19/11/11

Pensando en Palestina (¿y dos posibles soluciones?)

 Un tema debatido entre los palestinos es el de la solución de dos estados (Israel y Palestina) vs. la solución de un único estado.Michael Neumann defiende de forma vehemente la solución de “dos estados”.Luego, un artículo de Jonathan Cook, en el que responde a Neumann, defendiendo la solución de “un estado”.


Por Michael Neumann

Publicado originalmente en: After Palestine’s Statehood Bid, Counterpunch, 7/11/2011



Colonos judíos armados, protegidos por el ejército de Israel, en tierra palestina ocupada.




Es curioso que el conflicto israelo-palestino siempre invite a hablar sobre las soluciones más que sobre las resoluciones, como si un rompecabezas moral se cerniera sobre el futuro de los palestinos e Israel.

Tal vez esto se deba a que no ha surgido ningún estado en medio de tales paroxismos de moralidad.

Los tiempos cambian y la moralización sobre Israel se ha quedado obsoleta. Las agonías del genocidio y la desposesión que iniciaron el conflicto han empezado a perder su influencia sobre el curso de los acontecimientos. Incluso los debates posteriores a 1967 sobre la ocupación se han calmado, nos guste admitirlo o no. La injusticia de la ocupación, la crueldad agresiva de los asentamientos, la falta de interés de Israel en la paz, todo esto es dado por sentado en los principales medios de comunicación. La aparición de Abas en la ONU simplemente ha puesto de relieve que Israel se está quedando sin amigos, por no hablar de su credibilidad.

En cuanto al gobierno de EEUU, hay otros hechos que deben ser considerados: que el poder ejecutivo ha estado en contra de la ocupación y de los asentamientos desde el principio, y que el Congreso norteamericano, la misma patria de la histeria sionista, está haciendo el ridículo, a pesar de todo el daño que está causando. Es posible que esta histeria disminuya algo mientras la primavera árabe y el afianzamiento de los musulmanes y gentes procedentes de Oriente Medio en la sociedad norteamericana altera los estereotipos negativos de los “árabes”. Por lo que afecta a Canadá, cuanto más imita al Congreso de EEUU por lo que se refiere a Israel, más ridícula aparecerá en la escena internacional.

Algo más ha cambiado hace algunos años. Israel puede querer el apoyo de EEUU, pero, en tanto en cuanto es una de las potencias militares más fuertes del mundo, ya no lo necesita. Tiene un gran y sofisticado arsenal de armas nucleares y sistemas de lanzamiento. Con suerte, podría destruir EEUU, no importa lo diminutos que sean los territorios ocupados. Ha demostrado ser cruel y sus estrategas contemplan, aparentemente, la represalia nuclear ante la derrota de sus fuerzas convencionalmente equipadas. Está histéricamente dispuesto a defenderse de las “amenazas a su existencia”, es decir, los intentos de negarle todo aquello que desea. Su industria armamentística es tan avanzada que muchos proyectos de vanguardia de EEUU (aviones teledirigidos, sistemas de misiles y anti-misiles, software de vigilancia) son desarrollados conjuntamente con Israel [1]. Enfrentado a sanciones económicas, podría montar fácilmente un negocio de venta de tierras que vendiera armas a todos los interesados. El mundo occidental puede soñar y los pro-palestinos pueden fantasear sobre la imposición de una solución a Israel, pero eso no sucederá.

La política interna de Israel no es más prometedora que las circunstancias externas. Israel se ha ido desplazando cada vez más hacia la derecha con el curso de los años. La oposición es evanescente, salvo cuando pide mejores condiciones de vida para los judíos israelíes. Su población árabe, a pesar de la discriminación que sufre, no está en absoluto dispuesta a desafiar el orden existente, o es incapaz de hacerlo. Todos los desesperados intentos, con importantes concesiones, llevados a cabo por los palestinos para cambiar estas relaciones de poder han fracasado, hasta el punto de que incluso Hamas hace grandes esfuerzos para contener a quienes quieren enfrentarse a Israel con la fuerza. En pocas palabras, Israel tiene todo el poder; los palestinos no tienen ninguno.

La falta de “mano dura” con Israel es solo, en un sentido muy amplio, una cuestión de voluntad política: el deseo de imponer la paz está allí, pero también el peligro de que Israel responda de forma catastrófica para la región y más allá. Es este peligro no mentado el que disuade de cualquier acción a las “grandes potencias” tradicionales. En última instancia, no tiene ningún sentido hablar de “soluciones”, como si el mundo real se retorciera milagrosamente para resolver un rompecabezas moral. No existe ningún rompecabezas. La moral es clara. Y si alguien quiere ayudar a los palestinos, haría bien en admitir que Israel solo cederá cuando las relaciones de poder cambien. De una forma u otra, las potencias regionales supondrán una amenaza real o percibida para Israel o nada cambiará. Esto no significa que la moralidad haya sido superada; evidentemente, lo bueno y lo malo siguen siendo lo que eran. Pero las exhortaciones sin sentido, interminables y obsesivas que pasan por ser morales ya no tienen ningún efecto sobre los acontecimientos, o ningún potencial para realizar objetivos auténticamente morales.

