7/12/11

Nuestra América de hoy: hacia un escenario posneoliberal


Por Germán Ibañez

La constitución de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) es uno de los mejores índices de que vivimos una hora histórica, y contribuye a darle carnadura a aquello a lo que aludía el presidente ecuatoriano Rafael Correa cuando afirmaba que se está frente a un cambio de época. El camino que nos espera como latinoamericanos será azaroso, pero también lo ha sido el que nos trajo hasta aquí. 

Por eso, el objeto de estas breves líneas es reseñar algunas cuestiones de estos últimos años que, consideramos, son fundamentales para comprender las potencialidades de la actual construcción regional-latinoamericana.
No siempre es fácil fechar el “puntapié inicial” de un proceso socio-histórico. En este caso creemos que, aunque la crisis política del neoliberalismo en Sudamérica con el comienzo del nuevo siglo es el punto de inflexión del “cambio de época”, no podrían entenderse las tendencias a conformar un escenario pos-neoliberal sin referirse a las luchas sociales políticas de los años inmediatamente anteriores. La crisis por sí misma no genera horizontes de liberación, incluso puede abrir paso a lo contrario: una consolidación del status quo conservador o incluso una regresión societaria. Son las luchas populares, el debate ideológico, la emergencia de nuevos actores sociales y dirigencias lo que puede asegurar una salida “por izquierda”. Aquí mencionaremos solamente dos vertientes de esas luchas populares en el momento del auge neoliberal, para pasar luego a una sintética caracterización de algunos gobiernos nacional-populares de la región, y finalmente esbozar los rasgos de la construcción de un escenario pos-neoliberal latinoamericano.


