22/11/11

SIMBOLISMO DEL CORAZÓN




Conferencia dictada en la VII Feria del Libro de la ciudad de Mar del Plata, Argentina, por la Prof. María Valeria Aguilar



I

El corazón atravesado por una flecha, trazado a la ligera con aerosol en una pared del barrio; una medallita del Sagrado Corazón de Jesús al cuello; el famoso sticker con la inscripción “I (love) NY”, en la que el verbo es reemplazado por la imagen del corazón; el corazón que late desmesuradamente y se sale del pecho en los dibujitos animados; todas imágenes que forman parte de nuestra iconografía cotidiana y que por resultarnos tan familiares, casi no les prestamos atención.



Sabemos, con mayor o menor precisión, que desde el punto de vista fisiológico, el corazón es un órgano muscular auto-controlado, de forma cónica y formado por cuatro cámaras o cavidades, cuya función es propulsar la sangre hacia todos los órganos del cuerpo a la manera de una bomba aspirante e impelente.(1) Además, constantemente empleamos expresiones que involucran las ideas que tenemos del corazón (2) y aunque lo ignoremos, usamos a diario una infinidad de vocablos derivados de la raíz latina cordis (3) o de la griega kardio (4), ambas procedentes a su vez, del término sánscrito HRiD, que significa “saltador” en referencia a los latidos o a los “saltos” que da el corazón en el pecho “en respuesta a los esfuerzos y a las emociones”. De manera coincidente, en la tradición hindú se representa gráficamente el chakra del corazón como un ciervo en actitud de saltar.(5)



El corazón, como todo símbolo verdaderamente tradicional, posee un aspecto esotérico; es decir, que a su significado exterior y generalmente conocido, subyace otro significado de un orden más profundo. Hoy los invito a contemplar el corazón con otros ojos, a pensarlo como símbolo de verdades trascendentes, para lo cual voy a hacer un recorrido por textos procedentes de distintas tradiciones –la celta, la cristiana y la islámica fundamentalmente, con breves referencias a la doctrina hindú, a la Cábala hebrea y al Tao- a fin de determinar, en sus representaciones e interpretaciones del corazón, ciertas recurrencias procedentes de un fondo común.



Para ello parto de una serie de supuestos -en los que no voy a ahondar por exceder los límites de este trabajo- y de los que solamente tomaré dos conceptos, que no creo esté de más definir: el símbolo, como un modo de expresión indirecto que permite, a través de un signo gráfico o sonoro (6), representar una realidad o una determinada dimensión de la realidad. Al respecto, Carl Jung explica que “… cuando la mente explora el símbolo, se ve llevada a ideas que yacen más allá del alcance de la razón. (…) Como hay innumerables cosas más allá del (…) entendimiento humano, usamos constantemente términos simbólicos para representar conceptos que no podemos definir o comprender del todo…” (7)



Por otra parte, al referirme al corazón como símbolo tradicional, me atengo al sentido etimológico de la palabra Tradición, que es “transmisión”; específicamente, transmisión de realidades de orden trascendente, esenciales e inmutables. De manera que entiendo el corazón entre otros símbolos, como elemento constitutivo de un modo de expresión indirecto, por el cual se han podido conservar conceptos de orden espiritual a través de los siglos, hecho en el que residen, a mi modo de ver, el valor y la vigencia de los símbolos.



II

La idea del corazón como centro del ser es común a todas las tradiciones antiguas procedentes de la Tradición Primordial, por esta razón ha sido objeto de estudio de las distintas disciplinas y desde los más variados enfoques, mientras que su representación constituye uno de los soportes más frecuentes para las prácticas de la oración y la meditación, tanto en Oriente como en Occidente.



Con respecto al concepto de centro, dice René Guénon que “…es ante todo, el origen, el punto de partida de todas las cosas, (…) indivisible y, por consiguiente, la única imagen que pueda darse de la Unidad Primordial (…) Es propiamente el Medio, el punto equidistante de todos los puntos en la circunferencia…” (8)   La circunferencia adquiere su realidad por irradiación del centro; trasladado al orden cosmogónico, es la acción del Principio en relación con el mundo de lo manifestado.



