5/12/11

Las formas de vida



Por Agustín López Tobajas

Un sistema que ha hecho del mundo un mercado, que convierte las catástrofes ecológicas en rutina, que condena a la miseria y a la muerte a gran parte de la población mundial, que periódicamente desencadena guerras por doquier y que todo lo uniformiza según los estúpidos criterios del modo de vida americano no puede seguir mereciendo la consideración de «civilización»: en realidad, no pasa de ser una sofisticada forma de barbarie.


En la grosería de estos tiempos mezquinos hasta la virtud debe solicitar el perdón del vicio.
SHAKESPEARE


La creencia del hombre moderno de haber llegado a un sistema social más justo y a un orden cultural más elevado que cualquiera que existiera con anterioridad sobre la tierra no tiene más fundamento que sus prejuicios etnocéntricos y su manipulación arbitraria de la historia. Lo único que demuestra el esquema salvajismo-barbarie­-civilización, inventado sobre el rebuznante criterio del desarrollo técnico como medida de la inteligencia, es que nuestra cultura concede más importancia al abrelatas eléctrico que a la Ilíada, actitud que hace superfluo cual­quier comentario. Por primera vez en la historia de la humanidad, hay una civilización lo suficientemente zafia y soez como para reducir la inteligencia a la capacidad de solventar unos problemas que los animales resuelven por instinto.

Se juzga a todas las culturas según los criterios de la propia, como si todos los hombres hubieran tenido siempre la misma percepción del mundo, como si todas las ci­vilizaciones tuvieran la obligación de plantearse nuestras metas espurias y utilizar nuestros métodos megalo­maníacos, y la insensatez propia debiera ser la norma universal. Se identifica a cualquier cultura con detalles incomprendidos de su legislación, sin entender que una civilización es una red dinámica de compensaciones y que las pautas culturales no pueden examinarse aisladamente, sacándolas de su entorno v valorándolas como si de súbito hubieran cobrado existencia en el medio del que las juzga, pues sólo adquieren sentido en su lugar natural, dentro del conjunto que las integra y desde el contenido que les otorgan sus propios fundamentos; lo que no implica un relativismo cultural absoluto, sino la existencia de una pluralidad de interpretaciones diversas de unos mismos principios metaculturales, expresión de una sabiduría universal y perenne, que Occidente, deslumbrado de manera narcisista ante el espejo que refleja su vacío esplendor, no sólo no percibe, sino que pretende sustituir orgullosamente por los suyos.

Un sistema que ha hecho del mundo un mercado, que convierte las catástrofes ecológicas en rutina, que condena a la miseria y a la muerte a gran parte de la población mundial, que periódicamente desencadena guerras por doquier y que todo lo uniformiza según los estúpidos criterios del modo de vida americano no puede seguir mereciendo la consideración de «civilización»: en realidad, no pasa de ser una sofisticada forma de barbarie. Nuestro estilo de vida podrá ser cuantitativamente esplendoroso, pero es cualitativamente bárbaro y despreciable.

La forma de vida refleja y manifiesta de manera precisa en sus múltiples aspectos la irracionalidad inherente a los presupuestos que la inspiran; incluso dejando a un lado guerras y catástrofes, nuestro mismo funcionamiento «normal» parecería el de un asilo de dementes incurables a los ojos de una mente equilibrada, no insensibilizada por la rutina que conforma y deforma imperceptiblemente las conciencias. El absurdo continuado en que se ha instalado la vida del hombre moderno sólo se hace socialmente soportable desde la carosis y el acorchamiento del individuo medio, incapaz del más tenue estre­mecimiento ante la sinrazón de los actos que cotidia­namente realiza.

Se considera lógico, por ejemplo, plantearse el mover una masa de hierro de más de una tonelada para desplazar a una persona que pesa veinte veces menos y que tiene movilidad por sí misma. Y para ello se instauran unos medios de transporte que dejan cada día más muertos en las carreteras que una guerra, que exigen el desplazamiento de millones de toneladas de materias primas, o la instalación de complejos industriales de dimensiones gigantescas: todo eso para poder recorrer cada día el camino que le lleva a uno de su casa al trabajo.

