5/12/11

La caída de Babilonia



Por Agustín López Tobajas

Cual monstruo creado artificialmente en el laboratorio subterráneo de un Frankenstein enloquecido, Occidente es un cuerpo gigantesco, pesado, brutal y sin alma, que ni siquiera es ya dueño de sus propios mo­vimientos.

Y un ángel poderoso tomó una gran piedra de molino
y la arrojó al mar, diciendo:
Con el mismo ímpetu será abatida Babilonia.
[..] pues por tus hechicerías
fueron engañadas todas las naciones.
 Apocalipsis  18, 21. 23





Sólo la recuperación de una forma de vida tradicional -en el sentido antropológico y metafísico del término, lo que, innecesario aclararlo, no guarda la más mínima relación, si no es por oposición, con el bienpensante tradicionalismo sociopolítico de una burguesía mezquina e hipócrita- podría, idealmente, evitar el hundimiento, y permitiría atisbar, quizás, un recuperado sentido para la sociedad humana. Ello implicaría la inversión radical de los principios que rigen el despliegue de la barbarie tecnológica: el Progreso debería dejar sitio a un cierto Regreso. Un regreso del hombre hacia sí mismo, un recogimiento hacia el interior frente a la fragmentación exteriorizante que le impone el omnímodo poder de una dinámica centrífuga, vertiginosa y ciega, que nada ni nadie parece controlar. Retorno hacia el interior que debería reflejarse en la recuperación de unas condiciones exteriores que devolvieran su significado prístino a la vida, que permitieran desplegar un hacer cotidiano dotado de sentido, en un entorno de serenidad y de belleza y en un marco de relaciones verdaderamente humanas; eso implicaría, para empezar, volver a las condiciones materiales anteriores a la revolución industrial. Desandar lo andado, dar media vuelta e invertir radicalmente la dirección seguida hasta ahora, para dejar de progresar hacia el borde de un abismo cada vez más próximo.

Los problemas a que Occidente se enfrenta per­severando en el camino seguido durante los últimos siglos no son difíciles, sino absurdos. Sus datos, distorsiones que los siglos convirtieron en pautas, sólo suscitan, a modo de soluciones, diversas modalidades de hundimiento. Ahí, todo posibilismo es matemática de la destrucción, pues cualquier utopía que ignore el Espíritu no es más que una ensoñación vana, susceptible de coagularse en cualquier momento en pesadilla.

Como dice Edward Goldsmith, el único crecimiento alternativo es la alternativa al crecimiento y ésa no es otra que el decrecimiento. Pero un programa de decrecimiento, que a nivel individual siempre puede tener, sin duda, su sentido, a nivel social se convertiría, sin una conciencia generalizada que lo sustentase, en otra nueva utopía algebraica, en una receta «alternativa» más que añadir a la interminable lista de programas, institucionales o revolucionarios, para fabricar felicidad. En todo caso, que nadie manipule la formulación necesariamente abstracta del mensaje; decrecer significa lo inverso de crecer y no otra cosa: decrecer es tener cada vez menos coches y coches que corran cada vez menos, es sustituir el asfalto por la tierra, es abolir la informática, acabar con la televisión, tener cada vez menos periódicos, dejar de fabricar la infinidad de cosas estúpidas que no se necesitan absolutamente para nada -es decir, casi todo-, tener ingresos más bajos, consumir cada vez menos. En definitiva, tener menos para ser más.

Naturalmente, la realización de tal posibilidad a escala social sería un milagro sin parangón en la historia conocida de la humanidad. Ciertamente, el hombre actual, tan moderno, tan libre, tan progresista, tan dueño de sí, puede desintegrarse si le desconectan de la televisión, del automóvil, de la prensa diaria, del teléfono móvil y de Internet. Nada que no pase por la hecatombe autoriza razonablemente el menor rastro de optimismo, y los signos de los tiempos revelan a quien sepa leerlos que estamos viviendo ya el final de un mundo; que la agonía se prolongue más o menos no pasa de ser un asunto tan relativo como secundario. Sólo la inercia sostiene a Occidente en la existencia. Cual monstruo creado artificialmente en el laboratorio subterráneo de un Frankenstein enloquecido, Occidente es un cuerpo gigantesco, pesado, brutal y sin alma, que ni siquiera es ya dueño de sus propios mo­vimientos. Espiritualmente hablando, nuestra civilización murió tras el Romanticismo. Su desaparición física es una mera cuestión de trámites con la historia.

La actual unificación del mundo no permite siquiera contemplar el final de nuestra civilización como un trauma normal -como tantos otros acaecidos con anterioridad­ en la historia humana. En una sociedad globalizada las catástrofes son inevitablemente globales y, por primera vez, el final de una civilización podría significar el final de la humanidad o implicar, al menos, una conmoción planetaria de inimaginables consecuencias.

Con todo lo que tengan de lúgubre amenaza, no son los problemas medioambientales o el armamentismo nuclear -síntomas, a fin de cuentas- los que determinan las postrimerías de Occidente. El cataclismo ecológico o nuclear puede acaecer, por supuesto, pero Occidente moriría igual si así no fuese; y moriría, sobre todo, por falta de entidad, por carencia de ser, engullido por su vaciedad interior. Lo que comúnmente se llama «realidad» no es sino un colosal entramado de ficciones, mantenido en pie por la acción manipuladora de la publicidad y los medios de información, y alimentado por el «ciudadano medio», entregado a la superstición de la noticia y el culto a la exterioridad. Transcendiendo el orden de la individualidad, nada hay en el último siglo digno de perdurar. Se diría que, ontológicamente hablando, somos sencillamente superfluos. Una sociedad que hace del aspecto físico, el dinero y el prestigio social, del deporte, la gastronomía y la moda, sus divinidades domésticas, no supera los mínimos necesarios que confieren derecho a la existencia. Como ya hacía presagiar la caída del Imperio romano, Occidente será la primera civilización que muera de frivolidad.

El trance no será leve, pues todo indica que Occidente perecerá como ha vivido la historia de su decadencia: sin dignidad, sin la callada entereza de quien en soledad asume su destino, sino entre aspavientos y clamores, guiada por histriónicos profetas del delirio, presa de convulsiones de posesión y tratando de arrastrar cuanto pueda en su caída. Con todo, si no hay lugar al optimismo, tampoco lo hay al pesimismo, pues la catástrofe, en definitiva, no es que Occidente se hunda, sino que subsista. Que el mundo moderno se desmorone es, en todo caso, la única esperanza para quienes mantienen viva alguna fe en la humanidad. Quizá la consumación de la Caída esté inscrita en el proyecto divino como condición necesaria para que hasta las substancias más sórdidas que el progreso rezuma se transmuten, cual materia prima de la Obra alquímica, en las piedras preciosas que cimienten los muros de la Jerusalén celestial.


Fuente: Capítulo XII  del "Manifiesto contra el Progreso". Preparado por Zainab Pi para el blog "Islam en Mar del Plata".