En la fijeza del Centro está reflejada la Eternidad, a la vez que el centro/el punto genera, impulsa y dirige el movimiento de la circunferencia, traducido en la rotación y en la sucesión temporal. Si salimos del esquema plano, para considerar la esfera terrestre que gira alrededor de su eje, notamos que los puntos extremos de éste, es decir los polos, permanecen fijos. Por esta razón, los conceptos de Polo y Centro pueden ser considerados equivalentes.



Por otra parte, junto con el corazón, es frecuente encontrar al cerebro, constituyendo ambos, dos polos o centros en el hombre. De hecho, desde el punto de vista fisiológico son dos órganos fundamentales en el momento de identificar la muerte de un ser vivo: la cesación de los latidos y por consiguiente, de la respiración, y la pérdida irreversible de las funciones cerebrales. Puesto que las facultades propias de cada uno no son absolutamente equivalentes, es erróneo pensar la relación corazón-cerebro, como una oposición o un equilibrio a partir de dos términos complementarios; en todo caso, habría que entender al cerebro -sede de la razón y del pensamiento lógico- en una relación de subordinación con respecto al corazón -núcleo de la inteligencia no discursiva- verdadero centro del hombre y del cosmos



El hecho de que haya dos centros en el hombre en el plano de lo contingente -entre los que pueda existir antagonismo o armonía, según los casos- implica, obviamente, un “descentramiento”, rasgo propio del hombre actual, separado de su centro original. Es lo que explica simbólicamente el relato bíblico de la “caída” al afirmar que Adán adquiere el conocimiento del bien y del mal - es decir, de la dualidad- al tener acceso al Árbol de la Ciencia. A partir de ese momento, pierde su estado primordial, “el sentido de la eternidad que es también el sentido de unidad”. (9)  La “caída” del hombre se produce al mundo de la dualidad, de la materia, de lo manifestado, lejos ya de la Unidad Primordial, su propio centro, cuyo símbolo es el Árbol de la Vida -Árbol del Medio en el Tao o Árbol del Mundo, en el esoterismo islámico- pues está plantado en el medio del Paraíso Terrenal, uno de los numerosos símbolos del Eje del Mundo.



III

Unas de las imágenes más habituales del corazón, -en este caso las del Sagrado Corazón de Jesús- lo muestran irradiante o en llamas, y en ocasiones, con ambas clases de rayos a la vez, rectilíneos y ondulados, semejantes a las representaciones del sol. Esta asimilación del sol y el corazón es común a todas las doctrinas tradicionales, ya que uno y otro tienen igualmente un significado “central”. Plutarco, al referirse al sol explica que, “dotado de la fuerza de un corazón, dispersa y difunde de sí mismo el calor y la luz, como si fueran la sangre y el hálito”(10).



Las llamas -los rayos ondulados- que surgen del corazón, refieren al calor, entendido como fuente de vida, lo que refuerza el carácter central y vital del órgano; mientras que la sangre, es evidentemente el vehículo de ese “calor vivificante”, propio de la vida orgánica, concepto presente tanto en las doctrinas orientales como en Aristóteles. La luz -los rayos rectilíneos- corresponden al hálito, símbolo del espíritu “esencialmente idéntico a la inteligencia” trascendente.



René Guénon hace notar que las figuraciones más antiguas del Sagrado Corazón pertenecen todas al tipo del corazón irradiante, “pues datan en su mayoría de épocas en que la inteligencia estaba aún referida tradicionalmente al corazón, mientras que las representaciones del corazón en llamas se difundieron sobre todo con las ideas modernas”(11) , a partir del siglo XVII. El corazón en llamas se volvió a lo largo del siglo XVIII, representación del amor, no solamente en sentido religioso sino también en sentido puramente humano; lo que desde el punto de vista tradicional, se entiende como una desviación, producto del racionalismo moderno, que confunde la inteligencia con la razón:



“…Al desconocerse la intuición intelectual -que reside en el corazón- y al usurpar la razón -que reside en el cerebro- el papel “iluminador” de aquélla, no quedaba al corazón sino la posibilidad única de ser considerado como la sede de la afectividad; por otra parte, el mundo moderno debía también ver surgir, como una suerte de contrapartida del racionalismo, lo que puede llamarse el sentimentalismo, es decir, la tendencia a ver el sentimiento como lo más profundo y elevado que hay en el ser, y a afirmar su supremacía sobre la inteligencia…” (12)



Sin duda, vida y afectividad están estrechamente relacionadas y se representan bajo el mismo aspecto de calor; por ejemplo: para referirnos a una persona afectuosa, decimos que es “cálida”. En contrapartida, hablamos de “la luz de la razón”, que podríamos definir como “una luz refleja, fría como la luz lunar que la simboliza”; en oposición a la luz y el calor del sol/corazón.



