27/12/11

El mundo en 2011

Por Enrique Lacolla

Este año se han profundizado todos los síntomas que hablan de la inviabilidad del sistema de poder organizado en torno del capitalismo salvaje y de su desprendimiento teórico: el neoliberalismo.
Al referirnos a inviabilidad aludimos por supuesto al carácter insoportable de las políticas que se ponen práctica para mantener firme el estado de cosas; no a la aptitud del sistema para forzar la existencia de este. Aunque tal esfuerzo plantee el riesgo de una conflagración económica y militar a gran escala, que acerque al mundo al borde de una crisis terminal.

Los países que han concentrado el poder económico, diplomático y militar a lo largo del siglo XX experimentan una tensión, inédita en las últimas décadas, que es consecuencia del rebote, en sus mismas sociedades, de las políticas de la Escuela de Chicago y su doctrina del shock. Aplicadas a rajatabla desde 1970 sobre el cuerpo de los países emergentes, produjeron una devastación que, en América latina, engendró finalmente una respuesta; exteriorizada entre nosotros con la debacle del 2001 y luego con un cambio parcial de los parámetros económicos, cambios de los cuales los gobiernos Kirchner suministran un ejemplo.

Las doctrinas de la Escuela de Chicago, que llevan a una especulación desenfrenada, a la híper concentración del capital y a la reducción del Estado al papel de mero ejecutor de las políticas originadas en los centros financieros, al generar un desequilibrio entre la producción genuina y los capitales inflados por la acumulación especulativa, terminan rompiendo el tejido social y dando lugar a una política de shock instrumentada por el capital concentrado para avanzar sobre la sociedad indefensa. Porque de aquí resulta, una vez que la burbuja especulativa ha reventado, una política de ajuste que termina convirtiéndose en el sine qua non del sistema. Se explota de forma cada vez más implacable a los más pobres, se liquidan los últimos remanentes del Estado de Bienestar y se vacía de todo contenido al concepto de democracia, toda vez que los electores no son consultados acerca de las medidas a tomar para conjurar la crisis, sino apenas para escoger entre variantes cosméticas de una misma solución. Si incluso cuando a un primer ministro, como el griego Georges Papandreu, se le ocurre convocar a un referéndum para consultar al pueblo acerca de la conveniencia o no de aceptar el plan de austeridad que se impone a su país desde afuera, debe enmendar la plana, renunciar a su cargo y dar vía libre a la instalación en él de un “técnico” expresivo de los intereses más crudamente fiscalizadores de unos organismos internacionales a los que no elige nadie. Lo mismo sucede en Italia, donde los partidos políticos se postran de rodillas ante otro “técnico”, Mario Monti, adalid del ajuste y representante orgánico de la banca europea.

La secuela del sometimiento de la política a la economía, que nosotros experimentamos de manera trágica durante la década del 90, en Estados Unidos y la Unión Europea sólo en los últimos años está manifestando su feroz carácter. Como apunta el profesor Salvador Treber, la merma de la actividad económica y los niveles de desocupación han creado ahí conflictos sociales potencialmente explosivos. “Basta recordar que en dichas economías hay 14,2 y 23,5 millones de parados; que elevan a 225 millones los desempleados en todo el planeta”. El rebote de esta crisis se manifiesta en movimientos como el de los “indignados” que, comenzando por España, está ganando a muchas de las sociedades occidentales, incluso Estados Unidos.

La crisis global

Esta situación de angustia tiene un correlato en la creciente agresividad que las potencias del Occidente imperial están demostrando en relación al mundo subdesarrollado. La crisis no detiene la agresividad imperialista; al contrario, parece fomentarla.

En los países de norte de África y el Medio Oriente, la cada vez más intolerable degradación económica precipitó hace exactamente un año el estallido de la llamada “primavera árabe”. Túnez y Egipto se levantaron en primer término. El objetivo de los alzamientos era derrocar a gobiernos títeres de Estados Unidos, exponentes de las prácticas más desembozadas del neoliberalismo económico y obsecuentes seguidores del dictado estratégico de EE.UU. y la UE. El objetivo primario –derrocar a los dictadores- fue logrado, pero luego el sistema global procedió, en particular en el caso egipcio, a desplegar sus habilidades tácticas gatopardescas, cambiando algo para no cambiar nada. A Hosni Mubarak lo reemplazó el Ejército, cuyos mandos, de momento, en suma no son otra cosa que criaturas de aquel, pese a su negativa a reprimir a las masas cuando se hizo evidente que el desgaste del jefe del gobierno era irrevocable.

La situación allí, sin embargo, está lejos de haberse estabilizado con la procuración de esa válvula de escape y hoy es el día en que el pueblo egipcio ha vuelto a salir a la calle y a manifestarse contra el gobierno militar a pesar de la feroz represión de que es objeto.

