16/1/12

Clase y capitalismo en el Golfo

Ed Lewis-New Left Project-Rebelión


De 2000 a 2006, el consumo mundial de energía ha aumentado más del 20 %, y China es responsable por sí sola del 45 % del aumento del uso de energía en todo el mundo durante este periodo. En 2007, casi el 50 % de las importaciones de crudo de China procedían de Oriente Medio. Actualmente, la mitad de la producción de petróleo de Arabia Saudí va a China, superando incluso las exportaciones saudíes a EE UU, y para 2025 se prevé que las importaciones chinas de petróleo del Golfo triplicarán las de EE UU. 



Ed Lewis: En tu opinión, los seis países del Consejo de Cooperación del Golfo –Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Bahréin y Omán– constituyen el núcleo duro de la economía y la política de Oriente Medio, pero no únicamente por sus vastas reservas de petróleo. ¿Cuál es entonces, a tu juicio, el motivo por el que los Estados del Golfo han llegado a ocupar esta posición central? 


Adam Hanieh: En esto intervienen varios factores. En primer lugar, por supuesto, está la cuestión del petróleo. Las reservas de petróleo y gas del Consejo de Cooperación del golfo (CCG) figuran entre las más importantes del mundo. Hay estimaciones divergentes –y la evaluación de las reservas de petróleo es un asunto muy controvertido–, pero una cifra muy citada indica que el CCG detenta del 40 al 45 % de las reservas probadas de petróleo en el mundo y el 20 % de las de gas. En estos momentos representa cerca del 20 % de la producción mundial de petróleo. Dada la importancia crucial de los combustibles fósiles –como fuente de energía y como materia prima para la industria petroquímica–, la región adquiere un peso fundamental en los patrones de acumulación de la economía mundial.

Un factor asociado es la enorme cantidad de capital excedentario acumulado en la región a raíz de las ventas de crudo, gas y productos petroquímicos. Estos “petrodólares” constituyen un elemento clave del desarrollo de la arquitectura financiera global. No se trata de un aspecto nuevo; en la década de 1970, los flujos financieros procedentes del Golfo fueron un componente fundamental del desarrollo de los mercados de eurodólares (depósitos en dólares estadounidenses en bancos de fuera de EE UU) y del apoyo a la compra de bonos del Tesoro de EE UU. De este modo, los petrodólares desempeñaron un papel clave en el apuntalamiento de la hegemonía del dólar y en el mantenimiento de los desequilibrios financieros internacionales que han caracterizado el mercado mundial en las últimas décadas. De este modo, la rápida financiarización de la economía mundial se basó en parte en la integración del CCG en el mercado mundial y sus circuitos financieros.

Esto significa que el modo en que ha evolucionado el mercado mundial a lo largo de las últimas décadas, con el desarrollo de complejas cadenas de producción que abarcan desde la fabricación de bienes en zonas de bajos salarios hasta la venta de productos en los países capitalistas avanzados, depende en buena parte tanto de la producción de mercancías en el Golfo como de sus excedentes financieros. En este sentido, la naturaleza de clase y la estructura del Estado en la región del CCG se han configurado paralelamente al desarrollo del mercado mundial capitalista y en estrecha relación con el mismo.

Estas son las razones que explican el peso del CCG en la balanza mundial. Sin embargo, dentro de Oriente Medio y el norte de África, en las últimas décadas se han producido algunos cambios fundamentales que otorgan un papel muy específico a los países del Golfo dentro del conjunto de la región.

El aspecto más llamativo de las dos últimas décadas ha sido la generalización de las políticas neoliberales en la mayoría de Estados de la región. Esto ocurrió en estrecha colaboración con el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, con grupos regionales como el Consejo Empresarial Árabe del Foro Económico Mundial y el Consejo de la Agenda Regional de Oriente Medio y África del Norte, además de otras entidades bilaterales como USAID. Un aspecto clave de esta política neoliberal fue la liberalización de las leyes sobre la propiedad, en particular de la propiedad inmobiliaria, y del sector financiero y las telecomunicaciones, la apertura a la inversión extranjera, la privatización de empresas públicas, la reestructuración de los regímenes tributarios, la anulación de los subsidios a la alimentación y la energía y la relajación de las barreras aduaneras.