Sin embargo, los amigos tradicionales de los palestinos no están dispuestos a afrontar estos duros hechos. Encontrándose impotentes, buscan refugio en el confortable mundo de los ideales. Aquí también han cambiado las cosas. La comprensión de que las negociaciones no llevarán a ningún puerto ha hecho que algunos comentaristas y activistas postulen un milagroso rodeo para burlar el poder y la intransigencia de Israel. Rechazan la “solución de dos estados”, una mera resolución que daría a los palestinos menos de lo que merecen, pero un lugar, al menos, para vivir. La denominada “solución de un estado”, que una vez fue un punto de vista marginal, está volviéndose hegemónica. Va en contra de la apuesta por un estado palestino, que, según dicen, concedería demasiado a Israel. Entre sus partidarios hay varios académicos palestinos exiliados y un gran abanico de personas de bien, todos los cuales han conseguido una gran audiencia en un clima de opinión cambiante.

Por esa misma razón, es hora de dejar de ser cortés con esta posición, pues puede ser perjudicial para el futuro de Palestina. El desacuerdo respetuoso no parece ser suficiente para remover las ilusiones de estas personas.

Resulta difícil comprender qué visión concreta de la irrealidad está detrás de esta “propuesta” o de su fiel compañera, la idea de que los líderes de la OLP, desde Arafat a Abas, debían ser “más duros”. Más duros, es decir, como los profesores universitarios y otros guerreros de palabra que permanecen detrás de sus remotas y cómodas barricadas. Hay muchas formas —nueve al menos— en que la “dura” solución de un estado es flagrantemente insensata. Las presentaré como una guía de las ilusiones que oscurecen la resolución del conflicto israelo-palestino.

La primera es la confusión de los deseos con las plataformas políticas. Deseo que todo el mundo viva en armonía. Esto es un deseo. No es una demanda política, porque no va a suceder (véase más adelante). Desear intensamente más que lo que los palestinos pueden conseguir no es ser más radical que demandar solo un poco más que lo que pueden conseguir. Así mismo, no sería “más duro” o más radical estar en favor de una revolución mundial en medio de los levantamientos árabes. Eso no sería una postura radical; ni siquiera sería una postura política. Sería, simplemente, un deseo desacertado de una demanda política, un repliegue en el infantilismo.

En segundo lugar, es extraño suponer que, puesto que alguien no va a conceder la mitad de algo, probablemente lo concederá todo. Al menos, algunos israelíes apoyan la solución de dos estados; otros la rechazan. Pero nadie dice: “llevamos en el corazón el Gran Israel, no renunciaremos a una pulgada del mismo, pero lo cederemos todo si podemos abandonar el ideal del estado judío. Vemos el futuro con la perspectiva de ser devorados por el crecimiento demográfico árabe y convertirnos en una minoría en el país que hemos construido”. No hay nada que compartir. En un único estado, un lado o el otro prevalecerá. En un estado democrático, los “árabes” prevalecerían y serían soberanos sobre los judíos israelíes. Hay que estar realmente ciego para suponer que los sionistas, que no compartieron el país en 1948, lo van a hacer hoy, cuando son mucho más fuertes y no menos fanáticos que lo que fueron entonces.

En tercer lugar, las demandas infantilmente exageradas no son una astuta táctica negociadora. Si gano 50.000 dólares, podría pedir 70.000, pero no 70 millones. No es inteligente pedir todo Israel cuando Israel no va a ceder ni siquiera la mitad, eso que casi todo el mundo dice que debe entregar, los territorios ocupados.

En cuarto lugar, la solución de dos estados no es una mala solución por el hecho de que no dé a los palestinos una auténtica soberanía, o porque dará lugar a unos bantustanes, una Palestina troceada en islas miserables por hileras de asentamientos. Eso no es una crítica, es un juego de palabras. La solución de dos estados consiste en dos estados soberanos, en caso contrario sería la solución de un-estado-que-no-es-un-estado. Ningún defensor de la solución de dos estados ha mostrado ninguna disposición a aceptar bantustanes. Los “colaboracionistas” de la OLP y la Autoridad Palestina han rechazado consistentemente esas propuestas [2]. Los intentos de presentar la solución de dos estados como una “solución” de bantustanes es un ejemplo especialmente indecoroso de mala fe.

En quinto lugar, una buena prueba para la solución de un estado no es Sudáfrica. En Sudáfrica, los negros y no-blancos superaban abrumadoramente en número a los blancos, la tierra y los recursos eran abundantes, y el gobierno era incapaz de controlar la violencia urbana y la emergencia de una amenaza, con apoyo cubano, en sus fronteras. Aún más importante, el régimen boer era una mera excrecencia colonial de las sumamente poderosas naciones blancas de Europa y América del Norte. Sudáfrica no fue el único territorio soberano de una raza decidida a defenderlo como su nación, única y exclusiva, contra todos aquellos que lo amenazaban. Un ejemplo más adecuado es el Líbano. En el Líbano, aunque no contemos a aquellos masacrados con la colaboración israelí en Sabra y Chatila, o a aquellos matados por las bombas israelíes, han muerto muchos más palestinos que en los territorios ocupados por Israel. Esto debería ser un antídoto para la nociva teoría según la cual, si dos pueblos están encerrados en un conflicto mortífero, es una gran idea meterlos en un único estado.