La lucha popular anti-neoliberal


En primer término debemos referirnos a la emergencia indígena[1], la larga oleada de ascenso de pueblos originarios y organizaciones político-sociales indígenas de las últimas décadas. Ya no se trata del viejo indigenismo, patrocinado por elites intelectuales y políticas mestizas o criollas, tampoco de la política integracionista de algunos Estados (como el mexicano pos-1910) sino de auténticos movimientos indígenas, con sus dirigencias e intelectuales propios, estableciendo a veces alianzas con otros grupos y clases populares de los respectivos países. El 5º Centenario de la Conquista de América (así caracterizada, y no como “descubrimiento) es un hito importante en ese proceso de ascenso del activismo político de los pueblos originarios. Algunos países donde se ha desarrollado con fuerza este movimiento (heterogéneo, por cierto): México, Guatemala, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile). El impacto global del alzamiento zapatista en el estado mexicano de Chiapas (1994) no solamente visibilizó esa emergencia indígena, sino que también incidió en el debate político-ideológico contemporáneo: sobre las estrategias para transformar la realidad, la construcción del poder popular, la dialéctica entre movimiento social y movimiento político, los límites de las democracias modernas y los Estados nacionales, entre otras cuestiones. Aunque la “agenda” del neozapatismo no puede reducirse a las problemáticas específicas de los indígenas del sur mexicano, es fundamentalmente un movimiento indígena.
Las rebeliones y movilizaciones de los pueblos originarios del Ecuador, aglutinados en la CONAIE, es otro de los procesos relevantes de Nuestra América. De suma importancia incluso porque muestra las tensiones y contradicciones del momento político de un país que no se reduce tampoco a la emergencia indígena. El propio gobierno de Rafael Correo, cuyas palabras mencionábamos más arriba, no podría entenderse sin esa movilización, pero al mismo tiempo otros imaginarios y proyecciones están en juego (modernizantes, antiimperialistas) con no pocas fricciones entre en nuevo indianismo y la gestión gubernamental. La Revolución Ciudadana que lidera Correa incluye a los pueblos originarios del Ecuador, pero no es específicamente un paradigma indianista, y la puja por la orientación general del proceso se ha hecho manifiesta.
Sin duda, el caso más importante es el de Bolivia, puesto que allí los indígenas han logrado la dirección del movimiento político con el gobierno de Evo Morales y el avance en la construcción de un Estado plurinacional. De la movilización antineoliberal (“guerras” del agua y del gas) al ascenso electoral del Movimiento al Socialismo se producen no pocas inflexione y variaciones, que no desmienten empero la hegemonía indígena en el curso político boliviano actual. Y aún así, se manifiestan no pocas contradicciones[2]: entre el imaginario indianista más radical y una política nacional que responde también a la tradición nacional-popular, modernizante e izquierdista; entre una pluralidad de pueblos con visiones no exactamente iguales que no podrían reducirse al núcleo aymara cercano a Evo; entre una base social cuyos contingentes más activos son una serie de movimientos sociales, y la tendencia a la centralización (e incluso el personalismo) en la gestión de Evo. Todas estas cuestiones se tornan además dominantes en la escena política boliviana, puesto que el bloque oligárquico-burgués está momentáneamente neutralizado[3].
En segundo término, al reseñar las movilizaciones populares antineoliberales también habrá que referirse a lo que se engloba genéricamente bajo la denominación nuevos movimientos sociales[4]. Más allá de una primera aproximación superficial de tipo cronológico en la cual se recortan los “nuevos” movimientos” en contraposición a los “viejos” (especialmente los movimientos sindicales), lo cierto es que la imposición del neoliberalismo es un verdadero parteaguas en la historia de la movilización popular latinoamericana. Porque al fragmentar estructuralmente a las clases subalternas (a través de precarización laboral, el crecimiento del desempleo, la pobreza y la marginalidad) debilitó objetivamente a los anteriores encuadramientos sociales: sindicatos de asalariados urbanos, movimientos campesinos. El marco general se completaba con la deserción de no pocas dirigencias políticas e intelectuales de raíz popular, el anquilosamiento o desintegración de corrientes políticas nacional-populares o izquierdizantes, y tal vez lo peor: la literal cooptación de partidos populares que (como las socialdemocracias europeas) adoptaron la agenda neoliberal al acceder al gobierno.
En ese marco, los “nuevos” movimientos sociales nacen en gran medida del marasmo neoliberal, para hacer frente al empobrecimiento, el desempleo, la precarización y la crisis económica, con una gran desconexión de las alternativas políticas en juego. Esa desconexión se produce por el declive de las viejas fuerzas antiimperialistas y el desencanto generalizado; y también por el profundo grado de instrumentación de los Estados latinoamericanos a manos de las elites económicas, que los blindaron a través de un neo-republicanismo conservador, frente a las demandas comunitarias y la participación popular. Sin embargo, esos nuevos movimientos sociales no podrían ser reducidos a una mera respuesta defensiva frente a la debacle de los anteriores paradigmas. Si eso fue dominante en los primeros años, lo cierto es que comienzan a procesar nuevos debates ideológicos y políticos, de cara a la construcción de “alternativas”. Debates y construcciones como las que se pusieron en juego en los sucesivos encuentros del Foro Social Mundial. Así se discutió el poder político y sus relaciones con la mundialización del capital; las nuevas estrategias contrahegemónicas: construir poder popular, contrapoder, o no poder; la extensión de la problemática de los Derechos Humanos; los derechos de las minorías sexuales y la cuestión de género; mecanismos de democracia participativa; economía social y comunitaria; etc. Si en un primer momento los poderes económicos, políticos y comunicacionales coaligados bajo la hegemonía neoliberal observaron con desdén (no exento de hostilidad) esas discusiones de “alternativas”, lo cierto es que la crisis del “modelo” cambió radicalmente el contexto político, pulverizando el “consenso” neoliberal en muchos países de la región, abriendo camino a esas alternativas.