A escala nacional, estas políticas han tenido un fuerte impacto, provocando la depauperación de la población por un lado y la concentración de la riqueza por otro. En muchas economías árabes ha crecido enormemente el sector “informal” y cientos de miles de personas han migrado del campo a las zonas urbanas (o a otros países), pues la supervivencia en las zonas rurales se ha hecho cada vez más difícil. La relación más estrecha de la región de Oriente Medio y África del Norte con el mercado mundial, basada en un desarrollo orientado a la exportación, las remesas de emigrantes y las variaciones de los precios de los alimentos y la energía expuso a muchos países a los vientos de la economía global. Todos estos factores son determinantes a la hora de apreciar cómo encajó la región la crisis económica de 2008 y el posible efecto de las turbulencias en curso de la economía mundial.

Sin embargo, lo esencial es que estas medidas neoliberales no reconfiguraron únicamente el poder de clase a escala nacional, sino que vinieron acompañadas de la creciente importancia del ámbito regional. No se puede entender el “Estado nación” en Oriente Medio como una economía cerrada en sí misma, al margen de sus interrelaciones con el entorno regional. Esto presenta varios aspectos, pero el fundamental es la rapidísima internacionalización del capital basado en el CCG, especialmente a raíz del aumento de los excedentes financieros que comenzó en 1999 y alcanzó su cénit en 2008. El grueso del capital excedentario del CCG sigue invirtiéndose, desde luego, fuera de la región, pero en las dos últimas décadas gran parte de estos flujos se han dirigido a otros países de Oriente Medio. Visto a escala regional, el CCG ha sido en la última década un gran beneficiario de la privatización, la desregulación y la apertura de los mercados.

Bastan unas pocas estadísticas para ilustrarlo. De acuerdo con la base de datos ANIMA, radicada en la UE, pero que registra las inversiones en la región, en los años 2008 a 2010 el CCG fue en su conjunto la principal fuente de inversión extranjera directa (IED) en Egipto, Jordania, Líbano, Libia, Palestina, Túnez, y la segunda en Marruecos y Siria. En 2010, los principales proyectos individuales de IED que se anunciaron en Argelia, Líbano, Libia y Túnez estaban respaldados por capital del CCG. Son cifras muy sorprendentes, y eso que no incluyen las inversiones de cartera en las bolsas de la región ni otras formas de “préstamo al desarrollo” que fluyen al resto de Oriente Medio desde el Golfo. Conviene señalar asimismo que, contrariamente a lo que se cree por error, estos flujos no están necesariamente controlados por fondos soberanos o empresas estatales del CCG. Gran parte de estos flujos proceden de capitales privados y están destinados a proyectos inmobiliarios, entidades financieras, galerías comerciales, empresas de telecomunicaciones y otras inversiones.

Los procesos que he descrito se han acentuado debido a la creciente diferenciación regional que comenzó a raíz de la crisis económica de 2008. En el propio CCG, aunque hubo algunas quiebras financieras sonadas a causa del fuerte endeudamiento de algunos grandes conglomerados, el principal efecto de la crisis fue el refuerzo de la posición de las clases dominantes del Golfo. La naturaleza de la sociedad de clases en el CCG ha permitido descargar la crisis sobre las espaldas de los trabajadores inmigrantes, al igual que las ayudas del Estado concedidas a las principales entidades financieras e industriales, por lo que las élites del Golfo han permanecido en gran parte al resguardo de los peores golpes de la recesión económica.

La experiencia diferenciada de la crisis en una y otra parte de la región muestra no solo el refuerzo relativo de los principales conglomerados del CCG y de las familias dominantes del propio Golfo, sino también el aumento de la diferencia entre el CCG y otros países de Oriente Medio. Esto demuestra que el neoliberalismo, visto a escala regional, ha enriquecido a las clases capitalistas nacionales como tales y al mismo tiempo ha consolidado la posición del CCG en el conjunto de la región.