Este colosal trasiego de cosas y personas alcanza el ápice de su insensatez en esa singular actividad llamada «turismo», manía obsesiva que impele a unos despla­zamientos regulares más o menos dificultosos, o hasta angustiosos, aparte de arriesgados, para escapar a la menor oportunidad del lugar en que se vive. Al hecho de atarse a una silla, en una aséptica cámara plastificada, y aparecer pocas horas después en la otra punta del globo se le llama ahora «viajar». Esta obsesión por escapar de la cotidia­neidad e introducir novedades externas en la vida revela algo que el turista no sospecha: que de lo que realmente está hastiado es de sí mismo, molesta compañía que le sigue con fidelidad implacable a donde quiera que vaya. Pero como cambiarse a uno mismo es complicado, se opta en su lugar por cambiar el escenario. Esta voluntad de huir incesantemente de su sombra expresa la ineptitud y el miedo ante la única aventura digna de ser vivida: ahondar en el sentido de la propia existencia.

Como si la medicina la hubiera inventado la modernidad, se la presenta como insignia y evidencia concluyente del progreso. Olvidando que la estadística, ciencia cuantitativa por antonomasia, es una creación del siglo xx, se pretende comparar cifras actuales de duración de la vida con «datos» imaginarios de épocas remotas, suponiendo siempre que el objetivo de la vida es prolongarse y no dotarse de significado. Sea o no cierto que aquellos a quienes aman los dioses mueren pronto, cifrar el sentido de la existencia en su prolongación es como valorar un cuadro por sus dimensiones: expresión pura de los principios imperantes en el reino de la cantidad. Se imaginan superadas oscuras epidemias de tiempos pasados, pretendiendo ignorar las nuevas enfermedades antes inexistentes, las catástrofes «naturales» que se suceden con frecuencia inusitada, el hambre y la miseria generalizadas en vastas áreas del globo o la incontenible difusión de la violencia que esa forma de vida produce. Se ha acabado con la peste, pero para lograrlo se ha generado un sistema que está consiguiendo acabar con el planeta. Como decía Cioran, si antes moríamos por nuestras enfermedades, ahora morimos por nuestros remedios.

La medicalización absoluta de la enfermedad, a la que se supone ciego producto del azar, la expropia de todo significado, y la vida pasa a ser un combate sin sentido, porque perdido de antemano, por su imposible perpe­tuación. Conclusión: la angustia, la depresión y todo tipo de perturbaciones del alma crecen a ritmo acelerado ante una existencia que, ajena a cualquier transcendencia, deviene -cuando no es un divertimento banal y a la larga frustrante- un despropósito monstruoso y cruel que no resulta fácil de ocultar. El hombre antiguo, probado por los dioses, se enfrentaba, llegado el caso, a un destino adverso, y moría, si era preciso, en el empeño. Actualmente, ante la más banal de las contrariedades -o ante la vaga intuición de la vaciedad de la vida en el mundo moder­no-, el hombre actual se deprime, es decir, patologiza su mediocridad como vía para escapar a cualquier respon­sabilidad. La psicologización de la vida individual exime al individuo supuestamente enfermo de toda obligación, abrumado por una realidad que le impide cualquier iniciativa y que lo pone en manos de «profesionales expertos», es decir, de quienes participando de su misma miseria e ignorancia han aprendido la fórmula para ocultársela a sí mismos. Así se inventa al enfermo, así se genera la patología: es la psicologización de la existencia la que crea la enfermedad mental generalizada.

Y como el mundo construido con tan espectaculares progresos en materia sanitaria es rigurosamente insalubre, nos enfrentamos ahora, como reacción inconsciente, y por ello mismo fuera de toda medida, a una paranoica preocupación por el cuerpo y la salud, amén de una ma­niática obsesión, metafísicamente reveladora, por la higiene. Uno se pregunta cómo ha sido posible sobrevivir a un mundo sin fechas de caducidad, sin ducha diaria, sin controles de seguridad, sin chequeos regulares, con barro en las calles y agua del grifo para beber.

Marcados todavía por su herencia histórica, los sistemas educativos vacilan entre los bienintencionados prejuicios de un humanismo laico tan irreal como mutilado y las exigencias técnicas del sistema social que no demanda sino piezas eficazmente integrables en el esquema productivo. Las modernas técnicas pedagógicas con que los progresistas tratan de superar los métodos miopes de los conservadores bienpensantes de hace un siglo, abocan a resultados calamitosos. Se confunde el autoritarismo con el reconocimiento de la autoridad, el aprendizaje rutinario con la facultad de la memoria, se sustituye el esfuerzo por las actividades «lúdicas», la constancia por la «creatividad», la obediencia servil por la legitimación del desorden, y así se consigue que los modernos programas educativos no generen más que indolencia, irrespon­sabilidad y una inepcia generalizada que sería difícilmente superada si se abandonara a cada escolar a su suerte. La escolarización obligatoria y la enseñanza igualitaria son las bases para la democratización de la ignorancia, una similar estulticia puesta por igual al alcance de todos. Los actuales pedagogos, extraviados en el verborreico vaniloquio que generan sus nuevas técnicas de altisonantes nombres para no se sabe qué desarrollos integrales, se olvidan de enseñar que dos y dos son cuatro y que burro se escribe con be. Los métodos que ahora se quieren superar no eran, sin duda, los mejores, pero cuando todavía se suponía que había unos que podían enseñar y otros que tenían que aprender, cuando el respeto por el conocimiento generaba de manera natural la autoridad, cuando el esfuerzo y la exigencia personal eran las claves ineludibles de toda formación, se llegaba, al menos, a la universidad sabiendo leer y escribir.