Lo más importante de todo, sin embargo, fue el hecho de que el imperialismo aprovechó la ocasión de la “primavera árabe” para confundir los tantos y lanzar una serie de procesos de desestabilización en la zona. Estas operaciones no fueron el fruto de una improvisación, sino de la explotación de una oportunidad que se ofrecía para poner en práctica planes largamente madurados. El más grave de estos episodios fue el generado en Libia, aunque es evidente que hoy se intenta reproducir este mismo escenario en Siria, como preludio a una eventual demolición aérea de Irán, para la cual nunca faltarán pretextos.

Libia

En Libia asistimos a una de las puestas en escena más completas y perfectas del guión urdido en las usinas de la CIA y de los servicios secretos occidentales para plasmar el destino del siglo XXI. La agresión contra los países o gobiernos que son renuentes a someterse a las exigencias del plan general que estipula el centro imperial, se ha convertido en una norma. El caso libio es arquetípico de un tipo de operación asentada en tres fases: la desinformación mediática, el aislamiento diplomático y económico, y la agresión militar. Para esta última se utiliza una combinación de fuerzas que van desde el fomento a las divergencias internas de carácter confesional o étnico que existen en el país sobre el que se quiere operar, hasta la intervención directa de las fuerzas internacionales y la introducción de “guerrilleros de la libertad” extraídos por la CIA del tejido de células terroristas que ella misma ha montado, en complicidad con la monarquía saudita, para desestabilizar el entero arco que va del Magreb al Mashrek. Esto es, del Poniente al Naciente del mundo árabe.

La operación contra Libia se ajustó paso a paso al guión predeterminado. Estado de transición entre esas dos porciones del mundo árabe, allí se fogoneó la insurrección en Cirenaica contra las autoridades centrales asentadas en Tripolitania, se la alimentó luego con “combatientes de la libertad”, provenientes de Qatar y de Arabia Saudita, se agigantó y deformó la proporción de ese conflicto hasta hacerlo pasar por una guerra civil; se armó un batifondo mediático sobre el supuesto genocidio que Gaddaffi estaba cometiendo contra su propio pueblo y sobre esa base se justificó una vergonzosa intervención internacional que fue endosada por las Naciones Unidas. Todo lo cual acabó con la matanza de mucha de la misma gente a la que se decía querer proteger, y con el infame linchamiento de Gaddafi, último exponente del movimiento nacionalista árabe que protagonizara la revolución anticolonialista posterior a la segunda guerra mundial.

Siria e Irak

El mismo escenario se propicia en Siria, aunque en este caso las dificultades para ponerlo en práctica son mayores dado que se trata de un país más densamente poblado y que importa a Rusia por las facilidades de que disfruta en el puerto de Tartus para situar a las unidades de su flota del Mediterráneo. De todos modos se conjugan allí líneas de fuerza que apuntan al desplazamiento del actual representante de la dinastía republicana de los Al Assad y que no difieren, en su mecánica, de las empleadas contra Libia. Se infiltra armamento para grupos insurgentes a través de las fronteras con Turquía, Jordania y el Líbano, se busca crear una riña entre sunitas y chiítas que reproduzca la alimentada en Irak y se apunta a un desmembramiento del territorio sirio, de acuerdo al principio maestro del imperialismo en todos los tiempos, “dividir para reinar”.

Mientras tanto se difunden informaciones de masacres no comprobadas pues no se dispone de pruebas documentales serias respecto a ellas, pero que son esparcidas en forma sistemática y permanente por los mass-media, en un tono admonitorio y perentorio que no admite réplica y que instala una verdad a la que en apariencia nadie se anima discutir. La escasa simpatía que suscita en occidente un régimen autoritario como el sirio contribuye a facilitar la empresa, pues el público no está acostumbrado a deslindar los factores objetivos que pueden informar a una situación dada y tiende a englobar en un juicio negativo a regímenes que le son exóticos, no conoce y a los que no concede el beneficio de la duda.

El embargo comercial y el bloqueo aéreo son dos instrumentos de presión que se pusieron en práctica contra Libia. Lo mismo busca la conjunción occidental formada por EE.UU. la UE e Israel, respecto a Siria e Irán. Hasta ahora no ha tenido posibilidades de legitimar su deseo a través del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas debido al seguro veto que Rusia y China interpondrían a tal pretensión. Pero quedan vías alternativas, como un eventual mandato de la Liga Árabe, cuyos dirigentes se manifiestan diligentes en seguir los dictados de Washington, a sabiendas que este es el tubo de oxígeno que les permite respirar en el seno de sociedades que los desprecian o los sufren resignadamente.