Ed Lewis: ¿Cómo contribuye la relación entre el CCG y las principales potencias exteriores, en primer lugar los EE UU, a configurar la política regional en Oriente Medio? 


Adam Hanieh: Como ya he mencionado antes, el peso del CCG en el mercado mundial se ha reforzado con la creciente internacionalización y financiarización del capital a escala global. Un indicio de esto es la reorientación hacia el este de las exportaciones de petróleo, gas y productos petroquímicos del Golfo, que ha contribuido de modo importante al crecimiento de la producción china. De 2000 a 2006, el consumo mundial de energía ha aumentado más del 20 %, y China es responsable por sí sola del 45 % del aumento del uso de energía en todo el mundo durante este periodo. En 2007, casi el 50 % de las importaciones de crudo de China procedían de Oriente Medio. Actualmente, la mitad de la producción de petróleo de Arabia Saudí va a China, superando incluso las exportaciones saudíes a EE UU, y para 2025 se prevé que las importaciones chinas de petróleo del Golfo triplicarán las de EE UU. Paralelamente a estas exportaciones de hidrocarburos prosigue el flujo de los excedentes financieros del CCG a los mercados de los países capitalistas avanzados.

En el contexto de un declive relativo del poder de EE UU y la emergencia de un mundo cada vez más multipolar, esto ha comportado que el CCG (y por extensión la región de Oriente Medio en su conjunto) haya pasado a desempeñar un papel crucial en la rivalidad competitiva entre los principales Estados capitalistas. Esta es la razón por la que la estrategia a largo plazo de EE UU dé una importancia central a las estrechas relaciones políticas y militares con los Estados del CCG. Esta relación se forjó en la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, pero siguió profundizándose hasta la década de 1980 (de hecho, la constitución efectiva del CCG en 1981 formaba parte de un plan de consolidación de los Estados del Golfo en el contexto de la guerra entre Irán e Irak). El control de la región fue un factor estratégico clave en las invasiones de Irak y Afganistán dirigidas por EE UU y las luchas en curso por el control de Asia Central. La creciente belicosidad hacia Irán también ha de contemplarse a la luz de todo esto. El anuncio por parte del Gobierno estadounidense, hace unas semanas, de que trasladaría al Golfo sus tropas desplegadas en Irak es otra confirmación más de esta orientación. El CCG ya alberga la V Flota de EE UU (en Bahréin) y el cuartel general avanzado del Mando Central (CENTCOM, en Catar), que es responsable de todos los compromisos, planes y operaciones militares en 27 países, desde el Cuerno de África hasta Asia Central. Las monarquías del CCG dependen totalmente de la protección militar de EE UU y del apoyo político inequívoco de Occidente (como refleja la respuesta al levantamiento de Bahréin). Claro que hay rivalidades y tensiones en la relación de EE UU con el CCG (como también entre los Estados del propio CCG), pero lo que importa es que esta relación es un elemento clave del dominio estadounidense a escala mundial.

Este es el marco general que permite comprender la visión que tienen los EE UU y otras potencias extranjeras la región de Oriente Medio en su conjunto. En mi opinión, otras explicaciones –como los argumentos vacíos y básicamente liberales sobre el “lobby israelí” que supuestamente dicta la política exterior de EE UU– no son válidas.

Por otro lado, las rivalidades entre Estados que compiten en el mercado mundial capitalista también deben contemplarse paralelamente a sus intereses compartidos. La estructura de clase en el CCG está profundamente imbricada con el desarrollo del capitalismo en su conjunto, y lo que más teme cualquiera de los Estados principales del mercado mundial –entre los que hay que incluir, nótese bien, tanto a China como a Rusia– es cualquier cuestionamiento significativo de esta estructura de clase. Dicho de otro modo, es un deseo común de todos los principales países capitalistas asegurar que el CCG se mantenga plenamente alineado con los intereses del capitalismo mundial. La política de las grandes potencias extranjeras en Oriente Medio tiene por tanto un doble carácter: por un lado, tratan de hacer prosperar sus intereses competitivos individuales, mientras que, por otro lado, cooperan para evitar cualquier contestación popular que impusiera que las riquezas de la región redundaran en beneficio de las amplias masas y del pueblo, más que en el de una delgada capa social parásita.