Esto ocurre al transponer analógicamente términos que refieren al mundo de la afectividad a un orden de otra índole, el plano espiritual o trascendente, “… pues todas las cosas tienen efectivamente, además de su sentido inmediato y literal, un valor de símbolos con respecto a realidades más profundas; y es manifiestamente así, en particular, cada vez que se habla de amor en las doctrinas tradicionales”(13). Un claro ejemplo de ello, es el lenguaje afectivo usado como expresión simbólica, tanto en el dominio religioso como en el esotérico o iniciático, entre los místicos cristianos durante la Edad Media, en especial en las tradiciones propias de las órdenes de caballería y en las distintas escuelas esotéricas del Islam.



IV

En el Antiguo Egipto, el corazón (ib, pronunciado probablemente yeb) era la sede de la conciencia humana, además de contener las ideas, sentimientos, emociones y recuerdos que conforman la manera de ser de la persona. En su sistema de escritura constituido por jeroglíficos -en los que la imagen de la cosa representa la palabra que la designa- el corazón era figurado por una vasija, representación que sin duda nos remite al corazón humano, porque - como dice poéticamente Charboneau-Lassay - “el corazón del hombre es la vasija en la que su vida se elabora continuamente con su sangre”.



Esta asimilación del corazón con el vaso, vasija o copa también la encontramos en la simbología cristiana, lo que por otra parte no debería asombrarnos, ya que son manifiestos los vínculos entre la tradición egipcia y el cristianismo.



Dentro del simbolismo del corazón, la leyenda del Santo Grial es un claro ejemplo de transmisión y preservación de elementos tradicionales, y ha sido considerada por los especialistas, constitutiva de la “prehistoria del Corazón Eucarístico de Jesús”: el grial es la copa que contiene la sangre y el cuerpo de Cristo, el receptáculo que preserva la esencia y la sustancia de Emmanuel, el “Dios entre nosotros”, en palabras de Ángel Almazán.



La leyenda del grial se trata una reelaboración cristiana de antiguas tradiciones celtas de índole esotérica, que solían transmitirse oralmente. De este modo, los elementos simbólicos pre-cristianos contenidos en ella, por adaptación o asimilación, pasaron a formar parte integrante del esoterismo cristiano a partir del siglo XII, cuando la leyenda fue puesta por escrito.



Su autor, Chretien de Troyes, es un trovador francés precursor del romance medieval, que habiendo sido convocado por Felipe de Flandes por ser el mejor escritor para contar una historia alegórica, recreó el lejano reino de Artús (Arturo) en su obra titulada “El libro de Perceval o el cuento del grial”.



En el siguiente fragmento, se narra la visión del grial que tiene Perceval, el joven caballero galés, protagonista de la leyenda, en el castillo del Rey Pescador:



“…Había allí dentro una iluminación tan fuerte como la que dan las candelas de un albergue, y mientras hablaban de unas y otras cosas, salió un paje de una cámara trayendo empuñada por el centro una blanca lanza, y pasó entre el fuego y los que estaban sentados en el lecho.



Todos los que estaban allí veían la lanza blanca y el blanco hierro, de cuyo extremo manaba una gota de sangre bermeja. Hasta la mano del paje rodaba aquella gota de sangre bermeja. El muchacho recién llegado aquella noche ve este prodigio, pero se abstiene de preguntar cómo puede suceder tal cosa, porque recordaba la advertencia que le había hecho el caballero que le enseñó y aleccionó a cuidarse de mucho hablar. Cree que si lo pregunta le considerarán necio, y por eso no inquirió nada.



Entonces vinieron otros dos pajes llevando en sus manos candelabros de oro fino, trabajado con nieles (14). Los pajes que llevaban los candelabros eran muy hermosos.

En cada candelabro ardían diez candelas por lo menos. Una doncella, hermosa, gentil y bien ataviada, que venía con los pajes, sostenía entre sus dos manos un grial. Cuando hubo entrado con el grial que llevaba, surgió tal resplandor que al instante perdieron su claridad las candelas, así como les ocurre a las estrellas cuando se levanta el sol o la luna.