En sexto lugar, el derecho al retorno no es, como afirman los partidarios de un único estado, excluido en la solución de dos estados: tiene que ver con Israel en sus fronteras anteriores a 1967. El hecho de que exista un estado palestino en los territorios ocupados no implica, en ningún caso, que los palestinos desposeídos —los palestinos individuales— pierdan sus derechos. Pensar lo contrario es caer en la trampa israelí que consiste en referirse a los palestinos, siempre que resulte conveniente, como una entidad colectiva. Los palestinos, como colectivo, pueden tener un estado, algún tipo de representación política. Pero adquirir una representación política colectiva en un estado no tiene nada que ver con defender los derechos individuales de propiedad en otro estado.

En séptimo lugar, existe una confusión sobre la relación de los derechos con las “soluciones” políticas. Ni los palestinos como pueblo ni nadie tiene un derecho legal a Palestina, porque el derecho internacional —careciendo de un órgano soberano para imponerlo— no es más que una bonita ficción. En mi opinión, “los palestinos”, como pueblo, tienen un derecho moral a toda Palestina y a expulsar a todos los judíos que están allí por mor del proyecto sionista. Ningún acuerdo que simplemente declare un estado en los territorios ocupados puede cambiar este derecho moral, porque tener ese estado no equivale a una compensación por las pérdidas que han sufrido los palestinos. Quizá algunos miles de millones de dólares resolvieran esa cuestión, pero no la mera creación de un estado. Por lo tanto, la solución de dos estados no puede ser vista como un sustituto de la moralidad o la justicia. Resuelve un conflicto. No resuelve un problema moral.

En octavo lugar, una solución de dos estados no significa que se abandonen todos los derechos palestinos, pues aunque se constituya un estado palestino, aquellos que lo formen no pueden atribuirse la representación de los palestinos. La razón es sencilla: solo tienes un gobierno representativo después de tener un estado, no antes. Por consiguiente, siempre habrá razones para repudiar cualquier arreglo que los fundadores del estado hayan firmado. Inevitablemente, habrá intentos para refutar este razonamiento, pero no importa. O bien los palestinos consiguen, en la práctica, el poder real para determinar sus propios compromisos, o no lo consiguen. Lo que la gente diga sobre esos compromisos no inclinará la balanza de un lado u otro.

En noveno lugar, la solución de dos estados perpetúa, en efecto, el estado sionista, en el sentido de que no logra destruir Israel. Mi hipoteca y mi alquiler de coche también tienen este fallo. Solo los tontos pueden suponer que la solución de dos estados es “sionista”. Podríamos decir, también, que los refugiados palestinos de 1948, que abandonaron Israel a los sionistas, estaban perpetuando el sionismo, estaban colaborando con él. Sí, no tuvieron elección. Tampoco la tienen hoy los palestinos, cuando Israel es inmensamente más fuerte que en 1948. Esa es la razón por la que la solución de dos estados no implementa el derecho al retorno, impone los derechos de los palestinos israelíes, acaba con la pobreza en el mundo y muchas otras cosas. Suponer otra cosa es confundir el radicalismo, no con buenos deseos, sino con una torpeza estudiada, disfrazada de crítica mordaz y pericia táctica.

¿Cómo pueden amontonarse en una “solución” tantos errores conceptuales y ofuscaciones? Los culpables parecen ser dos grandes falsas ilusiones.

La primera, frecuentemente repetida, es que la solución de dos estados es ahora impracticable porque los colonos están “profundamente arraigados”. Supongamos que esto no es una maniobra de mala fe para permitir que los colonos se aferren a su ilegal existencia colonial. ¿Qué explica, entonces, tamaña ceguera? En 1948, más de 700.000 palestinos abandonaron las casas que sus familias habían ocupado, en algunos casos durante siglos. ¿Por qué es imposible que hoy 500.000 colonos judíos se muevan en la dirección contraria? En medio de tanta estupidez, nada es más estúpido que afirmar que solo la solución de un estado es posible debido a que los asentamientos están “profundamente arraigados”. Quizás lo estén, pero no tienen que irse a ninguna parte. Son los colonos, no los asentamientos, los que tienen que irse. Pensemos en el largo viaje que tendrían que hacer, oh, hasta Israel: entre 15 minutos y un par de horas. ¿Les afectará mentalmente tener que irse? Lo mismo se dijo de los colonos de Gaza, pero parece que se han recuperado perfectamente. ¿Es inquebrantable el compromiso de Israel con los asentamientos? Si es así, ¿por qué fueron expulsados los colonos de Gaza y abandonados sus asentamientos?