Este es el significado profundo de los levantamientos que se han producido a lo largo de 2011.

Ed Lewis: Con la excepción parcial de Bahréin, los Estados del Golfo destacan por el bajísimo nivel de descontento político, que permite que los regímenes autoritarios estén firmemente asentados en el poder a pesar de las profundas desigualdades económicas. ¿A qué se debe esto? ¿Es en gran parte fruto de factores internos o se deriva significativamente de la relación entre el Golfo y el orden mundial?

Adam Hanieh: Hay una historia oculta y en gran parte olvidada de importantes luchas sociales en el Golfo. De la década de 1950 a la de 1970 existieron varios movimientos nacionalistas árabes y de izquierda bien organizados en toda la región. El papel de estos movimientos se vio, por mencionar tan solo algunos ejemplos, en huelgas y protestas en los yacimientos petrolíferos saudíes, la lucha guerrillera en la región de Dofar en Omán y el amplio apoyo en Kuwait y otras partes a la lucha palestina. En las poblaciones del Golfo había una fuerte simpatía por la causa palestina y el nacionalismo árabe, a menudo asociada a la presencia de trabajadores árabes procedentes de Palestina, Egipto, Siria, Yemen, etc.

Las monarquías en el poder (firmemente apoyadas por asesores británicos y estadounidenses) respondieron a estos movimientos con la represión. Paralelamente a esta represión se produjo además una transformación de la naturaleza de los mercados de trabajo de la región, que se hizo evidente en las décadas de 1980 y 1990. En esta época, particularmente tras las deportaciones que tuvieron lugar a raíz de la Guerra del Golfo de 1990-1991, los trabajadores árabes fueron sustituidos por temporeros inmigrados del sur y sudeste de Asia. Estos trabajadores tenían contratos temporales, se alojaban en muchos casos en campamentos alejados de la población civil y sus derechos laborales y políticos no eran respetados. En muchos casos, especialmente en sectores de bajos salarios como la construcción, estos trabajadores tenían muchas dificultades para hacer venir a sus familias.

Actualmente, los países del Golfo se caracterizan por utilizar en gran medida este tipo de mano de obra inmigrante y temporal, que representa alrededor del 70 %, frente al 30 % de trabajadores del mismo Oriente Medio (esta proporción había sido básicamente la inversa a mediados de los años setenta). Estos flujos de la mano de obra difieren de los flujos migratorios permanentes que se dan en otras partes del mundo porque son de corta duración, no incluyen derechos de ciudadanía asociados y se centran en maximizar las remesas de dinero de los inmigrantes a los países de origen. En todos los países del CCG, los trabajadores temporales inmigrantes representan más de la mitad de la mano de obra y en cuatro de ellos (Kuwait, Catar, Omán y los EAU) la proporción supera el 80 %. Este empleo intensivo de mano de obra temporal vincula estrechamente las principales regiones exportadoras de mano de obra a los patrones de acumulación del CCG.

La relativa estabilidad y adaptabilidad del capitalismo del Golfo y sus élites gobernantes está estrechamente relacionada con la estructura de clases. El grado de explotación es elevado porque el permiso de residencia de los trabajadores está directamente asociado a su contrato de trabajo. Cuando uno pierde el empleo, se convierte en “ilegal” y tiene que abandonar el país. En otras palabras, puesto que el derecho a permanecer en el país está condicionado por el empleo, los empresarios tienen un enorme poder sobre los trabajadores. Además, la reproducción generacional de la clase está muy fragmentada porque los trabajadores suelen volver a casa una vez expirado su contrato, de modo que la memoria de clase y los lazos de solidaridad son muy débiles y resulta muy difícil emprender una acción colectiva. Las restricciones legales codifican estas barreras a la acción de clase, no en vano los sindicatos están prohibidos en Arabia Saudí y los EAU y su actividad está muy limitada en los demás países de la región.

