30/11/11

Naturaleza y Progreso: ecologismo y crisis ecológica

Por Agustín López Tobajas

Sólo el Occidente moderno -esa cultura convencida de superar en inteligencia a las demás- ha sido capaz de minar el suelo mismo en que se asienta, envenenar el agua que bebe y ensuciar el aire que respira. 



“Allí estaba yo, de pie, 


en la cumbre de la más alta de las montañas, 

y abajo, a mí alrededor, se encontraba el círculo del mundo. 

[…] Y ví que todo aquello era sagrado”.


ALCE NEGRO 

La conquista de cotas siempre superiores de lo que el hombre moderno entiende por «riqueza material» no es posible sino mediante el expolio de la naturaleza, fuente última de toda riqueza en el orden físico. Pretender que se puede aumentar el nivel de consumo de una población continuamente creciente sin que esa fuente única se vea por ello alterada y amenazada en su propia existencia es, como mínimo, de una inconsciencia suicida. Todos los pueblos tradicionales han sido conocedores de su dependencia física del medio y han sabido mantener un justo equilibrio con su entorno. Sólo el Occidente moderno -esa cultura convencida de superar en inteligencia a las demás- ha sido capaz de minar el suelo mismo en que se asienta, envenenar el agua que bebe y ensuciar el aire que respira.

La fase de aceleración progresiva en que ha entrado la destrucción del mundo natural a partir de la revolución industrial no es el resultado potencialmente evitable de una metodología parcialmente inconveniente, de una defectuosa aplicación o una insuficiente previsión, sino el precio fatal e ineluctable de las metas mismas que se ha fijado nuestra civilización, la consecuencia ineludible de la posición que el hombre occidental ha decidido adoptar ante el cosmos. Intuyendo vagamente el peligro inminente que puede cernirse sobre sus cabezas, algunos gobiernos pretenden ahora, con más o menos rigor, poner unos tímidos límites con la intención de retrasar la hecatombe. Demasiado tarde, parece. Los derrumbes se encadenan por sí solos y nos instalamos ya en la monotonía de la catástrofe: cada desastre hace olvidar al anterior al superarlo en dimensiones. Incluso si se llegara a renunciar a las destrucciones conscientemente programadas, no se esquivarían las consecuencias de los actos pasados. En todo caso, tan irrenunciables son las exigencias de la industria como infinita la capacidad humana de autoengaño, de modo que todo se resuelve en una voluntad de prevención -que se difunde de manera reveladoramente obsesiva-, ante posibles «imprevistos», pretendiendo circunscribir el problema a los supuestos «accidentes», lo que liberaría al sistema de culpa, aislando el mal en anómalos comportamientos particulares, siempre corregibles, o en acontecimientos azarosos. En suma, se prefiere ignorar que nada es menos accidental que los llamados «accidentes», que sólo son tales en cuanto a que desconocemos cuándo y dónde surgirán, pero que constituyen la consecuencia rigurosamente necesaria de unas premisas que hunden sus raíces en los fundamentos mismos de nuestro sistema de vida. La prevención, por lo demás, es sólo la ocasión para asumir nuevos riesgos, y a mayores precauciones, mayores son las pretensiones y exigencias que las fuerzan, haciéndolas perpetuamente insuficientes.

Entre la destrucción programada y el «accidente» inesperado, la llamada crisis ecológica no es, en todo caso, sino una manifestación exterior de la crisis espiritual -y por tanto integral- que viven el hombre y la sociedad occidental. Situar sus causas en el campo de la economía o de cualquier otro dominio del plano físico es interrumpir la escala causal dejándola apoyada por su extremo superior en el vacío; tales causas demandan también una explicación y exigen, a su vez, otras nuevas. Todo lo que podría encontrarse ahí serían las causas intermedias, las más superficiales e inmediatas. El mundo está regido por unas leyes cósmicas que el hombre moderno desconoce, pues transcienden el ámbito físico, el único al que él dirige sus preocupaciones. Las causas finales, sin embargo, son de orden estrictamente meta-físico.

