8/1/12

Epidemia de cáncer: Extraña coincidencia

Por Rodolfo Olivera

Aclaremos: no se trata de validar la hipótesis chavista de la responsabilidad de los EEUU por el mal que lo aqueja, al igual que a Lula, CFK, Lugo y alguna vez a Dilma Rousseff. Ahora, estadísticamente, ¿cuántas chances hay de que Sarkozy, Merkel, Rajoy, Obama y Cameron desarrollen un cáncer todos a la vez?
Evidentemente, muy pocas. No sé si da para pensar en un complot. Pero creer que no se usa la medicina como herramienta para crear armas de especial efecto, sería una tontería irresponsable. La ciencia médica se usó y se usa (mucho) no para curar, lo que sería su objetivo, sino también para dar origen a determinadas armas especiales. Algunas de ellas se han puesto en práctica -está documentado- y otras, probablemente ni se imagine. Veamos ejemplos concretos.

En el momento más intenso de su campaña electoral, Víctor Yuschenko, actual presidente de Ucrania, desapareció tres semanas sorprendiendo a todos. Cuando volvió al ruedo político mostró su nuevo rostro totalmente desfigurado. Lo primero que dijo fue que “había sido envenenado en una cena con tres miembros del Servicio Secreto”, circunstancia que ratificó su propia esposa. En ese momento, Yuschneko dio: “inmediatamente tras la victoria en las elecciones, cuando haya un fiscal honrado, un ministro del interior honrado, un jefe de los servicios secretos honrado, la investigación se concluirá en unos meses”. No deben haber encontrado a nadie lo suficientemente honrado, pero la hipótesis del envenenamiento sigue en pie.
Alexander Litvinenko, ex agente de la KGB soviética, refugiado en Londres bajo custodia policial, fue asesinado con una dosis de talio durante un almuerzo en un restaurante japonés. El servicio exterior ruso dijo lacónicamente que “las pruebas son poco convincentes”. El ex espía murió; en la autopsia se descubrieron isótopos radiactivos utilizados en medicina.
Pero esos son casos puntuales, y sería mejor verlo desde una perspectiva más amplia. En Irak se inyectó a los soldados de la coalición un componente químico que genera estado de “alerta permanente”, impidiendo el sueño. Se aplicó además una droga que provoca “amnesia selectiva” para evitar el sentimiento de culpa en la posguerra. Existen armas almacenadas de diverso cuño, algunas mortales y otras “versicantes”, que provocan un agudo malestar paralizante: producen pústulas dolorosas, lesiones oculares, limitaciones respiratorias, afecciones neurológicas (el “Agente V”) y/o cardíacas (el fosgeno) y hasta psicoquímicos que causan alucinaciones. Hay gases vomitivos (desde 1916), lacrimógenos, hilarantes, etc., etc.
Con impacto de más largo plazo están las drogas creadas para provocar infertilidad en comunidades que se consideren “de riesgo”. Se utilizó cloro-benzilodeno en Vietnam y en Irlanda del Norte. Se usó Fenantyl en Chechenia. Se usaron bombas acústicas que provocan la resonancia de los órganos del cuerpo humano; bombas de sueño que ponen a dormir al enemigo; bombas de ondas de pulso que colocan a los seres humanos en posición fetal; bombas electrónicas, como las empleadas el 26 de marzo de 2003 en Irak para inutilizar las transmisiones y sistemas digitales de ese país. Todas han salido de los laboratorios del Pentágono y están siendo probadas, silenciosamente, en las actuales guerras.
Así como hay una asimetría real -en armas-, también la hay en la voluntad de continuar la lucha. La primera juega a favor de los EEUU, la segunda le va en contra, porque es histórico que llega un momento en que el norteamericano medio se pregunta “¿qué estamos haciendo allí?” (al “allí” puede ponerle varios nombres). 

Como se hace difícil identificar al enemigo, se vienen desarrollando hace años nuevas armas farmacológicas de amplio espectro, independientes de que su desarrollo y potencial uso estén prohibidos por la Convención de Armas Biológicas y Tóxicas (1975) y por la Convención de Armas Químicas (1997).
Aunque llame un poco la atención, fueron los británicos quienes más se opusieron a las investigaciones médicas. De hecho, la Asociación Médica Británica (BMA) urgió a sus profesionales y a los colegas en el mundo a “no cooperar ni participar en esta peligrosa militarización de la medicina”.
El periódico U.S. News and World Report publicó a mediados de 1997 un controvertido artículo titulado ''Armas asombrosas. La búsqueda del Pentágono de armas no letales es asombrosa. Pero, ¿es inteligente?". Escrito por Douglas Pasternak, plantea que desde hace cuarenta años los militares norteamericanos han estado trabajando secretamente en el desarrollo de armas no letales sofisticadas y discapacitantes.
Se habla de rayos energéticos que provocan bioefectos, para lo cual estudiaron el espectro de ondas sónicas, electromagnéticas y de rayos láser que puedan afectar el comportamiento humano. Estas ondas, que sirven para estimular la audición en sordos y detener ataques epilépticos, ahora son armas de semi-destrucción masiva porque algunas no matan pero incapacitan a todo el mundo.
El doctor Steven Metz, profesor de asuntos de seguridad nacional, reconoce las investigaciones en la base Camp Pendleton del cuerpo de Marines, con acompañamiento del Instituto de Investigaciones de Radiobiología de la Fuerza Aérea, especializado en un arma electromagnética que altera la actividad cerebral. El U.S. News and World Report añade que el laboratorio Armstrong, de la misma arma, ha desarrollado un programa de computación que estudia la capacidad de las microondas para estimular el sistema nervioso periférico del cuerpo humano, provocando atontamiento en el individuo. Tienen un presupuesto de 110 millones de dólares, y el lema es “Ponga al enemigo a dormir y manténgalo durmiendo”.
Que quede claro: los EEUU no están solos en esta estrategia. Cuando se planteó ante la ONU la necesidad de ponerle un freno a las matanzas en la ex Yugoslavia, fueron los alemanes quienes sugirieron el uso de gases paralizantes. Y la Dra. Jita Schreiberova, de la República Checa, hizo su “aporte” como jefa de anestesistas del Depto. de Neurocirugía de Praga, proponiendo una combinación de drogas analgésicas y anestésicas.
Y todo esto porque uno no quiere meterse en el uso de armas químicas en otros terrenos, como la introducción de fiebre porcina en Cuba (1972); o la Operación Mangosta contra la misma isla, recientemente “clausurada” por el presidente Obama (lo cual implica reconocer que existió). O el uso de una variedad mutante del mosquito Aedes Aegypti portador de fiebre amarilla en Vietnam y Camboya (se lo conoció como “Virus-2”). O la introducción de conjuntivitis hemorrágica en Centroamérica, denunciada por el Washington Post en 1979. O rociar desde el aire con playa de la Roya (caña de azúcar) y de Moho Azul, que destruye las plantaciones de tabaco, ambas en Cuba (está hasta el número de los aviones utilizados).
Entonces, y para no aburrir con tanto dato: Chávez es un bocón, no lo descubriremos a partir de esta nueva incontinencia verbal. Pero que hay una coincidencia extraña, que no se le escapa a nadie. Si esto pasara en Europa, dirían que los terroristas están utilizando armas químicas. Y la medicina hoy, además de curar, mata. Hay gente trabajando para que así sea.