Contrariamente a la imagen que suelen proyectar estas sociedades, existe una pobreza relativa en la población autóctona en países como Arabia Saudí (y otros Estados del Golfo). Sin embargo, la ausencia de una clase obrera autóctona implica que las luchas políticas carecen de una base social efectiva. El conflicto político en estos países (con la excepción de Bahréin, que comentaré más adelante) suele tener por tanto su origen en desacuerdos entre sectores de la élite (como por ejemplo entre distintas ramas de la familia en el poder y entre los eruditos religiosos y la monarquía) o en movimientos islamistas, pero no en una lucha de clases generalizada. Esta calma política contrasta mucho con la situación reinante en dos países vecinos ricos en petróleo, Irak e Irán, donde la clase obrera cuenta con una larga historia de movilización y oposición persistente a las políticas occidentales en el Golfo y Oriente Medio en sentido amplio.

Las implicaciones de esto se vieron en la respuesta a la crisis económica de 2008. Inmediatamente después de estallar, en los países del Golfo apenas hubo protestas o descontentos populares. Sin duda es cierto que se suspendieron muchos proyectos de prestigio, que la demanda de los consumidores cayó en picado y que muchas empresas cerraron, pero la población autóctona salió relativamente intacta de la situación. En cambio, hubo un frenazo de la contratación de trabajadores inmigrantes y miles de ellos, como en Dubai, fueron enviados a casa. De este modo, los efectos reales de la crisis se manifestaron en forma de aumento del número de parados en las regiones de procedencia de la mano de obra inmigrante. Bahréin, sin embargo, representa en parte una importante excepción a esta regla. Su riqueza petrolera es menor que la de otros países del CCG (cuenta tan solo con el 0,03 % de las reservas demostradas del conjunto del CCG), y debido a las peculiaridades de su desarrollo histórico existe una significativa división sectaria entre la élite gobernante, que es mayoritariamente suní (con la monarquía de Al Jalifa a la cabeza) y una población que en su mayoría es de confesión chií. Sin embargo, la estructura social de Bahréin no es fruto de algún encarnizado conflicto religioso entre chiíes y suníes (como quieren hacernos creer habitualmente los medios y propaga a propósito la monarquía bahreiní). La discriminación que sufre la mayoría chií del país no se puede entender al margen de la estructura de clases del país.

Mientras que su economía sigue basándose en gran medida en la mano de obra inmigrante –en 2005, alrededor del 58 % de la población bahreiní eran inmigrantes extranjeros–, gran parte de la mayoría chií de la población autóctona está desempleada y sumida en la miseria y está sometida a una profunda discriminación sistemática. En los últimos años, Bahréin también ha tenido una experiencia relativamente prolongada y más avanzada de neoliberalismo que los demás Estados del CCG, lo que ha acentuado la profunda desigualdad del desarrollo capitalista, ampliando las distancias entre los ciudadanos más pobres (sobre todo de confesión chií) y las élites del sector privado y de la administración del Estado, que se han beneficiado de la posición de Bahréin como “la economía más libre de Oriente Medio” (según el “Índice de Libertad Económica” de 2010 de la Heritage Foundation). En 2004, el Centro de Derechos Humanos de Bahréin calculó que más de la mitad de los ciudadanos bahreiníes vivían en la pobreza y que al mismo tiempo los 5.200 bahreiníes más ricos acumulaban juntos una riqueza superior a 20.000 millones de dólares. El carácter más proletarizado de la población autóctona de Bahréin, que se solapa con la discriminación sectaria y se ha visto reforzado por el profundo impacto del neoliberalismo, ha hecho que en este país el movimiento obrero y la izquierda tengan un peso significativo. Cada pocos años se producen importantes enfrentamientos y huelgas obreras en el país, y la intifada de 2011 es la última de estas movilizaciones.