Detrás de ésta vino una que llevaba una bandeja de plata. El grial, que iba delante, era de fino oro puro, y tenía piedras preciosas de muchas clases, de las más ricas y caras que se hallan en la tierra y el mar. Las del grial superaban sin duda alguna a todas las demás piedras. Del mismo modo que había pasado la lanza, por delante del lecho, pasaron y desde una cámara, entraron en otra.



Y el muchacho los vio pasar, y no osó preguntar a quién se servía con el grial, pues siempre tenía en el corazón las palabras del sabio prohombre. Temo yo que esto le perjudique, porque he oído decir que tanto puede uno excederse hablando como callando...”(15)



Como vemos en este pasaje, se describe el grial como un objeto de gran valor, pero no se aclara qué objeto es ni tampoco para quién está destinado. Lo que sí se enfatiza es su condición de inigualable, pues nada lo supera en brillo y riqueza, además de que su visión le causa al joven, un anonadamiento ante el misterio que implica, de manera similar a la que se experimenta ante lo sagrado. Este anonadamiento, en palabras de Rudolf Otto, “… es el reflejo subjetivo de la aprehensión de lo numinoso en cuanto tal” (16)  por eso, cuando Perceval vuelve a verlo:

“… se calla más de lo que le conviene, pues a cada plato que se les servía, ve pasar una vez más delante de él, el grial completamente descubierto, y no sabe quién se sirve con él, aunque deseaba saberlo…”(17)



Según la leyenda, el Santo Grial fue tallado por los ángeles en una esmeralda sacada de la frente de Lucifer, después de su caída. Recordemos que en la iconografía hindú es también una gema la que ocupa ese lugar frontal: Shiva tiene una perla que representa el tercer ojo, símbolo del sentido de la eternidad.



El Grial fue confiado a Adán mientras estaba en el Paraíso Terrenal, pero al ser expulsado, no pudo llevarlo consigo y de este modo lo perdió. Dicho en otras palabras, el hombre desplazado de su centro original, perdió el sentido de la eternidad. Al respecto, René Guénon explica que “…la posesión del “sentido de eternidad” está vinculada a lo que las tradiciones denominan el “estado primordial”, cuya restauración constituye el primer estadio de la verdadera iniciación…”(18) condición previa para la conquista de los estados superiores del ser. En este sentido, el Paraíso Terrenal era efectivamente el Centro del Mundo asimilado al corazón de Dios y por ello, el hombre vivía en el corazón de Dios.



Posteriormente, Set –hijo de Adán- pudo volver a entrar en el Paraíso y recobrar el grial, sin embargo la leyenda no dice cómo fue conservado hasta la época de Cristo.

En la Última Cena, la copa sirvió para contener el vino/la sangre que Cristo da beber a sus apóstoles, aunque también en otro relato, se explica que el grial es la bandeja en que Jesús y sus discípulos recibieron la carne del cordero pascual en la Última Cena. (19)



Por último, el grial fue la misma copa donde José de Arimatea recogió la sangre y el agua que fluían de la herida abierta por la lanza del centurión Longinos, al costado del cuerpo de Cristo, tras su crucifixión; episodio que se narra únicamente en el Evangelio de San Juan (19:33-34) y en los evangelios apócrifos. Nuevamente estos dos elementos aparecen dispuestos juntos: Perceval vio al paje llevar la blanca lanza que gotea sangre y a continuación la doncella, que transportaba el grial. (20)



Tanto Evola como Guénon hacen notar el complementarismo en la dualidad lanza-copa, ya presente en tradiciones antiguas. La lanza refiere al aspecto viril, ígneo, solar; por lo que está asociada al cetro del rey y cuando se la coloca verticalmente es equivalente al símbolo del rayo, representación del Eje del Mundo. Es símbolo del principio masculino de la manifestación universal, de allí su asociación con la “paternidad divina”; tal el caso de Zeus/ Júpiter, cuyo principal atributo es el rayo. La copa corresponde al aspecto femenino de la manifestación, la sustancia universal, Prakriti en la doctrina hindú.



Es el recipiente que contiene y uno de sus símbolos equivalentes es el de la flor -la rosa o el lirio en Occidente, el loto en Oriente-15; de hecho, la expresión el “cáliz de la flor” tiene un uso corriente y bastante ilustrativo. María, en tanto madre de Cristo, es también el “vaso insigne de devoción”, como se expresa en las letanías de los primeros siglos de la Cristiandad.