En Argelia, los colonos franceses se habían establecido el doble de tiempo que sus colegas de los territorios ocupados. Su gobierno les apoyaba firmemente. Como dijo un historiador, “[el primer ministro] Mendès France estaba decidido a ‘mantener la unidad y la indivisibilidad de la República, de la cual formaba parte Argelia’, y en enero de 1955 nombró al exlíder de la Resistencia, Jacques Soustelle, gobernador general de Argelia. Propugnando una política de ‘integración’, Soustelle argumentó que ‘es precisamente porque hemos perdido Indochina, Túnez y Marruecos que no debemos perder Argelia a ningún precio, de ninguna forma y bajo ningún pretexto’” [3]. Por lo que se refiere a los colonos, he añadido un apéndice, por si alguien está interesado, con algunos testimonios estremecedores sobre lo profundamente arraigados que estaban. Los colonizadores y los colonos siempre juran que la tierra colonizada es “parte de ellos”, que nunca se irán, que preferirían dar sus vidas. Al igual que los colonos de Gaza, se fueron o se sometieron al nuevo régimen. Lo mismo ha sucedido en toda la África británica, con los boers en Sudáfrica y los holandeses en Indonesia. La única diferencia es que estos colonos no podían esperar ser premiados con el dinero y la simpatía que los colonos israelíes disfrutan.

La segunda falsa ilusión que subyace a la solución de un estado tiene que ver con el fetichismo de la no-violencia. No es valeroso ni intransigente suponer que, de alguna forma, una postura palestina firme puede hacer surgir de la nada todo lo que desee: un estado soberano, plenos derechos de los palestinos en todas partes, judíos y “árabes” viviendo codo con codo en feliz armonía. Todos los hechos de Israel refutan absolutamente este artículo de fe. ¿Qué hay detrás de todo este idealismo? En mi opinión, la solución de un estado pertenece a aquellas almas sobreprotegidas que, simplemente, no pueden afrontar la idea de que todo se reduce a fuerza física. De alguna forma, si se pronuncian las palabras correctas, si se toman las decisiones correctas, si florece la piadosa no-violencia, todo saldrá bien, todo puede ser superado. He argumentado en otra parte [4] que no existen bases históricas para este dogma.

Quizás esto esté detrás de toda la charla sobre la “muerte” de la solución de dos estados. Lo que está muerto son las negociaciones para dos estados. Murieron hace tiempo. Pero solo alguien cuyo mundo se compone de declaraciones y “apoyo” verbal vacío y posiciones y autoridad moral puede pensar que una solución puede surgir de las negociaciones. No, una solución emergerá cuando Israel haya tenido bastante y se retire, como hizo en el Líbano, como hizo, aunque no completamente, en Gaza. Las negociaciones no son necesarias. La solución de dos estados surgirá plenamente cuando Israel deje de tener presencia militar en los territorios ocupados, y en esos territorios germine un auténtico estado soberano. Esto puede formalizarse, quizás, por medio de unas negociaciones, después de que se proclame ese estado, pero nunca podrá lograrse por medio de la negociación. Solo puede alcanzarse haciendo que el coste, actual o anticipado, de la ocupación sea, de una forma u otra, demasiado elevado.

Los palestinos nunca podrán prevalecer militarmente sobre Israel, pero han tenido bastante éxito en los crecientes costes que para Israel representa la ocupación. Israel ya considera demasiado costoso mantener fuerzas permanentes en los territorios ocupados. Aunque Israel solo entiende el lenguaje de la fuerza, la fuerza puede hablar sin violencia. Quizás los enemigos de Israel alcancen una mayor unidad y más poder: por ejemplo, Turquía y Egipto podrían cooperar no solo económicamente, sino en la ampliación de sus capacidades militares. O quizás Hezbolá resulte ser una amenaza tan persistente que Israel decida, finalmente, que prefiere la paz. En estas esperanzas se basa la vida de la solución de dos estados; en realidad, de cualquier solución. Los buenos deseos de la solución de un estado no juegan ningún papel en ninguna realidad futura.

En la actualidad, quienes desean ayudar a los palestinos deben dejar de pelear una guerra de propaganda que ya han ganado. Deben darse cuenta de que los principales objetivos de sus exhortaciones, los estados occidentales, nunca se atreverán a presionar seriamente a Israel hasta que la región sufra una transformación. La esperanza descansa en la emergencia de fuertes potencias regionales: en Turquía y en cualquier país en el que triunfe la primavera árabe. El énfasis debe ponerse en conseguir, al menos, un equilibrio de fuerzas. Esto significa centrarse en el poder militar de Israel y, especialmente, en su poder nuclear, y en propagar la idea de que, dado este poder, los países árabes no solo tienen derecho a desarrollar armas nucleares, sino la responsabilidad de hacerlo para proteger a sus pueblos. Después de todo, es Israel el que se jacta de su voluntad de ejercer la opción Sampson, que sumiría a toda la región en un holocausto nuclear. Ese discurso y esas amenazas solo serán contenidos cuando los israelíes aprendan a temer a los países a los que tanto desprecia.

¿Qué podría, entonces, hacer avanzar la causa de la independencia palestina? El mejor curso de acción es argumentar que los países de Oriente Medio no tienen nada que esperar de Israel hasta que representen una pequeña y moderada, pero auténtica, amenaza para su existencia. Estos países deben sentirse libres de sustituir los acuerdos de no proliferación nuclear mientras Israel mantenga su propio arsenal nuclear. Esto no debería ser considerado un paso radical. Solo supondría afirmar las estrategias de disuasión que todos los países nucleares han abrazado sin miramientos. No es un camino de guerra, sino de paz. Solo cuando Israel vea que realmente no puede persistir en desafiar al mundo, terminará la agonía de los palestinos.


