1/1/12

Afganistán, la guerra interminable del Pentágono

Por Pedro Blas García *

La Habana y Kabul (PL).- Estados Unidos parece asumir sin remedio que la guerra en Afganistán es interminable y supera, en tiempo y costos, a las provocadas en Vietnam o Irak. En 2011, el segundo año más mortífero para las tropas invasoras, la insurgencia afgana eliminó a 565 soldados de las fuerzas de la OTAN, 417 de ellos estadounidenses.
Los bombardeos aéreos a lo largo de Waziristán, en la frontera entre Afganistán y Pakistán, fueron la preparación de la invasión para derribar al régimen talibán, largamente preparada mediáticamente desde mucho antes de 2001. El pretexto, asumido por Estados Unidos, fue localizar y detener a Osama Bin Laden y destruir presuntamente el foco del terrorismo mundial que propició los atentados del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas en Nueva York.

En octubre de 2011, las tropas estadounidenses en territorio afgano cumplieron 10 años desde los intensos bombardeos en la región de Waziristán. Antes y después de esa fecha, los propios medios de prensa y políticos de Estados Unidos reconocieron que no se encontró una prueba fehaciente para culpar a Bin Laden o al movimiento talibán. El pretendido caos inducido, propiciador del incremento de la corrupción y el tráfico de drogas, entre otros hechos, no logró hallar evidencias de Al Qaeda y Bin Laden fue liquidado en tierras pakistaníes.

El autor de las tesis del “caos inducido”, Zalmay Khalilzad, afgano de origen, fue asesor del presidente George W. Bush, embajador en Kabul y activo propugnador de la candidatura de Hamid Karzai a la presidencia afgana. Dana Rohrabacher, antiguo asistente especial de Ronald Reagan y congresista por California, opinó que esa idea del caos organizado es una forma extrema de ingeniería social, la cual no puede ser ignorada.

Otro analista, Thomas Ruttig, oficial de las Naciones Unidas y participante en las primeras reuniones de la Loya Jirga -Asamblea nacional o parlamento afgano- afirmó que los proyectos de Khalilzad, aprobados por el Pentágono, permitieron una expansión sin límites a los llamados Señores de la guerra, incluidos el tráfico de drogas, las prebendas y la corrupción generalizada.

Un detallado informe del periodista canadiense Arthur Kent reveló que Khalilzad, entre otros importantes asesores y funcionarios involucrados, propició la creación del Grupo de Reconstrucción de Afganistán (ARG). El mencionado grupo, junto a los fondos destinados a las fuerzas especiales Alfa, contribuyó a la creación de vastos negocios -sin auditorías o controles efectivos- para los empresarios estadounidenses y los Señores de la guerra, añadió el profesional canadiense.

En la guerra desatada con particular ensañamiento a partir de la invasión en 2001, las fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN) establecieron una infraestructura militar altamente costosa. El presupuesto con esos fines sobrepasa con amplitud los 30 mil millones de dólares e implica la construcción y mantenimiento de tiendas de campaña con aire acondicionado y equipamiento ante el devastador clima afgano. (1)

Las fuerzas ocupantes de Estados Unidos gastan unos 20 mil millones de dólares en el aire acondicionado de equipos y oficinas y bases militares. La cifra, divulgada incluso en medios oficiales de Washington y acreditadas al general retirado Steven Anderson, equivale a 14.150 millones de dólares más que el presupuesto de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA).


Los gastos llevan una espiral ascendente que supera, según los cálculos más conservadores, los 400 mil millones de dólares, además del mantenimiento de una infraestructura para sostener a una fuerza de 150 mil hombres, de ellos un tercio estadounidenses. Frente a las cifras mencionadas, no se emite un solo centavo para la nación invadida, cuya población cercana a los 30 millones de habitantes sufre precariedad habitacional, de salud y alimentaria como nunca antes.

Datos divulgados por Naciones Unidas señalan que, solamente en el presente año, decenas de miles de afganos han sido desplazados de sus lugares de origen, el sistema de salud apenas existe y los cultivos agrícolas sufren pérdidas sin precedentes. El hambre pone en peligro a no menos de seis millones de personas en un país que llega a los 26 millones de habitantes, de los cuales más del 80 por ciento vive en zonas rurales, mientras la precariedad de la vida de mujeres, niños y ancianos supera cualquier expectativa.