Desde las culturas matriarcales del Neolítico, la copa es “el vaso de la abundancia” que contiene el elixir de la curación y de la inmortalidad, del mismo modo que el seno materno nos alimenta y consuela. Al igual que el corazón, la copa tiene como esquema geométrico el triángulo, cuya punta está dirigida hacia abajo, tal como se encuentra, en particular, en algunos yantras de la India, simbolizando el movimiento descendente y la energía femenina.(21)



Chrétien de Troyes murió sin poder terminar su obra, de tal forma que la trama inconclusa sirvió como punto de partida para numerosas versiones posteriores de la leyenda. En ellas, se retoma la historia central con variaciones: el grial es la piedra caída del cielo o “piedra de la luz”, un libro -propiamente el «Libro de Vida» o el prototipo celeste de todas las Escrituras sagradas-; es alimento físico y espiritual, tiene propiedades curativas o regeneradoras y a la vez, destructivas, repite el milagro de la multiplicación de los panes, da poder y sólo acceden a él, aquellos que son dignos y no están manchados por la culpa. El eje temático en todos los relatos es la búsqueda del objeto mágico, rico o sagrado, según se lo describe en las distintas versiones que, con frecuencia, aportan explicaciones discrepantes entre sí.



La etimología del término grial es discutible al igual que el objeto que la palabra designa: vaso, copón, escudilla, piedra tallada o libro. De todos modos, independientemente del objeto que sea, se trata de un soporte material de lo sagrado, a la manera de un talismán en su sentido etimológico de “‘objeto consagrado” (22) , y cuyo contenido está penetrado por la Divinidad y por lo tanto, transmutado.



El grial contiene el alimento o la bebida de la inmortalidad, con todos los significados que están implicados, “…incluso aquel que lo asimila al conocimiento tradicional mismo, en cuanto éste es el «pan bajado del cielo», conforme a la afirmación evangélica según la cual «no sólo de pan -terreno- vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios, (…) y que, bajo cualquier forma exterior con que se revista, es siempre y en definitiva una expresión o una manifestación del Verbo divino…” (23)





V

Dijimos que simbólicamente el corazón es la representación del centro vital del ser, pero aún hay un aspecto más para considerar: en particular, el ventrículo menor del corazón, que por su pequeñez nos remite a la idea de “germen en el corazón”, es el punto más interior y oculto, donde habita la Presencia Divina, germen y principio de todos los seres, y cuya residencia terrena, según la Cábala hebrea, estuvo simbolizada por el Tabernáculo (24) , construido por los israelitas durante el éxodo de Egipto y que en hebreo –mishkán- significa literalmente “morada”.



En la doctrina hindú, el corazón -centro de todo ser y de todo estado de existencia- es donde reside un reflejo del Principio Supremo. “… El Principio es según la expresión hindú, el ordenador interno (Purusha), pues dirige todas las cosas desde el interior (…) residiendo él mismo en el punto más íntimo (…) que es el Centro…” y al que se designa Brahma-Pura: Ciudad Divina. Por su sola presencia, “esclarece todo por irradiación”, llena esta Ciudad Divina, pues sin ella sería como un campo vacío, “pura potencialidad desprovista de toda existencia actualizada”. (25)



Los maestros del esoterismo islámico designan el corazón como la casa de Dios, su trono y su templo en el hombre. La parte central y más profunda del corazón es su esencia espiritual; por eso es que el dhikr -el recuerdo de Dios- suele acompañarse de una visualización de ese punto central del corazón. El mismo Alláh dice en un haddit: "El cielo y la tierra no me contienen, pero estoy contenido en el corazón de mi servidor". (26)



En “Un tratado sobre el corazón”, Al-Hakim Al-Tirmidhi (27), un sabio musulmán del siglo IX, explica que la palabra “corazón (qalb) es un término abarcativo e incluye necesariamente en su significado todas las estaciones interiores (maqamat al-batin), pues en el interior del hombre hay lugares que están fuera del corazón y otros que están adentro”. Con intención didáctica, desarrolla los conceptos fundamentales de la espiritualidad islámica, a través de una serie de comparaciones: el corazón es similar a una casa solariega, a una almendra, al ojo, a la lámpara o candil y a la palabra haram (lo sagrado). Para no extenderme demasiado, solamente citaré una de ellas, que ilustra perfectamente los conceptos que vengo exponiendo:



