4/1/12

La guerra de las drogas de EEUU contra Rusia desde Asia

por CEPRID-Nil Nikandrov-Fondo de la Cultura Estratégica

Las agencias de inteligencia norteamericanas lanzaron sus primeros ataques de estupefacientes contra Rusia a comienzos de la década de los 90, época en que las drásticas reformas desangraban a las instituciones del orden público en Rusia y las fronteras del anteriormente aislado país se tornaron fáciles de cruzar por los enviados de los carteles narcotraficantes occidentales.
Las aduanas rusas y los servicios fronterizos herederos de la época soviética no estaban preparados en absoluto para lidiar con la amenaza del narcotráfico, carecían completamente de preparación para enfrentar este desafío y los envíos de cocaína y heroína comenzaron a introducirse fácilmente en Rusia desde un lejano continente. Debilitar al país considerado enemigo potencial mediante el fomento de la drogadicción en su población –la juventud, los militares, los intelectuales—es una prioridad para el Imperio que busca reducir el potencial humano de Rusia.

La mayoría de las drogas que se distribuyen en Rusia vienen de Colombia donde la historia de las sospechosamente estériles actividades norteamericanas anti droga es de vieja data. El régimen de libre tránsito entre Rusia y Colombia patrocinado por Estados Unidos –notoriamente uno de los primeros acuerdos de este tipo firmados por Moscú—con certeza ayudó a los capos narcotraficantes y a sus oscuros patrones a poner en funcionamiento la nueva línea de narcotráfico. En ese tiempo los informes de prensa con frecuencia mostraban cargamentos de droga disfrazados de bananas, pescado enlatado o recuerdos del país. En breve, las drogas comenzaron a fluir hacia Rusia desde México, la República Dominicana y Bolivia. Para muchos funcionarios públicos rusos la tentación de obtener un buen ingreso al costo de un breve riesgo resultó irresistible. Los servicios de inteligencia norteamericanos asistieron permanentemente a los carteles de la droga, en parte estimulando la cooperación de rusos que se convirtieron en decisivos en la distribución de drogas a través de Rusia y para enviarlas a Europa.

La “guerra contra el terrorismo” de Estados Unidos y la ocupación de Afganistán por parte de la OTAN impulsó la ofensiva norteamericana de los estupefacientes contra Rusia hasta un nivel sin precedentes. En unos pocos años, la producción afgana de estupefacientes se incrementó en un 50% alcanzando el equivalente de entre 190.000 y 200.000 millones de dosis anualmente, número que es aproximadamente unas 30 veces mayor que toda la población mundial. Los laboratorios de la droga, en ocasiones con equipamiento superior al de compañías farmacéuticas internacionales, han proliferado por todo Afganistán bajo la protección de la OTAN y la DEA de Estados Unidos. Mientras tanto, la OTAN, el Pentágono y la DEA han mostrado una acérrima oposición a las proposiciones de Rusia para la realización de campañas de erradicación de manera conjunta. Los poco sofisticados argumentos esgrimidos por los representantes de la coalición occidental pretenden ser “humanitarios”: supuestamente la erradicación del cultivo de la amapola dejaría a los campesinos afganos sin medios de subsistencia hundiendo a Afganistán en total hambruna y fortaleciendo las posiciones de los talibanes dentro del país. Los funcionarios de la OTAN se aferran a la visión optimista que las cosas mejorarán de forma automática cuando se ofrezca al campesinado afgano alternativas agrícolas viables a la cosecha de amapolas. Para aplacar el creciente descontento de Moscú, Estados Unidos realizó varias incursiones antinarcóticos en Afganistán en cooperación conjunta con Rusia, pero por supuesto, hasta ahora no ha sido inventada ninguna alternativa comparable a la rentabilidad del cultivo de opiáceos.

Casi el 50 por ciento de la heroína producida en Afganistán es suministrada por la vía de la denominada ruta del norte que atraviesa las repúblicas de Asia Central hacia Rusia y después hacia Europa. Las cantidades de heroína que se ofrecen en Rusia están creciendo de manera constante y la situación se asemeja a las primeras fases de este desarrollo en México, situación que eventualmente degeneró en una guerra de terrorismo y narcotráfico en el interior del país.