Los nuevos gobiernos nacional-populares


De la alternativa a la superación hay un complejo camino. Es el camino de la construcción de un escenario posneoliberal en Latinoamérica, que tiene como protagonistas a un importante y heterogéneo contingente de movimientos sociales (lo que mencionábamos más arriba) pero también, y especialmente, a un puñado de gobiernos definidos por los analistas de diverso modo: progresistas, de centroizquierda, de izquierda, antineoliberales, populistas, nacional-populares. Nos referimos anteriormente al proceso boliviano con el gobierno de Evo Morales. Desde el propio oficialismo del MAS han surgido distintas caracterizaciones de su proyecto societario, a veces sucesivas, a veces coexistentes en el tiempo: revolución democrático-cultural, capitalismo andino amazónico, socialismo comunitario, son algunas de ellas. Esto no obedece a ninguna incoherencia ni tampoco a un enfrentamiento faccioso inmanejable al interior de la coalición gubernamental. Es expresión de las contradicciones en el bloque popular a las que aludía García Linera, que no necesariamente deben conducir a la competencia facciosa. Y también de los cambiantes desafíos que supone pasar de lo “social” a lo “político”, o más concretamente en el caso boliviano: la dirección político-cultural de un bloque popular en la construcción de un Estado plurinacional. La profundidad de la descolonización cultural y étnica de Bolivia (objetivo manifiesto del gobierno) a su vez debe armonizarse con la dinámica de la modernización industrialista que impone la búsqueda simultánea del desarrollo económico y la redistribución progresiva del ingreso. En ese camino, el gobierno de Evo choca no solo con los viejos intereses oligárquico-burgueses, sino también con fuerzas sociales descolonizadoras con distinta visión, y a veces intereses sectoriales o corporativos de su propia coalición social.
Otra vertiente de los gobiernos nacional-populares latinoamericanos, firme impulsor de la unidad regional y ahora anfitrión en la constitución de la CELAC, es el bolivarismo del gobierno de Hugo Chávez en Venezuela. El horizonte actual del proceso bolivariano es de la construcción de un Socialismo del Siglo XXI. Tal proyecto societario de liberación no se improvisó rápidamente, ni está exento, también él, de contradicciones. La propuesta nacionalista y democratizante del primer gobierno de Chávez se topó muy pronto con serios obstáculos, como la decidida hostilidad de los EEUU. Pero también problemas internos a la formación social venezolana: la ausencia de una capa empresaria sólida que fuese aliada del proyecto bolivariano (una suerte de “burguesía nacional”), y un aparato administrativo del Estado incapaz de responder a las incrementadas demandas sociales que surgen del proceso[5]. La refundación política bajo el paradigma de la democracia participativa fue exitosa en abrir paso a los contingentes populares que son la base real del gobierno de Chávez, pero por cierto no se tradujeron mecánicamente en poder popular al tiempo que sí estimularon el encono de las clases dominantes venezolanas. Las dificultades nacidas de la desigual modernización nacionalizante en la economía, la hostilidad golpista del bloque político-económico desplazado, los límites y dispersión de la base social “participativa”, la radicalización del antiimperialismo chavista, la tensión (con rasgos diferentes al proceso boliviano) entre el paradigma de la democracia participativa y el proceso de centralización política del gobierno nacional-popular (especialmente en el poder ejecutivo comandado por Chávez), juegan hoy en la propuesta azarosa del Socialismo del Siglo XXI.
La emergencia del kirchnerismo en la Argentina delinea otra cristalización de lo nacional-popular. Por una parte sigue la huella del peronismo “clásico”, actualizando sus banderas históricas de la autodeterminación nacional y la justicia social, en un escenario marcado por el derrumbe de modelo neoliberal. Se imponía en primer término la recuperación y democratización del Estado, el crecimiento económico y un mayor margen de autonomía frente a los organismos financieros internacionales (incorregibles demiurgos de la catástrofe socioeconómica). De allí nacía la consigna moderada en apariencia de “un país en serio”. Sin embargo, las cuestiones puestas en juego fueron incomparablemente más complejas. La recuperación del peronismo histórico no se “salteaba” el período de “los ‘70”, ni obviaba la pesada herencia de la impunidad dictatorial en la transición a la democracia. La búsqueda de una mayor autodeterminación nacional se conjugaba necesariamente con la profundización de la integración económica latinoamericana y de la conformación del bloque político latinoamericano que hoy celebramos. El crecimiento económico no podía disociarse de la redistribución del ingreso y la recuperación de derechos por parte de los asalariados, contradiciendo una lógica puramente desarrollista. La democratización no alcanza solamente al Estado, en la ilusión de una alternancia de partidos políticos que no cuestionan el orden societario impuesto por el poder económico. Esa democratización se impulsa hacia uno de los nudos estratégicos de las construcciones hegemónicas contemporáneas: la comunicación audiovisual. Son estos rasgos los que fueron conformando al kirchnerismo como movimiento nacional.
La crisis política del neoliberalismo en América Latina abre la grieta por la cual se precipitan estos procesos nacional-populares, cada uno con sus matices. Pero ni ellos pueden entenderse sin la acumulación de luchas populares y debates ideológicos previos, ni la salida hacia un escenario “pos-neoliberal” es pensable sin esos gobiernos y otros similares (Brasil de modo eminente, pero también como ya mencionamos Ecuador, y debe sumarse Cuba, Nicaragua, Uruguay, Paraguay, y ahora posiblemente Perú).