“…La palabra “lámpara” (qindil) es un término que incluye el vidrio de la lámpara y las otras partes de la lámpara (…) la posición de la mecha está dentro de la posición del agua. Además, es la mecha que contiene la luz, y en la posición de la mecha hay aceite. (…) De esta manera la sanidad de la mecha depende de la sanidad de todas estas cosas, y si una de ellas se pierde, las demás se vuelven defectuosas (…) El Mensajero de Dios (…) señaló que la sanidad de los órganos del cuerpo depende de la sanidad del corazón y que su corrupción resulta de la corrupción del corazón...” (28) En consecuencia, el corazón es como una mecha y la sanidad de la mecha está determinada por su luz.



El tópico del corazón como morada - no sólo en su acepción de lugar de residencia sino también con el significado interior de “estación permanente del alma” - tiene una larga tradición en los autores del esoterismo islámico, línea en la que se inscribe la mística española Santa Teresa de Jesús, quien en el siglo XVI, “lo cristianiza en sus “Moradas”, para asombro de la erudición occidental”, como explica Luce López Baralt.(29)



Como reformadora de la orden y fundadora del primer convento de las Carmelitas Descalzas, y con la intención de instruir a sus monjas sobre el camino espiritual que habían de recorrer, Teresa escribió el Libro del Castillo Interior, donde semejaba el alma a “un castillo todo de diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, ansí como en el cielo muchas moradas.” (30) Siete castillos concéntricos recubren el alma interior, que la santa siente hecha de luz increada y donde su alma se une a Dios; el mismo esquema simbólico se encuentra presente siete siglos antes, en la obra del autor iraquí, Abû-l-Hasan al Nûri de Bagdad (siglo IX), en su obra titulada justamente “Moradas de los corazones”:

“…Has de saber que Dios -enaltecido sea- ha creado en el corazón del creyente siete castillos con cercos y muros alrededor. Ordenó al creyente que se mantuviera dentro de estos castillos, mientras permitió que Satanás permaneciera fuera, desde donde llama y le ladra como el perro.



El primer castillo cercado es de corindón y es el conocimiento místico de Dios -enaltecido sea-; y a su alrededor hay un castillo de oro que es la fe en Dios -enaltecido sea-, y a su alrededor hay un castillo de plata, que es la pureza de intención en los dichos y en la acción; y a su alrededor hay un castillo de hierro, que es la conformidad con el divino beneplácito; y a su alrededor hay un castillo de bronce, que es la ejecución de las prescripciones de Dios -enaltecido sea-; y a su alrededor hay un castillo de alumbre, que es el cumplimiento de los mandamientos de Dios positivos y negativos; y a su alrededor hay un castillo de barro cocido, que es la educación del alma sensitiva (nafs) en toda acción...” (31)



Otros autores medievales repiten el mismo símbolo: a veces las moradas del corazón son castillos; otras, palacios; pero en todos los casos siempre se trata del mismo esquema concéntrico en donde las capas exteriores recubren la parte más profunda y oculta, la luz, y la protegen de las influencias exteriores. Cada uno de los elementos funciona a modo de “escudo”; son todos distintos, sin embargo cada uno se asemeja a los otros, “pues son entidades similares que trabajan juntas y se acercan en el significado”. (32)



En el esquema concéntrico del corazón, el pecho es el exterior, lugar de entrada de las aflicciones, las pasiones, los deseos, las necesidades y los pensamientos que distraen. Le sigue el corazón propiamente dicho - la residencia de la. fe-; luego, se halla el corazón interior -sede de la gnosis, el conocimiento positivo de Dios a través de Sus atributos y de Sus nombres-; y por último, el corazón recóndito o intelecto –en el sentido de captación interior- que es el asiento de la Unidad de Dios. En palabras de Al Nuri: “…Gracias al gobierno de su alma, el fiel obtiene la aceptación de Dios. Y cuando guarda su corazón, obtiene la verificación experiencial de la Verdad; y a través del ejercicio espiritual o pacificación del alma obtiene la ayuda de Dios; y gracias a la fidelidad llega a Dios mismo -alabado y enaltecido sea…” (33)



El camino espiritual requiere por parte del que lo emprende, un recorrido del exterior hacia el interior del corazón, que comienza con el gobierno del alma -el dominio del ego-, luego es necesario guardar el corazón -es decir, cuidarlo, protegerlo de las influencias exteriores, aunque también puede entenderse como “ponerlo en el lugar que le es propio”, en este caso, el centro- y por último, observar fidelidad para poder acceder a Dios.