La estrategia del Imperio es crear las condiciones en las que la guerra contra el narcotráfico en un país “socio” entre en erupción de manera inminente y luego hacer que los “socios” sean dependientes del apoyo de EEUU en el conflicto. Washington suministra armas de fuego y lanzagranadas a los carteles rivales de la droga en México, lo que claramente refleja la estrategia de administrar la guerra contra las drogas en el país. Decenas de militares y agentes policiales mexicanos, junto con guardias fronterizos, funcionarios de aduanas de EEEUU y agentes de la DEA han muerto en el conflicto.

El gobierno mexicano es incapaz de resolver el problema de las drogas por si mismo y tiene que hacer serias concesiones a Washington, que en consecuencia, goza en México de irrestricta libertad de maniobra. Por ejemplo, el reclutamiento de personal para las agencias policiales y fuerzas especiales se hace bajo su supervisión. Esta gente es sometida a pruebas con detectores de mentiras, reciben entrenamiento de acuerdo con las normas del Pentágono y se les inculca total lealtad a EEUU. Estos zombis fácilmente cumplen órdenes de matar y no les importa a quién: mexicanos, guatemaltecos, hondureños o estadounidenses. Al luchar por la dominación mundial, el Imperio pone en funcionamiento esta tecnología en cualquier parte del mundo.

Recientemente el Secretario de Estado Adjunto para Asuntos Internacionales de Narcotráfico y Aplicación de la Ley, William R. Brownfield visitó Tayikistán, Kirguistán y Kazajstán. El historial de Brownfield abunda en episodios vinculados a las actividades de Washington contra los regímenes desafiantes. Ocasionalmente estos esfuerzos terminan en estrepitosos fracasos como en Venezuela donde el Presidente Chávez de manera rotunda advirtió a Brownfield que sus intentos por orquestar conspiraciones y revoluciones de colores no serían tolerados. Aislado y tildado de payaso, Brownfield tuvo que dejar Venezuela con una sensación de derrota.

Lo que Brownfield entregó a las repúblicas de Asia Central fue un plan titulado Iniciativa Antinarcóticos para Asia Central (CACI) que tiene un gran parecido con el Plan Colombia (Brownfield fue embajador de Estados Unidos en Bogotá en 2007-2010). La excesiva confianza en sí mismo convenció a sus socios de Asia Central que el triunfo sobre el enemigo común –el narcotráfico—estaba al alcance de la mano. Parte del plan contempla grupos operativos instalados en Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán similares a los ya organizados en Afganistán y Rusia. EEUU se compromete a financiar el proyecto pero la cantidad que se calcula para su fase inicial –de 2 a 3 millones de dólares— parece modesta en comparación a los miles de millones de dólares gastados en el Plan Colombia. Brownfield inauguró la guardia fronteriza y un complejo aduanero en la frontera entre Tayikistán y Afganistán como una muestra de la cooperación de EEUU y Asia Central.

Hablando con sus socios en Dushanbe, Bishkek y Astana, Brownfield prefirió no extenderse sobre la amplia agenda de EEUU para la región, que implica profundas transformaciones internas en las cinco repúblicas de Asia Central. Los objetivos de Washington en Asia Central incluyen el fomento de regímenes pro-estadounidenses y la eliminación de toda influencia que Moscú pudiera tener todavía en esta parte del espacio pos soviético. Del mismo modo, Brownfield no explicó qué misiones se les encargaría a los grupos operativos en el marco del plan. Una hipótesis verosímil es que estos grupos serían modelados como los escuadrones de la muerte de México y Colombia y serían empleados en importantes ofensivas militares en Asia Central. Puede llegar el día en que estos grupos se conviertan en fuerzas fronterizas del Imperio que pretende perpetuar su presencia en Asia Central con el objeto de tener en la mira a Rusia y China.