Es más, la situación de Bahréin trasciende las fronteras del país, pues existe una significativa población chií en la Provincia Oriental de Arabia Saudí, situada justo enfrente de Bahréin y que es rica en petróleo. A comienzos de 2011 hubo protestas en esta zona, y en todos los Estados del Golfo (como entre las potencias occidentales que les apoyan) existe el temor de que un movimiento victorioso en Bahréin pudiera servir de inmediato de detonante de nuevos enfrentamientos en Arabia Saudí y otros países. Esto explica la feroz represión desencadenada sobre el pueblo bahreiní a lo largo de 2011, incluido el envío de tropas de Arabia Saudí, los EAU y Catar para tratar de sofocar el levantamiento. Pero podemos estar seguros de que la historia de las revueltas de Bahréin no ha terminado.

Ed Lewis: ¿Qué importancia tiene la batalla en torno a los precios del petróleo? ¿Qué intereses están en juego y cómo determina esto las políticas de los Estados de la región y las de las potencia extranjeras (como EE UU)? 


Adam Hanieh: Los factores que determinan el precio del petróleo estás relacionados con la disponibilidad y la oferta de diferentes calidades de petróleo y de otras fuentes de energía, la demanda mundial, los niveles de inversión de capital en el sector, la especulación y la situación política en Oriente Medio. El precio del petróleo conoce una tendencia generalmente alcista desde 1999 (salvo la fuerte caída que experimentó inmediatamente después de la crisis económica de 2008) y, si las estimaciones más comunes de la oferta y la demanda globales son exactas, es probable que el precio se mantenga en cotas elevadas en el futuro a medio plazo.

Los altos precios del petróleo están muy relacionados con los periodos de recesión y, como muestra la experiencia de la década de 1970, los países que necesitan importar petróleo pueden sufrir mucho a causa del alza de precios. De hecho, este fue un importante factor (en parte facilitado por el reciclado de los petrodólares del Golfo) del aumento explosivo de la deuda de los países del Sur a partir de los años setenta. La tendencia sostenida al alza de los precios de los alimentos en el periodo actual (en parte vinculados al precio de los hidrocarburos) hace que el efecto de los altos precios del petróleo puedan resultar devastadores de muy diversas maneras.

La otra cara de esto, sin embargo, es el interés de los países del Golfo (y, por supuesto, de las compañías petroleras) por elevar los precios del petróleo. Existen diversas estimaciones de los “puntos muertos” de las economías del golfo, es decir, del nivel que debe alcanzar el precio del petróleo para que el Estado pueda asegurarse los ingresos fiscales que precisa. El FMI calculó en 2008 que Arabia Saudí necesitaba cobrar 49 dólares por barril para equilibrar sus cuentas fiscales del año. Los precios más bajos calculados por el FMI en el conjunto del CCG fueron los de los EAU (23 dólares) y Kuwait (33 dólares), y los más altos, los de Bahréin (75 dólares) y Omán (77 dólares). El CCG en su conjunto alcanzaba un promedio de 47 dólares por barril. Sin embargo, estas estimaciones son probablemente demasiado bajas. Hemos de recordar que los países del CCG lanzaron un programa masivo de gasto público tras las revueltas a fin de cortar de raíz cualquier protesta en sus propios países. El Instituto de Finanzas Internacionales (una asociación de los bancos más grandes del mundo) estimó en marzo de 2011 que Arabia Saudí necesitaría vender el petróleo a un promedio de 88 dólares el barril en 2011 para equilibrar el gasto público. Arabia Saudí es un país productor clave porque es uno de los pocos Estados capaces de incrementar la oferta de petróleo en el mercado mundial y de este modo hacer bajar el precio (aunque algunos analistas del sector ponen en duda hasta qué punto esto es realmente posible y sostienen que las reservas saudíes se han sobreestimado). En suma, intervienen muchos factores distintos, relacionados entre sí de una forma compleja, pero creo que en el próximo futuro el precio del petróleo seguirá siendo elevado y los excedentes de los Estados del CCG continuarán creciendo.

Ed Lewis: ¿Supone la “primavera árabe” una amenaza para el equilibrio de poder en la región y puede alterar la correlación de fuerzas entre las clases que prevalece en los países del Golfo? 