Así como los maestros del sufismo, la Iglesia Cristiana de Oriente y la Ortodoxa Rusa poseen un ejercicio espiritual heredado de la Edad Media bizantina y que se remonta a las prácticas de los Padres del desierto, durante los primeros siglos de la Cristiandad: la Oración de Jesús, también llamada, la Oración del Corazón. Esta oración consiste en la invocación incesante del Nombre de Jesús, tal como les fue enseñada por los apóstoles. En ella, la respiración cumple un papel fundamental, puesto que la oración se adecua a la respiración, función esencial para la vida del organismo, ligada a la circulación de la sangre y al ritmo del corazón. Es en este ejercicio que el espíritu encuentra reposo; de allí la denominación de esta corriente espiritual, Hesicasmo, nombre derivado del griego Hesychia, que significa calma o reposo.



Mediante la oración, “… el espíritu se libera de la agitación del mundo exterior, abandona la multiplicidad y la dispersión (…), se interioriza y se unifica al mismo tiempo que ora con el cuerpo y se encarna. En la profundidad del corazón, el espíritu y el cuerpo reencuentran su unidad original…” (34) En otras palabras, la Oración de Jesús consiste en el descenso del Espíritu -la luz o Gloria de Dios- en lo profundo del corazón.



VI

En síntesis:

-Las distintas religiones, además de sus particulares formas de representación del mundo e independientemente de sus propias prácticas devocionales y códigos morales, en apariencia, divergentes e irreconciliables, poseen un núcleo común que concierne a las verdades inmutables y eternas, denominado Tradición Primordial. 

-Los símbolos -gráficos, sonoros, gestuales, figurados o visuales; al igual que los ritos, los mitos y las alegorías- constituyen un lenguaje común para comunicar las realidades de índole metafísica que no pueden ser captadas en su real dimensión, por los sentidos ni por la razón.
-El corazón carnal es el símbolo que plasma en el orden sensible- tanto en el cuerpo como en el cosmos- la Realidad espiritual, esencia del ser humano; mientras que sus símbolos equivalentes -el sol, la copa, la ciudad, la lámpara, la flor- refieren a distintos atributos de la misma idea.
-En la medida en que el hombre contemporáneo sea consciente de su dimensión espiritual y le restituya la función central que le es inherente por sobre la razón y el sentimiento, encontrará su propio centro; es decir; estará “centrado”, verdaderamente “en su eje”, y por consiguiente estará en condiciones de emprender un camino de realización espiritual y restaurar el real sentido del destino humano.



Coda:

Hasta aquí he expuesto algunas cuestiones fundamentales respecto del simbolismo del corazón. Para concluir, sólo me resta decirles que espero haberles dejado, más que respuestas, inquietudes e interrogantes que los lleven indagar y profundizar sobre el tema. A modo de coda, me despido con un poema de Ibn Arabi (35), que expresa maravillosamente mi forma de entender el corazón y resume lo expuesto con belleza, sabiduría y sencillez:



Mi corazón abarca todas las formas,

contiene un prado para las gacelas

y un monasterio para los monjes cristianos.



Hay un templo para los idólatras

y un santuario para los peregrinos;

en él está la tabla de la Torá

y el Libro del Corán.



Yo sigo la religión del Amor

y voy por cualquier camino

por donde me lleve Su camello.



Ésta es la verdadera fe;

ésta es la verdadera religión.

¿Creéis que sé lo que hago,

que por un segundo, o incluso medio segundo,

sé qué versos saldrán de mi boca?



No soy más que una pluma en manos de un escritor,

¡no más que una pelota lanzada por un mazo de polo!






Notas


1.- Moore, K.L.; A.F. Dalley. Anatomie médicale. Aspects fondamentaux et applications cliniques. (2eme edición). Bruxelles: De Boeck & Larcier S.A. (trad. française).

2.- Por ejemplo: el corazón de la manzana, dedo-corazón, una espina clavada en el corazón, (tener) el corazón en la boca, (tener) el corazón de hielo/ el corazón duro, el corazón hecho pedazos, no tener corazón, etc.