APÉNDICE

He aquí unos pocos de los muchos testimonios sobre la profundidad del “compromiso” de los pieds-noirs con Argelia.


Los pieds-noirs estaban tan identificados con la tierra de Argelia que no podían concebir vivir en otro lugar que no fuera su tierra natal. En este sentido, su alma era también argelina. Creo que para la mayoría de ellos, nunca ha dejado de serlo. Una parte de vuestra alma ha permanecido en Argelia … Y el tiempo no ha borrado su relación con este país. Reconocerlo es también decir cuánto ama Argelia, cuánto la echará de menos después de aquel verano del 62.

http://les-oies-sauvages.blogs.nouvelobs.com/guerre-d-algerie/


Yo he nacido en Orán (Argelia) donde:

¡La vida era hermosa!

¡Donde el sol brillaba siempre!

¡Donde se vivía bien normalmente!

¡Donde siempre nos sentíamos de vacaciones!

¡Donde teníamos hermosas playas!

¡Donde éramos felices!

¡Donde teníamos amigos!

¡Donde nacieron nuestros padres, en fin, toda una generación!

¡Qué buenos recuerdos de la infancia, los matrimonios, los nacimientos!

En fin, el país del que nunca creí que me iría.


Irnos era impensable. ¿No nos habían prometido que Argelia sería siempre francesa?

http://www.gremline.net/ChezGremline/desmotspourledire/119_TerreLointaineOran/119_TerreLointaine.html


Si los colonos han construido, y han construido bien, era para ellos y sus hijos, él pensó que nunca dejaría nuestro país.

http://www.bgayet.net/forum/350-piedsnoirs-attendus-ce-weekend-a-bejaia-t441.15.html

1962: EL DÍA MÁS TRISTE de mi vida. Dejar Argelia, mi país, donde vi la luz por primera vez, país amado en todos los corazones de los Pieds Noirs…


Notas:

1. Entre los muchos artículos sobre la capacidad armamentística de los indígenas de Israel, destaca este porque detalla las ventas de armas de Israel a Estados Unidos. Yitzhak Benhorin, “US to purchase $700m worth of arms from Israel”.

2. Los Acuerdos de Oslo de 1993 no fueron una solución, sino una mera “Declaración de Principios sobre los acuerdos de un autogobierno interino”. El de los asentamientos fue uno de los temas deliberadamente aparcados.

3. Robert Gildea, France since 1945, Oxford, Oxford University Press, p. 25.

4. Véase “Nonviolence: its Histories and Myths”, Counterpunch, 8-10, Febrero 2003.


Michael Neumann es profesor de Filosofía en la Universidad de Trent, en Ontario, Canadá. Su libro What’s Left: Radical Politics and the Radical Psyche ha sido publicado por Broadview Press. Contribuyó con el ensayo “What is Anti-Semitism” al libro de Counterpunch The Politics of Anti-Semitism. Su último libro es The Case Against Israel. Su dirección de correo-e es: mneumann@trentu.ca.

Traducción: Javier Villate



Por Jonathan Cook

Publicado originalmente en: There’s Nothing Idealistic About the One-State Solution,Counterpunch, 8/11/2011

Este artículo de Jonathan Cook es una réplica al de Michael Neumann, “Sobre la propuesta de un estado palestino”, que publicamos ayer.



Esta es al menos la tercera vez en los últimos cuatro años que el profesor de filosofía Michael Neumann ha utilizado estas páginas para fustigar a los partidarios de la solución de un estado en el conflicto israelo-palestino. En las tres ocasiones ha ofrecido alguna idea más de por qué critica de forma tan vehemente lo que califica como “falsas ilusiones” de quienes se oponen —o, al menos, dejan por imposible— la solución de dos estados.

En su ensayo más reciente, Neumann sugiere que su anterior reticencia a ser más directo fue un asunto de “cortesía”. Bueno, por mi parte, me hubiera gustado que el profesor hubiera sido más sincero desde el principio. Eso nos habría ahorrado mucho tiempo y esfuerzos.

Aunque me he identificado como partidario de la solución de un estado, estoy de acuerdo con Neumann en muchas de las cosas que ha escrito en esta ocasión. Como él, no creo que una solución, o resolución, determinada vaya a ocurrir por el hecho de que los palestinos o sus simpatizantes argumenten moralmente en su favor. El éxito de los palestinos llegará cuando un amplio abanico de desarrollos regionales obliguen a Israel a convencerse de que su actual conducta es insostenible.

Hay un montón de señales de que ese cambio de relaciones de poder está empezando a desarrollarse en Oriente Medio: el posible desarrollo de una ojiva nuclear en Irán; el despertar de las fuerzas democráticas en Egipto y otras partes; el desgaste de la vital y duradera alianza militar entre Israel y Turquía; la exasperación de Arabia Saudí ante la intransigencia de Israel; la creciente sofisticación militar de Hezbolá, y el completo descrédito del papel de EEUU en la región.