La estructura familiar como vínculo con la tradición y con la historia, con un tiempo que se perpetúa más allá de la vida individual, posibilitando la integración en el cosmos orgánico del que la persona forma parte, se ha convertido en contingencia negociable en el Estado liberal­-burocrático, una cuadrícula que rellenar entre otras en el impreso de la declaración de la renta. La valoración ególatra de los deseos individuales por encima de cualquier otra circunstancia hace de la familia, célula natural de la vida colectiva, una estructura supuestamente superada, ideológicamente desfasada, que puede disolverse y desintegrarse a voluntad cuantas veces se desee. La dispersión en el espacio y la aceleración de los cambios facilita el desvanecimiento de los vínculos naturales que sitúan al ser humano en su espacio y en su tiempo, y las relaciones humanas se transforman en pactos mercantiles, cuantitativos y transitorios, sustituibles por otros cuando sus intereses caprichosos lo demandan. Las consecuencias: violencia doméstica, hijos desarraigados y viejos arrin­conados como trastos inservibles en residencias-almacenes.

El hogar, microcosmos en que se desarrolla la unidad familiar, locus mediador para la construcción de la persona y su integración en la comunidad, era una imagen del templo en el esquema de vida de los mundos tradicionales, y su cuidado, una función sagrada, actividad demiúrgica cargada de significado y de belleza. Transformadas ahora las casas en «máquinas para vivir», habitualmente celdas a las que se supone funcionales en colmenas que no albergan más que conflictos egoicos entre sexos y generaciones, su cuidado mecanizado, y por ende desprovisto de sentido, es una condena que las mujeres, sin duda, no tienen por qué sufrir más que los hombres, una pesada carga no tanto por su dureza intrínseca cuanto por su pérdida de significado y por su inferior valoración social al no ser una tarea «productiva».

El trabajo ya no es la actividad que permite al ser humano realizar su peculiar forma de ser e integrarse en la comunidad mediante un intercambio de funciones personales dotadas de sentido, sino una actividad extrañante que le fija como pieza indistinta a la maquinaria ciega de la productividad y el consumo. La vocación -concepto que transciende con mucho sus determina­ciones laborales-, es decir, la inclinación natural de cada persona a orientar su vida por unas vías y no otras, queda abolida ante la igualdad por decreto y la movilidad laboral. Puesto que todos somos iguales, todos podemos hacer de todo y la realización de la vocación individual se reemplaza por la especialización anónima e indiferenciada, donde la elección viene determinada, directa o indirectamente, por las imposiciones de la sociedad industrial y no por las legítimas inclinaciones personales. La actual obsesión por la personalización -presente incluso en espacios donde impera la impersonalización absoluta, como la infor­mática- es la mistificación fraudulenta mediante la colocación de un nombre o una máscara vacía que no anuncia, sino que sustituye, al ser real que podría en­contrarse detrás.

La fiesta, que en las comunidades tradicionales es la vía ritualizada para la expresión natural de una alegría compartida, desaparece ante la programación social del mercado del ocio, que impone las vías para la expansión del individuo, siempre desde el imperativo omnipresente del consumo y transformándose, en sus márgenes incon­trolados, en ocasión para la extralimitación salvaje y el exceso autoaniquilador. La felicidad radica en sentir que lo que se hace tiene un significado eterno, pero, incapaz de traspasar el ámbito de lo instantáneo, la mentalidad moderna la degrada en diversión o placer, adulteración especiosa de la alegría que, pasada por el rodillo de la inmediatez, se convierte en valor social y objetivo vital. La frustración que ello produce al individuo da lugar a la búsqueda frenética de una imposible felicidad, alimentada por la insatisfacción que el propio equívoco genera, pues, empecinado en una dirección equivocada, cuanto más la busca, menos la encuentra, conflicto que se aspira a superar haciendo de la sociedad un agregado de zombis más o menos satisfechos con seguridad social y derecho a vacaciones, incapacitados para la felicidad pero que tampoco podrán afligirse por la desaparición de lo que ignoran.