Algunos elementos para la consolidación de un escenario posneoliberal latinoamericano


El brasileño Emir Sader propone que en el camino de la configuración de un horizonte emancipatorio para América Latina, la consolidación de un escenario posneoliberal es insustituible[6]. La liberación nacional y social no se identifica mecánicamente con ese “posneoliberalismo”, pero sí lo supone como parte de un tránsito complejo y contradictorio, en un marco en el cual las continuidades con el ciclo anterior aún son fuertes. Sin que pretendamos enumerar el conjunto de problemas implicados en la construcción de un tal escenario posneoliberal latinoamericano (que conoce además importantes variantes de país en país), podemos mencionar aquí algunas cuestiones.
· El rechazo al ALCA, los TLCs, y las diversas formas de la dominación económica estadounidense. El imperialismo estadounidense es el principal obstáculo hoy a los procesos de liberación latinoamericanos.
· Horizonte de integración /unidad de la región. Los procesos integracionistas que conocemos (como el MERCOSUR) y hallan su justificación en la matriz neodesarrollista deben complementarse con el renaciente paradigma de la unidad, que apunta a la conformación de un bloque político-económico-cultural. Es el camino de la UNASUR y ahora la CELAC.
· Desarrollo de formas de democracia participativa. Los objetivos socioeconómicos y aún aquellos “técnicos” en apariencia difícilmente podrán consolidarse en una matriz puramente desarrollista, en la cual una elite conduce la modernización.
· Recuperación gradual del control del excedente económico (que nos será radicalmente disputado por el capital financiero trasnacional en el marco de la actual crisis global). Esto implica el control de los recursos estratégicos y de las fuentes de financiamiento (Banco del Sur).
· Política social y redistribución progresiva de la riqueza. Constituye uno de los “centros de gravedad” de la solidez de los bloques nacional-populares que pueden sustentar esta transformación. También es el valor societario que organiza la vida social en perspectiva de liberación: la solidaridad y la justicia.
· Democratización de la comunicación audiovisual. Es uno de los ejes de la construcción hegemónica contemporánea y de la consolidación de horizontes civilizatorios.
· Alianza gobiernos /movimientos populares. En la medida en que la tensión representación /participación es parte de nuestro horizonte de época (contradicción inmanente por otra parte a los regímenes representativos-republicanos) y otro de los ejes constitutivos de los actuales bloques nacional-populares. No resulta productivo ver esta cuestión disociada de un planteo atento a las contradicciones en el seno del pueblo.
· Pensamiento estratégico para la liberación nacional y social. Cuestionamiento radical a las formas ideológicas de la dominación del capital trasnacional, pero también crítica del pensamiento “débil” o posmoderno. Capaz de integrar las tensiones entre lo identitario y la modernización; entre lo global y lo nacional; entre la unidad y la diversidad.


http://www.lonacionalypopular.blogspot.com/

Notas:

[1] Tomamos la expresión del título de interesante libro del chileno José Bengoa: La emergencia indígena en América Latina; Santiago; Fondo de Cultura Económica; 2007
[2] Incluso el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, propone asumirlas y considerarlas como contradicciones en el seno del pueblo, en una recuperación crítica de los planteos maoístas sobre la cuestión. Ver el artículo “Las contradicciones de la sociedad boliviana”, en Le Monde diplomatique, edición Cono sur, Nº 147, septiembre de 2011
[3] Álvaro García Linera, entrevista en el diario La Prensa (Bolivia), 24/01/2010
[4] La bibliografía es extensa; aquí mencionamos como abordajes muy interesantes Maristella Svampa: “Movimientos sociales y nuevo escenario regional”, en Cambio de época; Buenos Aires; Siglo XXI editores /CLACSO; 2008, y el de José Seoane, Emilio Taddei y Clara Algranati: “El concepto ‘movimiento social’ a la luz de los debates y la experiencia latinoamericana recientes”, en Controversias y Concurrencias Latinoamericanas Nº 4, año 3, agosto 2011
[5] Edgardo Lander: “Izquierda y populismo: alternativas al neoliberalismo en Venezuela”, en César A. Rodríguez Garavito, Patrick S. Barrett y Daniel Chávez: La nueva izquierda en América Latina; Bogotá; Grupo Editorial Norma; 2005; p. 129
[6] Emir Sader: El nuevo topo; Buenos Aires; Siglo XXI editores /CLACSO; 2009; especialmente el cap. 5: “El futuro de América Latina”