Turquía está convirtiéndose en un peón de esta política, bien que a partir de consideraciones geoestratégicas que atienden a sus propios intereses mucho más que a los que se le marcan desde afuera. Pero es un hecho, reportado por órganos responsables de la prensa alternativa, que Ankara está operando de consuno con la Otan una política que apunta a desvincular Siria e Irán para fortalecer su propia influencia en la zona. Al mismo tiempo está incrementando sus capacidades militares en las fronteras con esos dos países. En 2012 Turquía lanzará un programa de fabricación masiva de misiles de crucero destinados a equipar a su marina, mientras que su fuerza aérea empezará a recibir cazabombarderos de última generación provistos por Estados Unidos, que serían de gran utilidad en un conflicto regional generalizado. También está permitiendo la ampliación de las bases de la Otan que se encuentran en su territorio y se debe consignar que en septiembre de este año Ankara se sumó al proyecto norteamericano de levantar un escudo antimisiles. Este proyecto es antagonizado por Moscú y Teherán, que se oponen resueltamente a él y han amenazado con proceder contra las bases que se erijan a tal propósito.

En este contexto se pretende describir a la retirada norteamericana de Irak como una demostración de la voluntad pacificadora de la gran potencia, que habría llegado a ese país para liberarlo de la opresión de un tirano cruel y que nueve años después de ese arribo podría retirarse con la frente en alto al precio de entre cuatro y cinco mil valiosas vidas norteamericanas. Aunque parezca mentira, es necesario brindar algunas precisiones acerca de esa gloriosa hazaña, pues la memoria del gran público es floja. Lo que Estados Unidos deja atrás son, por un lado, una presencia estable que alcanzará a 16.000 agentes diplomáticos y militares guarecidos en la Green Zone, y varias decenas de miles de “contratistas”, eufemismo utilizado para designar a los mercenarios a sueldo del gobierno norteamericano o de los poderes locales que requieren de sus servicios. A ellos se añade una presencia militar masiva estadounidense en la frontera, en Qatar, presta para intervenir si fuera preciso.

Pero lo más significativo de todo es el estado en que queda Irak después de nueve años de sangrienta ocupación. Los estadounidenses dejan detrás de sí un país destruido, fragmentado en tres segmentos enfrentados entre sí y entre los cuales la guerra civil puede volver a brotar en cualquier momento. El Irak de Saddam era un estado opresivo y represivo, pero era una unidad provista de sentido, con servicios médicos apropiados a su circunstancia y con una población adecuadamente educada para los estándares del Medio Oriente. Todo eso voló en pedazos. Varios cientos de miles de personas (¿cuántas: 250.000, 500.000, un millón?) murieron victimas de la violencia bélica, de los conflictos fratricidas entre shiítas, sunitas y kurdos, fomentados a sabiendas por los atentados fundamentalistas o urdidos por los mismos ocupantes para agravar el foso entre las comunidades. La salud pública se ha derrumbado y una parte importante de la población ha buscado refugio en países vecinos. No hablemos del saqueo del patrimonio cultural cumplido en los primeros días de la invasión: algunos de los vestigios más importantes de los orígenes de la civilización volaron desde los museos de Bagdad a destinos desconocidos.

“Af-Pak”

La salida de Irak, de cualquier manera, es una forma de camuflar el desplazamiento del eje gravitatorio del activismo militar norteamericano hacia el escenario “Af-Pak” (Afganistán-Pakistán). Allí los norteamericanos, si bien siguen atascados en sus operaciones contra el Talibán, se anotaron un triunfo con la muerte de Osama Bin Laden, la “bestia negra” de la propaganda norteamericana desde los atentados al Pentágono y a las Torres Gemelas, cuya funcionalidad para suministrar los pretextos oportunos para activar el activismo del gobierno de Estados Unidos el público de ese país no suele tener en cuenta.

Lo más significativo de este escenario es que en él parecería estar creciendo el propósito de deshacerse del aliado paquistaní, durante mucho tiempo un socio confiable para resistir la presión rusa en Asia central y para combatir las simpatías filosoviéticas del antiguo Partido del Congreso en la India. Ahora el ascenso de Pakistán al grado de potencia nuclear y el islamismo exaltado que parecería inspirar a su población y a sus fuerzas armadas y servicios de inteligencia, lo están convirtiendo en una presencia incómoda. Sólo las expresas declaraciones chinas en el sentido de que no permitiría una agresión contra Islamabad o una merma del territorio paquistaní están conteniendo, por ahora, el dinamismo norteamericano. Pero la prudencia no es moneda corriente ni en la Casa Blanca ni en el Pentágono.