Dos tendencias dominan de forma complementaria los comportamientos sociales del hombre moderno: el individualismo egoico -corrupción de la libertad y la responsabilidad personal- y el gregarismo uniformizante -corrupción de la solidaridad comunitaria-, que se articulan entre sí para generar un egoísmo de masas y un individualismo gregario, equilibrio de la insensatez que se plasma especialmente en mecanismos de cohesión como el fenómeno de la moda, verdadero culto al ídolo de la transitoriedad y la exterioridad, que da a la sociedad el aire de un carnaval perpetuo, patentizando la decadencia de un mundo que exhibe sin inhibiciones la vanidad que hasta hace no mucho tenía, al menos, el pudor y la decencia de ocultar.

Diestra en ejercicios de malabarismo moral, la sociedad actual transmuta el vicio en virtud con la sola condición de que sea pregonado a los cuatro vientos, confunde la desfachatez con la sinceridad, la espontaneidad con la interiorización acrítica de valores prefabricados, condena toda inhibición como axiomáticamente mórbida, ensalza el permiso autoconcedido para la caída en el vacío como actitud liberadora y hace del exhibicionismo de la vileza condición digna de loa y de respeto. Nada de extraño, pues, en que fenómenos de masas, como la moda o los espectáculos deportivos, a los que hasta hace poco se les reconocía implícitamente una cierta intranscendencia, se promuevan al rango de respetable expresión cultural, con el beneplácito, al menos implícito, de buena parte de la intelectualidad; y así un desfile de modelos puede ser un acontecimiento cultural tan importante, si no más, que la representación de una obra de Esquilo o de Shakespeare.

Expresión nítida de la instantaneidad que atomiza las vivencias en el mundo moderno, la relación con los objetos se convierte en asociación pasajera y estrictamente instrumental: todo ahora se fabrica para usar y tirar o -según la pulcra variante ecologista- para usar y reciclar. Atrás quedó el tiempo en que las cosas se transmitían piadosamente como herencia espiritual, cargadas de pa­sado y, por ello mismo, portadoras, a la vez, de un mensaje intemporal: todo se tira y se reemplaza. La legítima identificación con los objetos basada no en la cosificación de las personas, sino en la personalización de unas presencias cargadas de historia y de sentido -en definitiva, de alma-, es una relación que, lejos de alienar, alimentaba la vida espiritual. Pero para ello el objeto exige belleza en su creación, nobleza en su funcionalidad, capacidad de impregnación y tiempo de vida. Nada de eso existe en los materiales sintéticos, ni sobrevive a la fabricación en serie, ni es compatible con las necesidades del mercado, así que la relación con los objetos se reduce a un afán de acumulación cuantitativa y uso funcional, mera sensación de posesión que invierte, con su mecanismo diabólico, la relación entre poseedor y poseído: un continuado flujo de objetos asépticos e impermanentes se apropia subrepti­ciamente de un sujeto esclavizado, obligado a su utilización, que no puede prescindir de los efímeros y demenciales cachivaches y trebejos que su vesania genera.

Los cambios acelerados en la forma de vida, en un medio en el que todo debe ser continuamente renovado, privan al hombre de cualquier cosa estable en la que reconocerse y recordarse a sí mismo: todo en el mundo actual le incita al olvido de sí. Son las acciones elementales de la vida, realizadas en la sencillez natural de sus ritmos pausados y con el esfuerzo que naturalmente implican, las que hacen posible -como condición no suficiente pero sí necesaria- sacralizar la vida, es decir, eternizarla. Y eso es posible porque esas acciones llevan su tiempo, tiempo necesario para que el sujeto adquiera conciencia de sí mismo en el acto de estar presente a su propia existencia, conciencia triturada ahora en el acto mecanizado, refractario por naturaleza al recuerdo y que fragmenta la duración en mera sucesión de instantes discontinuos a los que ningún dios religa.

            El progresismo, arrasando los fundamentos culturales y metafísicos de la tradición, ha dinamitado un mundo reduciéndolo a cenizas y pretende ahora fabricar otro a golpe de ciencia y tecnología, de productividad y principios democráticos, ignorando que un mundo no se inventa, pues no es un cacharro sino un ser vivo; lo que su resquebrajada razón puede alumbrar no pasa de ser una hueca fantasmagoría, un golem tecnológico -imagen invertida del ser cósmico de cuyo cuerpo se formó el mundo en las antiguas mitologías-, en cuyo interior no late un alma sino el vacío acumulado por los últimos siglos de la historia humana. 



Fuente: Capítulo XI  del "Manifiesto contra el Progreso". Preparado por Zainab Pi para el blog "Islam en Mar del Plata".