Neumann se equivoca al suponer que uno tiene que ser un idealista —creyendo en el equivalente político de los cuentos de hadas— para concluir que la solución de un estado es inminente. No tiene que ser simplemente un caso de buenos deseos. Al contrario, argumentaré que es probablemente una descripción realista del giro de los acontecimientos en la próxima década o más.

Aunque Neumann y yo estamos de acuerdo en las causas de un cambio de dirección israelí, su análisis y el mío divergen sobre lo que sucederá después de que Israel se dé cuenta de que su ocupación es demasiado costosa para mantenerla.

Neumann propone que, una vez acorralado por las fuerzas regionales a las que ya no puede seguir intimidando o atemorizando, Israel tendrá que conceder lo que califica como “verdadera” solución de dos estados. No explica lo que implicaría esa solución, pero insiste en que ella, y solo ella, debe tener lugar. Así que déjenme ayudarles con un esbozo de los requerimientos aparentemente mínimos de una solución de dos estados:


Israel se compromete a retirar su medio millón de colonos de Cisjordania y Jerusalén este, presumiblemente concediéndoles una lujosa compensación procedente de la comunidad internacional;

Israel entrega todo Jerusalén Este a los palestinos, mientras que los santos lugares de la ciudad, incluyendo el Muro de las Lamentaciones, pasan a un organismo administrador con representación de la comunidad internacional;

los palestinos obtienen un estado en el 22 por ciento de la Palestina histórica, con su capital en Jerusalén Este;

los palestinos son libres de crear un ejército, presumiblemente con la ayuda de Irán o Arabia Saudí;

los palestinos toman el control de su espacio aéreo y del espectro electromagnético. Si son sensatos, acudirán rápidamente a Hezbolá para que les aconseje sobre la forma de neutralizar las operaciones de espionaje israelíes, los vuelos de los aviones teledirigidos y los puestos de escuchas situados en toda Cisjordania;

los palestinos consiguen acceder sin restricciones a sus nuevas fronteras con Jordania y, más allá, con otros estados árabes;

los palestinos obtienen el acceso a una parte equitativa de los recursos hídricos de los principales acuíferos de Cisjordania, que actualmente suministran a Israel la mayor parte de su agua, y

los palestinos tienen, como se prometió en los Acuerdos de Oslo, una vía de comunicación que conecta Cisjordania y la Franja de Gaza a través de Israel.


Dejemos de lado los problemas sociales que este arreglo causaría a Israel: los enormes trastornos creados por medio millón de colonos airados y sin hogar en su retorno a Israel, así como el dramático empeoramiento de la ya severa crisis de viviendas que existe en Israel y el rápido deterioro de las relaciones con la gran minoría palestina que vive en Israel.

Tampoco insistamos en los problemas con que se enfrentarían los palestinos, como los cientos de miles de refugiados que tendrían que ser absorbidos en el limitado espacio de Cisjordania y la Franja de Gaza, pobres en recursos, o su probable enojo por lo que considerarían una traición, o los inevitables problemas económicos de este micro-estado.

Sin duda, todos estos temas pueden ser abordados en un acuerdo de paz.

En sus ensayos, Neumann solo toma en cuenta lo que los israelíes están dispuestos a aceptar como una solución. Así que vamos a pasar por alto también el “idealismo” de esos críticos que están preocupados por el hecho de que una “verdadera solución de dos estados” pueda llegar a funcionar para los palestinos normales.

El presupuesto de Neumann es que, frente a un rápido aumento de los costos políticos y financieros de la ocupación, los israelíes descubrirán un día que no tienen más remedio que deshacerse de ella.

Ofrece nueve razones por las que la solución de un estado es “flagrantemente absurda”. Aunque son numéricamente impresionantes, la mayoría de estas razones —tales como su discusión del derecho al retorno, o la representatividad de un gobierno palestino, o la naturaleza de sus derechos legales y morales— parecen tener poco o ningún efecto en lapráctica, sea a favor o en contra de un estado. Lo mismo puede decirse de su adscripción al pecado de idealismo de aquellos que agrupa en el campo de los partidarios de un estado y de su alusión, una vez más, a la vaga fórmula de una “verdadera solución de dos estados”.

Sus otros tres argumentos no son más reveladores. De hecho, son variaciones de la misma idea, que puede resumirse en una analogía que él mismo ofrece: “Si gano 50.000 dólares, podría pedir 70.000, pero no 70 millones. No es inteligente demandar todo Israel cuando Israel no va a ceder ni siquiera la mitad, que es lo que el mundo entero dice que debe entregar, es decir, los territorios ocupados”.

No soy profesor de lógica, pero algo en esta analogía suena a hueco. Probemos con otra que sea más cercana a la realidad de nuestro caso.

Un día llegas a mi casa y te apoderas de la mayor parte del edificio utilizando la fuerza. Poco tiempo después, me echas totalmente de la casa y, en lo que consideras una generosa concesión, me dejas vivir en el cobertizo que hay al final del jardín. Con los años, nos volvemos enemigos acérrimos. Los vecinos, mis antiguos amigos, no pueden seguir cerrando los ojos a mi miserable condición y deciden ponerse de mi lado contra ti. Un día vienen a tu puerta y te amenazan con emplear la violencia contra ti si no me dejas volver a mi casa.