La excepción suramericana

Uno de los pocos lugares en el mundo que parece estar zafando de la crisis y de la ventolera bélica que suele irle aparejada, es América latina. Por cuánto tiempo no se sabe, pero por ahora el redescubrimiento de una identidad fundamental que proviene de nuestra historia común y de la evidente necesidad de blindar nuestros recursos contra los apetitos cada vez más grandes de los centros del poder global, parecen estar induciendo a nuestros gobernantes a una maduración acelerada. La cuestión reside en saber hasta qué punto esta maduración puede extenderse a la generalidad del cuerpo político, habituado a vivir en una situación de dependencia psicológica y de contubernio económico con las grandes potencias. La difusión de una conciencia que obligue a asumir y mantener políticas de estado que obliguen a la preservación de nuestros recursos naturales y a su explotación de acuerdo a nuestras conveniencias, será un dato fundamental para la configuración del futuro de América latina.

La creación de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) y la presencia de la UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas) suponen u hecho importante, tanto como fundamento de la progresiva unidad de estos pueblos como muro defensivo contra las iniciativas diplomáticas y eventualmente militares que podrían surgir en el futuro, en torno de las inapreciables reservas naturales que atesora el subcontinente.

En este escenario ha irrumpido por estos días la cuestión Malvinas con una rispidez que denuncia los intereses que se mueven en torno de este tema. Inglaterra ha endurecido su discurso ante los reclamos argentinos en el sentido de sentarse a conversar sobre la soberanía sobre las islas, proclamando por boca de su primer ministro David Cameron que las islas son británicas hasta que sus pobladores decidan de otro modo. El puñado de kelpers que las habitan por supuesto que no va a pronunciarse en otro sentido que en el señalado por Cameron, en especial debido a los recursos petrolíferos que están comenzando a sondearse en su cuenca marítima y más allá de esta. En la reunión del Mercosur en Montevideo los países de la región decidieron plegarse a la valiente decisión del Presidente uruguayo, Pepe Mujica, en el sentido de no permitir la entrada a sus puertos de cualquier nave que portase la bandera de conveniencia de las “Falklands”, que los lugareños –o para ser más precisos los intereses comerciales y empresarios que allí se mueven- han habilitado para refrendar su pertenencia a la Comunidad Británica y para evidenciar la inexistencia de cualquier vínculo con Argentina.

El gesto producido por el Mercosur es una orientación respecto del camino que se debe andar para integrar en algún momento al archipiélago malvinense en la comunidad latinoamericana. Incluso Chile –que de momento es un país asociado pero no un socio pleno- se plegó a la decisión de vedar sus puertos a esos navíos. Dados los antecedentes históricos del contencioso malvinense el dato tiene su importancia.

Ahora bien, si el asunto Malvinas no es, o no debe ser, un problema exclusivamente argentino sino afectar a la región en su conjunto, hay que tomar en cuenta que nuestro país es el primer afectado por el contencioso y el que con más seriedad debe tomárselo. El gesto del Mercosur irritó aun más a Londres y supuso una escalada de trascendidos e informes periodísticos que hablan de un reforzamiento de la ya sustancial guarnición británica en el archipiélago e incluso del envío de un submarino nuclear a la zona. Probablemente este sea un ruido de vainas más que de sables, pero no es cuestión de descartarlo con ligereza. En este sentido conviene recordar que Argentina, en gran medida por una política de gradual desguace de sus Fuerzas Armadas se encuentra virtualmente indefensa. Y por mucho que la Presidente declame las razones que validan nuestra soberanía sobre las islas, si el país no es capaz de existir como fuerza militar atendible jamás podrá sustentar sus reclamos diplomáticos de manera convincente. La defensa hemisférica debe ser una de las responsabilidades de la UNASUR, pero es ilusorio suponer que nuestra parte en ella pueda ser delegada en Brasil y los otros países asociados.

2011 ha sido un año complicado, debido a que la crisis siempre presente en el universo de las relaciones capitalistas, se ha agudizado al tocar ya a las naciones rectoras de la política global. Las líneas maestras del gran diseño geopolítico norteamericano para lograr la hegemonía mundial en este siglo se enfrentan entonces a un desafío: hay que acelerar su concreción antes de que la conmoción económica trastorne los presupuestos militares y psicológicos que son necesarios para ejercerla. Frente a esta pretensión se levantan obstáculos formidables, que proceden del crecimiento exponencial de la economía china y del renacimiento de Rusia. Si bien estas potencias no están calificadas ya por el mesianismo ideológico comunista, que las hacía doblemente peligrosas en la medida en que este podía alcanzar a la conciencia de las masas y rebelarlas contra el sistema capitalista-imperialista, su presencia y mero peso objetivo las erigen en rivales que bloquean la pretensión hegemónica. Los tiempos por venir verán un agudizarse de las tensiones en torno de estos problemas.

Notas

Salvador Treber en La Voz del Interior del 23.12.11.

Mahdi Darius Nazemroaya, The March to War: Iran and the Strategic Encirclement of Syria and Lebannon, Global Research, 24 de Diciembre de 2011.