5/12/11

Exiliarse del exilio



Por Agustín Lopéz Tobajas
Habrá que recordar una vez más que no se trata de huir de la realidad, sino justamente de huir la realidad, saliendo precisamente de la irrealidad de un mundo de idolatrías materialistas e idealismos exangües.

Salid de Babilonia, pueblo mío,
para que no seáis partícipes de sus pecados,
ni recibáis parte de sus plagas.
APOCALIPSlS, 18,4




 Ahora -decía Heidegger- sólo un dios podrá salvar­nos. Pero algo deberá hacer el hombre para que el dios acuda en su ayuda. Más allá de cualquier pragmatismo calculado y de toda consideración de eficacia inmediata, salir de Babilonia parece una sabia y prudente exhortación. Y para quienes, haciéndose eco de los tópicos al uso, insistan en ver en esa salida el recurso insolidario y la cómoda huida solipsista, habrá que recordar una vez más que no se trata de huir de la realidad, sino justamente de huir a la realidad, saliendo precisamente de la irrealidad de un mundo de idolatrías materialistas e idealismos exangües, que si en algo roza la perfección es en el arte de disfrazar la nada, solidificar vaciedades y dinamizar espejismos; un mundo de fútiles objetividades y certezas estólidas e inexploradas, donde las trivialidades de los medios de información y los simulacros de la cultura llenan los reducidos espacios que los seres humanos no se ven obligados a sacrificar en el altar de la gran ficción de nuestro tiempo: el Progreso.

Salir de Babilonia, escapar del «exilio occidental», como ya en el siglo XII decía, con profético simbolismo, el místico y visionario persa S. Y. Sohravardi, para emprender la peregrinación a «Oriente», a un Oriente que no se encuentra, ciertamente, en los mapas, y al que los pueblos de todos los tiempos han nombrado de formas diversas: Itaca, Hiperbóreas, Avalon, Shambala, Thule, Salem, Aztlán, Hurqalyá... Ese «Oriente», que nada tiene que ver con nuestra geografía física, es el lugar por donde despunta, en el alma extranjera capaz todavía de nostalgia, la luz del dios que le ha de salvar. Tarea ardua: difícil y oscuro es el camino y múltiples las posibilidades de extravío, mas grande también debiera ser la esperanza, pues, como ya nos decía Hölderlin, otro peregrino de Oriente, «cercano y difícil de captar es el dios; pero donde abunda el peligro, crece también aquello que salva». Ni optimismo ni pesi­mismo, sino más bien, apelando a la fórmula que tantas veces repitiera Henry Corbin, confianza en la desesperanza: la paradójica tensión de una situación delimitada por las proféticas palabras del poeta Novalis:

Una noche oscura se cierne sobre la tierra
y moriremos antes de que amanezca

y las poéticas palabras del profeta Habacuc:

Aunque la higuera no florezca,
ni en las vides haya frutos,
 aunque falte la cosecha del olivo,
y los labrados no den mantenimiento,
aunque se acaben las ovejas del aprisco,
y en los corrales no haya vacas,
 con todo, yo me alegraré en Jehová
 y me gozaré en el Dios de mi salvación.
Jehová el Señor es mi fortaleza,
 El hace mis pies como de ciervas
 y en mis alturas me hace andar.


Fuente: Capítulo XIII  del "Manifiesto contra el Progreso". Preparado por Zainab Pi para el blog "Islam en Mar del Plata".