¿Qué pasa a continuación?

Como señala Neumann, todo puede terminar felizmente cuando aceptas que yo viva en el trastero. Pero puede que no.

Sintiendo que se han invertido los papeles, podría decidir hacerte la vida insoportable en la parte principal de la casa con el fin de ganar más espacio o echarte. O podrías decidir que, dada tu nueva y precaria situación en el vecindario, sería mejor abandonar tus posesiones ganadas con malas artes y buscar otro sitio en el que vivir.

No soy partidario de tales analogías. Recurro a ella simplemente para subrayar que, si uno quiere utilizarlas, es preferible usar una que sea apropiada.

(Curiosamente, si seguimos esta analogía, también cuestiona la comparación preferida de Neumann de la ocupación israelí de los territorios palestinos con la ocupación francesa de Argelia. En este caso, Argelia parece ser el jardín más que la casa principal.)

El punto más importante es que no hay razón para suponer que, puesto que la ocupación es demasiado costosa, Israel puede limitarse a amputarla como si fuera un miembro podrido.

Parte de la debilidad del argumento de Neumann puede verse en sus reiteradas referencias a los colonos como un grupo de inadaptados problemáticos, en lugar de verlos como una parte sustancial tanto del gobierno israelí en la persona del ministro de Exteriores, como del alto mando del ejército israelí y de los servicios de seguridad, en la persona del actual jefe del Consejo de Seguridad Nacional.

Así mismo, Neumann caricaturiza el apoyo occidental a Israel como “histeria sionista” en el Congreso de EEUU, respaldada por “ridículos” compañeros de viaje como el gobierno canadiense. Ojalá el apoyo a Israel entre los gobiernos occidentales fuera tan trivial.

Estas distorsiones hacen que su argumento de que la ocupación es vulnerable parezca más fuerte de lo que realmente es. En realidad, la ocupación es mucho más que los asentamientos.

Es la industria del mesianismo, a cargo de los colonos, que se apoderó de Israel hace décadas. Su influencia se extiende mucho más allá de Cisjordania, hasta el ahora dominante sistema educativo religioso que está envenenando las mentes de los jóvenes, así como los seminarios donde los jóvenes religiosos que se entrenan para convertirse en oficiales del ejército son instruidos todos los días en su naturaleza de Pueblo Elegido y su derecho divino a exterminar a los palestinos.

Es el ultraortodoxo, con su ambivalencia hacia el sionismo y su salvaje sentido del derecho a recibir limosnas del estado. Tienen varias grandes comunidades urbanas en Cisjordania, hechas a la medida de su religiosa y separatista forma de vida. La gente que se amotina contra una parcela de aparcamiento que abre en Shabbat no se marchará fácilmente de sus casas, escuelas y sinagogas.

Es una gran y próspero sector inmobiliario israelí, que ha saqueado y robado tierra palestina durante décadas, y que parece implicar a cada nuevo primer ministro israelí en un escándalo de corrupción.

Es la agroindustria israelí, que depende del robo de tierras y recursos hídricos palestinos para su supervivencia.

Son los israelíes normales, dispuestos a luchar después de un verano de protestas sociales sin precedentes por el elevado coste de la vida en Israel, que tienen todavía que descubrir el verdadero precio de la fruta y los vegetales —y del agua corriente— si perdieran estos “subsidios” de agua.

Son las grandes y lucrativas empresas de alta tecnología militar, que dependen de los territorios ocupados como laboratorios para desarrollar y probar nuevos sistemas de armas y técnicas de vigilancia destinados a la exportación, a la venta a empresas de seguridad globales y a ejércitos modernos ávidos de tecnología.

Son los servicios de seguridad y de inteligencia israelíes, abundantemente dotados con los mismos ashkenazíes que llegarán a convertirse en líderes políticos del país tras sus carreras consistentes en vigilar y controlar a los palestinos bajo la ocupación.

Y es un ejército despilfarrador —la versión israelí de los pródigos banqueros de Occidente—, cuyos trabajos y juguetes letales dependen de la ilimitada generosidad de los contribuyentes estadounidenses.

Nada de esto será cedido a la ligera, o a un coste que parezca una miseria frente a los 2.000 millones de euros anuales que EEUU regala a Israel. Y esto es antes de que calculemos los enormes desembolsos necesarios para compensar a los refugiados palestinos y construir un estado palestino.

Pero estos problemas solo dejan entrever el argumento en favor de la solución de un estado. La realidad es que las elites que gobiernan Israel tienen mucho que perder si la ocupación termina. Esa es la razón por la que han invertido grandes esfuerzos en integrar los territorios ocupados en Israel e imposibilitar un “verdadero” acuerdo de paz. La ocupación y los negocios relacionados con ella son la fuente de su legitimidad moral, su supervivencia política y su enriquecimiento diario.

Esa es también la razón por la que están desesperados ante la perspectiva de que Irán adquiera un arsenal nuclear que pueda rivalizar con el suyo. En ese momento, la ocupación empezaría a expirar y su dominio se acabaría.