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) estima que la situación alimentaria en particular es víctima de la crónica inestabilidad política del país, con producciones agrícolas cada vez más deterioradas por la guerra y las calamidades climáticas, como una continua sequía. De acuerdo con cálculos del PMA, el 31 por ciento de los afganos están en grave situación alimentaria y, de ellos, un tercio están en fase de hambre. La organización exhortó a la ayuda internacional para paliar la situación y, por boca de su director adjunto en Kabul, Bradley Guerrant, mencionó que no pueden hacer mucho más ante el déficit de 200 millones de dólares en su presupuesto.

Mientras esto sucede, y se agrava por días, Estados Unidos continúa su costosa política y, además de sistemas de aire acondicionado, incluye fabulosos gastos en medios de transporte, grupos paramilitares y sofisticados armamentos. El transporte de esos productos a través de remotas regiones de Afganistán es altamente costoso y requiere de amplios contingentes de escolta. La insurgencia afgana, en sistemáticas denuncias, reitera cotidianamente con sus acciones que aún así Estados Unidos y la OTAN “no ganarán la guerra en Afganistán”, contienda que ya sobrepasa cualquier otra intervención internacional de Washington.

Para el Pentágono la guerra en Afganistán tiene visos de algo interminable, a un costo jamás prevenido por quienes, como bien denunció el movimiento insurgente afgano, pretenden satisfacer sus intereses hegemónicos por encima de cualquier criterio con un mínimo de racionalidad. El 2011 ya es el segundo más mortífero para las tropas extranjeras de la OTAN y en particular, para los militares estadounidenses. Hasta diciembre murieron en Afganistán 565 soldados extranjeros, de ellos 417 estadounidenses. (2)

Tales informaciones no toman en cuenta la muerte de civiles y que fuentes de Naciones Unidas ubican en algo más de tres mil en el año que recién concluye. Sin embargo, la insurgencia afgana denuncia que los brutales bombardeos han ocasionado la muerte de al menos cinco mil personas en lo que va del año. (3)

A 10 años de una guerra interminable

Las bombas con uranio empobrecido cayeron sobre territorio afgano, mataron una cifra indeterminada de civiles y desalojaron de Kabul a los talibanes, propiciando la instalación de un gobierno presidido por Hamid Karzai, quien jamás contó con el consenso de las tribus y etnias de la nación asiática. "Libertad Duradera" fue el nombre de la operación militar contra los talibanes y el movimiento insurgente. Para especialistas en historia de todo el mundo -casi sin excepción- el costo de esa invasión sobrepasó todas las expectativas y creó un caos político y social sin precedentes en Afganistán.

Daniel Estulín, un acucioso investigador en temas internacionales, afirmó que la guerra, el caos, el fraude y la corrupción en el empobrecido país conforman un cuadro sórdido, ideado por los neoconservadores estadounidenses, líderes del llamado Club Bilderberg y la OTAN. Diarios de indudable influencia de opinión como The New York Time reconocieron en estos años que el cultivo del opio se incrementó, aumentó el tráfico de drogas y apenas se revitalizó la casi inexistente infraestructura del país.

Estimaciones internacionales dan cuenta de que el tráfico de drogas llega actualmente a 2.400 millones de euros anuales y los gastos militares hasta la fecha sobrepasan los 400 mil millones de dólares. A estos datos se unen el creciente número de contratados por empresas de seguridad y supuestamente en la construcción de viles, los cuales suman 10 años después cerca de 70 mil especialistas con fabulosos salarios y privilegios muy por encima de cualquier afgano.

Por otro lado, Estados Unidos y la OTAN previeron la paulatina retirada de las tropas a partir del 2011, pero la cifra de quienes regresan apenas ronda los 10 mil militares, ninguno de ellos pertenecientes a grupos élites o de logística avanzada. La reciente reunión de la organización en Bruselas no detalló porqué esa retirada se extiende más allá de 2014, reconociendo de hecho un notable aumento de la resistencia. (4)

Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la OTAN, declaró que “la transición no es una salida. No nos iremos cuando los afganos tomen el liderazgo”. La insurgencia afgana denunció que Estados Unidos pretende extender su presencia militar hasta el 2024, tras acuerdos secretos con Karzai, y que tales proyectos encierran la permanencia de bases militares.