Adam Hanieh: Este es sin duda el potencial efectivo de las revueltas de 2011. Los dos procesos que he descrito antes –el peso creciente de la economía regional y el efecto diferenciado de la crisis mundial– impiden tratar los ámbitos nacional y regional como dos esferas políticas distintas. Lo que superficialmente parecen ser luchas “nacionales” que se desarrollan dentro de cada Estado nacional trasciende inevitablemente las fronteras para enfrentarse a la estructura de las jerarquías regionales más amplias. Este es el contexto en el que se han desarrollado los levantamientos árabes.

Esto tiene varios aspectos. Por un lado, podemos ver el papel de EE UU y otras potencias extranjeras en la región y, sobre todo, la posición de Israel. Las revueltas (particularmente la de Egipto) afectan a todas estas cuestiones porque los regímenes a los que se enfrentan eran piedras angulares de todo este orden regional. Por tanto, sería un error ver en las revueltas tan solo una cuestión “democrática”, como si lo “político” pudiera separarse de lo “económico” o lo “nacional” de lo “regional”.

Algo parecido ocurre con el papel que desempeñan los Estados del CCG en la economía política regional. No digo que los lemas y las reivindicaciones de las revueltas apunten explícitamente contra los Estados del CCG (o, de hecho, contra Israel o los EE UU), pero está en su lógica plantear un desafío implícito del orden regional que se ha instalado a lo largo de las dos últimas décadas. Las estructuras sociales que caracterizaban el poder político en Egipto, Túnez y otros países también forman parte del modo en que el CCG –vinculadas a la dominación de potencias extranjeras y a la posición de Israel– pasó a ocupar un lugar entre las altas jerarquías del mercado regional. Las luchas contra la dictadura que representan las revueltas están interrelacionadas a su vez con la manera en que el capitalismo se ha desarrollado en toda la región y, en este sentido, también son luchas contra los regímenes del Golfo.

Esto explica los feroces intentos de los Estados del CCG de reprimir y hacer fracasar esas revueltas y su papel crucial en la reacción contrarrevolucionaria que se ha desatado actualmente en la región. Creo que se puede afirmar que el imperialismo en la región está articulado con los Estados del CCG y en gran medida opera a través de ellos. La intervención en Libia encabezada por la OTAN es un claro ejemplo de ello, en la que Catar y los EAU desempeñaron un papel muy importante. Los Estados del Golfo enviaron tropas, dinero y armamento y –lo que quizá sea más importante– confirieron legitimidad política a esta intervención. Hay otros muchos ejemplos: los miles de millones de dólares que prometen los Estados del Golfo a los regímenes de Egipto y Túnez; la intervención militar en Bahréin; la oferta a Jordania y Marruecos de adherirse al CCG (uniendo de este modo a todas las monarquías reaccionarias de la región en un mismo bloque); y el papel central que desempeña el CCG en el intento de mediar y canalizar las revueltas en Siria y Yemen. Tal vez lo más significativo sean las crecientes amenazas que se blanden contra Irán, y no olvidemos que la cuestión de Irán interesa tanto al CCG como a Israel.

Es cierto, por tanto, que las revueltas árabes abren una posibilidad real de cambio del orden regional. Egipto, con su amplia y bien organizada clase obrera y sus organizaciones de izquierda comparativamente más fuertes, es clave en esta lucha. Pero para retomar las cuestiones planteadas antes, a la larga no hay soluciones “nacionales” a los problemas más amplios de desarrollo desigual a que se enfrentan Oriente Medio y el norte de África. Estos requieren una solución a escala regional y esto significa, ante todo, afrontar la posición de los Estados del CCG como el núcleo duro del capitalismo en la región.

[Ed Lewis es profesor de humanidades, coeditor de New Left Project y miembro del consejo editorial de Historical Materialism. Adam Hanieh es profesor de la School of Oriental en Africa Studies de la Universidad de Londres y autor, entre otros, del libro Capitalism and Class in the Gulf Arab States].