esto? Significa que los islamistas, a pesar de todo lo que se ha dicho sobre su poder e influencia, están listos para el cambio, y van a cambiar. Sin embargo, la característica más llamativa de este cambio es el estallido de dinamismo y conflictos internos después de décadas de estancamiento organizativo y generacional. Es como si la revolución hubiera reventado una especie de dique, y desencadenado nuevas energías revitalizadoras que tratan de reestructurar y reordenar los movimientos y que pueden aflorar en forma de disputas y divisiones. Por ejemplo, los Hermanos Musulmanes, el movimiento islamista más antiguo del mundo árabe, ha presenciado divisiones históricas entre las generaciones más viejas y las más jóvenes. Hasta el momento, cuatro partidos han surgido del grupo de más edad y muchos líderes veteranos han abandonado el movimiento en protesta por su política.


Conclusión
La maravillosa Primavera Árabe ha puesto de manifiesto lo dinámicas que son las sociedades árabes. Ha mostrado la capacidad de los jóvenes árabes para construir una nueva esfera pública propia que refleje sus ideas y aspiraciones. En mi opinión, la cuestión no es el papel y el espacio que pueda tener la religión en esta incipiente esfera, sino más bien el impacto que tendrá sobre la religión el que esta esfera se emancipe del Estado. En este artículo he sostenido que la religión –insisto, las dimensiones culturales y simbólicas de la religión– ha desempeñado un papel vital en las revueltas árabes. Sin embargo, este papel no ha sido rígido ni estático. A pesar de la aparición del islamismo en los momentos posteriores a las revueltas, estaba claro que los movimientos islamistas se inclinaban por el cambio. Cuanto más se abra esta esfera para incluir a los islamistas, menos se resistirán al cambio y menos retrógrados se mostrarán. Por último, creo que la amenaza para las incipientes democracias árabes no provendrá de la religión, ni del islamismo, sino más bien de aquellos que luchan por reproducir las viejas estructuras autoritarias y de ese modo poner fin a la Primavera Árabe.