La insurgencia y diversos medios periodísticos señalan, además, que Estados Unidos maniobra ahora por fuentes de abastecimiento a través de Kazajastán. En ese sentido, recordaron que las disputas con Pakistán han provocado que algo más del 70 por ciento de los abastecimientos a las tropas llegan desde diversos aeropuertos kazajos y de otras ex repúblicas soviéticas de Asia Central.

A pocas horas de concluir el 2011, Afganistán resulta el país donde Estados Unidos y sus aliados enfrentan una creciente resistencia, muy superior a otras naciones con presencia de norteamericanos invasores. Con un notorio desconocimiento de la complicada situación, el jefe del Pentágono León Panetta afirmó el 14 de diciembre que Estados Unidos está ganando el “duro conflicto”. Sin embargo, a una década de la invasión y ocupación ni Estados Unidos ni sus aliados son capaces de controlar o garantizar la seguridad en la nación centroasiática.

Para el movimiento insurgente y los talibanes “el futuro depende de una independencia total. Si no tenemos país independiente, nuestro futuro no será más que el de esclavo”, precisaron en un comunicado divulgado en sitios de internet. Con ese objetivo, tras una década de continua guerra, afirmaron: “debemos mantenernos unidos por el bien común y eliminar todas nuestras brechas hipotéticas y superficiales. Los valores islámicos pueden eliminar todas las diferencias linguísticas y geográficas entre los afganos y para lograrlo se necesita sacrificio”.

Notas:

1. La guerra en Afganistán le cuesta al contribuyente estadounidense dos mil millones de dólares a la semana, según cálculos del Departamento de Defensa. La cifra afloró en una información publicada en la edición digital del diario The New York Times a mediados de 2011.

2. El 2010 fue el año más mortífero para la OTAN desde el inicio de la ocupación, con 711 fallecidos. Hasta el 1 de junio de 2011 encabezaba la lista de muertos Estados Unidos con más de 1.700 bajas, seguido del Reino Unido (368), Canadá (156), Francia (58), Dinamarca (40), Italia (36) y España (31). El mes de agosto de 2011 fue en el más mortífero para las tropas norteamericanas en 10 años de intervención armada, informó la cadena CNN. Un total de 69 militares norteamericanos murieron en ese periodo, superando el tope establecido en julio de 2010, cuando 65 soldados perdieron la vida. Desde el inicio de la invasión en octubre de 2001 hasta diciembre de 2011 murieron más de 3.500 soldados invasores, de los cuales 391 eran militares del Reino Unido.

3. La cifra de víctimas civiles en una década de guerra supera, solo en 2010, el total de soldados caídos durante 10 años en territorio afgano. La Misión de Asistencia de la alianza noratlántica en Afganistán (Unama) revela que 2.777 civiles murieron el año pasado y supone que el total, desde el inicio del conflicto, podría superar los 10 mil. El 13 de septiembre de 2011, la OTAN reconoció que se registraron víctimas civiles durante un ataque aéreo el 2 de septiembre sobre la provincia de Takhar. En el ataque resultó herido un candidato a las elecciones afganas y 10 de sus colaboradores perdieron la vida.

4. En noviembre de 2011, el secretario de Defensa Leon Panetta desestimó dar una fecha concreta para la salida de las tropas estadounidenses de Afganistán, luego de que el comandante del cuerpo de Infantería de Marina general James Amos sugiriera que sus fuerzas dejarían de luchar contra los talibanes y pasarían a entrenar y asesorar a los militares afganos en los próximos meses. Un año antes, Panetta se comprometió ante los líderes de la OTAN a reducir el número de uniformados de la alianza para fines de 2014. La OTAN cuenta con casi 100 mil combatientes estadounidenses y 45 mil de otros países. La primera ministra de Australia Julia Gillard ratificó el compromiso de su gobierno de mantener unos 1.500 efectivos en Afganistán, responsables de entrenar a soldados afganos. Según los planes de la administración Obama, las fuerzas combinadas de Estados Unidos, la ISAF y OTAN se retirarán en los próximos tres años, pero permanecerán en el territorio afgano cerca de 15 mil efectivos para tareas de formación de policías y soldados afganos.

* Jefe de la redacción de Asia de Prensa Latina.