3.- Acordar(se), concordia, discordante, acorde, discordante, coraje, cordial, cuerdo, cordura, cordal, recordar, recordatorio, recuerdo, etc.

4.- cardiología, cardiopatía, pericardio, miocardio, miocarditis, ecocardiograma, etc.

5.- Baeza H. El mito del corazón. Rev. Esp. Cardiol 2001; 54:368-72.

6.-Castelli, Eugenio. El texto literario, Castañeda, 1978, Buenos Aires.

7.- Jung, Carl. El hombre y sus símbolos. Aguilar, Madrid, 1966.

8.-Guénon, René. Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Buenos Aires, EUDEBA, 1988.

9.-Ibidem.

10.-Ibidem

11.-Ibidem

12.-Guénon, René. El Graal y la búsqueda iniciática, Revista "Cielo y Tierra", Barcelona, 1985.

13.- Ibidem

14.-niel: m. Labor en hueco sobre metales preciosos, rellena con esmalte negro. Diccionario Enciclopédico Vox 1. 2009 Larousse, 2009.

15.- de Troyes, Chretien. Perceval o el cuento del grial

16.- Rudolf Otto Das Heilige (1917)

17.-de Troyes, Chretien. Op.cit.

18.-Guénon, René. Op.cit.

19.-García Gual, Carlos. Historia del rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la Tabla Redonda, Madrid, Alianza, 1989.

20.- No es un hombre el que lleva la copa, sino una mujer, algo propio de los rituales celtas y ajeno al cristianismo, en el que el portador del cáliz es un sacerdote y no una sacerdotisa.

21.-Los yantras, definidos como “diagramas místicos”, son representaciones geométricas de los niveles y las energías del cosmos y del cuerpo humano, que se construyen mentalmente y se visualizan durante la meditación. El más famoso de todos es el Sri Yantra que se compone de nueve triángulos yuxtapuestos y colocados de forma que dan origen a 43 pequeños triángulos. Cuatro de los nueve primeros triángulos están orientados hacia arriba y representan simbólicamente la energía cósmica masculina Shiva; los otros cinco triángulos se orientan hacia abajo y representan la fuerza femenina Shakti. Estos triángulos están rodeados de un loto de ocho pétalos que simboliza a Vishnú. Envolviéndolo, un loto de dieciséis pétalos, representa el poder del yogui sobre la mente y los sentidos. Encerrando este loto se encuentran cuatro líneas concéntricas que se conectan simbólicamente con los dos lotos. La triple línea que lo rodea designa la analogía entre el universo entero y el cuerpo humano. (Wikipedia)

22.-Del griego télesma, objeto dedicado a una divinidad.

23.- Guenón, René. Op cit.

24.- Se dice que “…la Shekiná lleva este nombre porque habita (shaján) a la vez en el Tabernáculo (…) y en el corazón de los fieles….” (Guénon, René.) El Tabernáculo es el santuario móvil construido como lugar de adoración a Yaveh y en el que se resguardaban las Tablas de la Ley de Dios, la vara de Aarón y un pan de maná dentro del Arca de la Alianza (Éxodo25:8), función que cumplió hasta que fue construido el Templo de Jerusalén por el rey Salomón.

25.- Guénon, René. Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Buenos Aires, EUDEBA, 1988.

26.-Almazán, Ángel, El mandala templario del Río Lobos.

27.- Al-Hakim al-Tirmidhi (siglo IX) es el autor del “Libro de la profundidad de las cosas”, el tratado islámico más antiguo que documenta el esquema concéntrico de los castillos para simbolizar al corazón.

28.- Al-Tirmidhi, Al Hakim. Un tratado sobre el corazó.n

29.- López Baralt, Luce. El símbolo de los siete castillos concéntricos en santa Teresa y en el Islam, Huellas del Islam en la Literatura Española, Hiperión, Madrid, 1985/1989.

30.- de Jesús, Santa Teresa. Las Moradas del Castillo Interior.

31.- Al-Nuri, Abû-l-Hasan. Moradas de los corazones, Madrid, Trota, 1999.

32.-Al-Tirmidhi, Al Hakim. Op. cit.

33.- Al-Nuri, Abû-l-Hasan. Op.cit.

34.- Serr, J. La prieur du Coeur, Abbeye de Bellefontaine, Begrolles, 1977.


35.- Ibn Al Arabî: 1165-1240, místico, filósofo, poeta, viajero y sabio musulmán andalusí.