Si se dieran las condiciones regionales que Neumann cree necesarias para desalojar a Israel de los territorios ocupados, estas elites y sus adláteres ashkenazíes se enfrentarán con una dura elección: derribar la casa o dispersarse por aquellos países a los que sus pasaportes les dan entrada.

Pueden ir al escenario del día del juicio final, como algunos predicen. Pero yo creo que, una vez que las oportunidades de blanqueo de dinero que los políticos y generales han venido disfrutando hayan terminado, será más fácil y más seguro para ellos exportar sus conocimientos a otros lugares.

Atrás quedarán los israelíes normales (los rusos, la minoría palestina, los ultraortodoxos, los mizrahim) que nunca degustaron los verdaderos frutos de la ocupación y cuyo compromiso con el sionismo no es muy profundo.

Estos grupos —aislados, en gran parte antagónicos y sin una diáspora que ocupe el Congreso de EEUU para ayudarles— no tienen la experiencia, las ganas ni la legitimidad para mantener la fortaleza militar en la que se ha convertido Israel. Sin el cemento que mantiene a todos tras el proyecto sionista, los palestinos y los israelíes que permanezcan estarán interesados en encontrar auténticas soluciones al problema de vivir como vecinos.

El aspecto más extraño de las afirmaciones de Neumann contra los defensores de la solución de un estado —repetido en todos sus ensayos sobre este tema— es el argumento de que estos no solo tienen falsas ilusiones, sino que difunden una idea que es peligrosa, aunque nunca ha explicado en qué consiste este peligro.

Si, como argumenta Neumann, correctamente en mi opinión, Israel solo cambiará de política cuando tenga que enfrentarse con una presión importante por parte de sus vecinos, entonces el peor crimen del que puede acusarse a los defensores de un estado es aferrarse a un idealismo irrelevante.

Irán no descartará sus supuestas ambiciones nucleares simplemente porque los partidarios de un estado empiecen a hacer una convincente defensa moral de su causa, como tampoco Hezbolá dejará de acumular sus cohetes. ¿Por qué, entonces, está tan obsesionado con el argumento de un estado? Según sus cálculos, debería tener un impacto nulo en el progreso hacia la resolución del conflicto.

Sin embargo, incluso en los limitados términos de Neumann, uno puede argumentar seriamente que la defensa de un único estado podría producir beneficios para los palestinos.

Por lo menos, si un número creciente de palestinos y simpatizantes de todo el mundo se convencieran de que exigir una solución absolutamente justa (un estado) es el mejor camino, ¿no añadiría esto una presión adicional a las otras presiones materiales con que Israel se enfrenta para conceder una auténtica solución de dos estados, aunque solo fuera para evitar el peor destino de un único estado impuesto por sus vecinos?

Pero creo que podemos ir más allá si hacemos una defensa práctica de la solución de un estado.

Aunque la principal causa para un cambio de táctica de Israel será el alineamiento de las fuerzas regionales en su contra, un adicional pero importante factor será la emergencia de un clima política en el que los estados occidentales y sus ciudadanos se desilusionen cada vez más con la mala fe de Israel. El apoyo del Congreso no se paga con histeria, sino con dinero contante y sonante. Y ese apoyo no terminará hasta que Israel y sus políticas de “perro rabioso” sean ampliamente consideradas como ilegítimas o contraproducentes.

Una de las formas principales en que se desacreditará Israel, a raíz de la reciente decisión de Washington de bloquear toda apuesta palestina en favor de un estado representado en la ONU, será la adopción de medidas enérgicas —probablemente violentas— contra cualquier aspiración política expresada por los palestinos bajo la ocupación.

La historia, incluyendo la historia palestina, sugiere que las poblaciones a las que se les niegan sus derechos no suelen permanecer pasivas indefinidamente. Los palestinos, que no ven esperanza alguna de que sus líderes puedan conducirles a un estado, estarán cada vez más motivados para reclamar su causa.

Como señala Neumann, los palestinos normales no tienen ningún poder para obligar a Israel a establecer un estado para ellos. Pero tienen el poder de exigir a Israel que les escuche lo que tienen que decir sobre su futuro y presionarle a través de la desobediencia civil, campañas en favor del derecho a voto y la creación de un movimiento anti-apartheid. Esa lucha tendrá lugar dentro de la realidad —implícitamente aceptada— de un estado, el creado por Israel. Si los palestinos luchan por el voto, será un voto en las elecciones del Knesset [parlamento israelí, N. del T.]

Nada de esto les dará un estado o el voto, evidentemente. Pero la represión israelí necesaria para contener estas fuerzas servirá para erosionar rápidamente cualquier simpatía internacional que subsista y empujará aún más a las fuerzas regionales a alinearse activamente contra Israel.

En pocas palabras, al margen de la opinión que uno tenga de ella, la promoción de una solución de un estado puede servir para acelerar la caída de las elites israelíes que oprimen a los palestinos. Por tanto, ¿por qué malgastar tanto esfuerzo en oponerse a ella?





Jonathan Cook ha recibido el Premio Especial Martha Gellhorn de Periodismo 2011. Reside en Nazaret. Sus últimos libros son Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East (Pluto Press) y Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair (Zed Books). Tiene un sitio web enwww.jkcook.net.

Traducción: Javier Villate

Fuente: Disenso