Si quiere comprender- lo que sucede en la Tierra – dice Hossein Nasr- el ser humano deberá volver su mirada hacia el Cielo. Mientras el hombre no comprenda la Naturaleza, es decir, no perciba su dimensión teofánica, seguirá ignorando su realidad esencial y, por más datos que sobre ella pueda acumular, proseguirá su acción devastadora, pues la destrucción acompaña fatalmente a la ignorancia. No tiene ningún sentido pretender vivir en armonía con la Gran Teofanía que es la Naturaleza -dice también Nasr-, mientras se mantiene una actitud de hostilidad o indiferencia respecto a la fuente de dicha teofanía. En otras palabras, la crisis ecológica es inevitable en un mundo en el que la Transcendencia ha sido rechazada u olvidada. Si la contaminación, generalizada de la tierra, la destrucción masiva de los bosques, la aniquilación irreparable de especies animales y todas las formas semejantes de barbarie con que se asola el planeta son fenómenos de una extremada gravedad, lo son, antes de nada, por constituir una salvaje violación del Templo de Dios. Su más verdadera y radical importancia estriba en la profanación del Misterio teofánico; todo lo demás no son sino sus inevitables consecuencias. Por eso, mientras el hombre no vea la necesidad de restablecer la paz con el Cielo, tampoco podrá restablecerla con la Tierra. Para poner la paz en el mundo, los hombres deberán poner primero la paz en su corazón.

En este contexto, el ecologismo nace viciado desde su nacimiento. Aunque una cierta «inocencia», propia de los orígenes, pudo transmitirle un impulso inicial de miras más o menos elevadas, desde el comienzo estuvo marcado por la impronta de la visión seductoramente «naturalista» de la naturaleza y con las supersticiones, del pensamiento científico. La ley de la gravedad se encargó del resto y el movimiento ecologista ha sido engullido en poco tiempo por la capacidad asimiladora del sistema social. Gustosamente enredado en la trampa burocrática de las estructuras administrativas, con un discurso acomodaticio y claudicante, carente de todo planteamiento global, vendido por necesidades de imagen al pragmatismo de lo inmediato y, respetuoso siempre con los fundamentos intocables del sistema, el ecologismo se encierra en los límites de un reformismo intranscendente. Incapaz de superar las coordenadas científicas, reduce la Naturaleza al hábitat biológico en el que el hombre desarrolla sus procesos vitales. Pero aspirar a la mera integración funcional en un orden estrictamente natural es tanto como ignorar lo que diferencia al ser humano y al animal en cuanto a origen, vocación y destino, actitud avalada por la visión cientifista de la conciencia, convertida en epifenómeno supuestamente derivado de un conjunto de reacciones químicas: algo así como pretender reducir una catedral gótica a un problema de mineralogía.

La impugnación radical del sistema, la demanda de nuevos valores, la vuelta a la tierra, la búsqueda de la liberación total del individuo, la proyección hacia nuevos modos de vida, aspiraciones en las que, con toda su ambigüedad, no dejaba de latir un cierto impulso ascendente, han desembocado finalmente en un cívico reformismo higiénico-sanitario, cuando no en fructífera comercialización del naturismo y la salud. El «hombre nuevo» de hace unas décadas parece haberse extinguido, ahogado quizá en los botes de pintura con que los ecologistas pretenden teñir de verde el turismo, la moda, el desarrollo, la empresa, el progreso y, en suma, la modernidad y sus formas de vida. Triste destino el de un movimiento que nació pregonando su voluntad de construir un mundo nuevo y acaba reparando a toda prisa las grietas para tratar de impedir que se hunda el viejo.

Lo peor, con todo, parece todavía por llegar. La fusión de la moda ecologista con la mentalidad cientifista y las exigencias de la mercadotecnia genera la expansión de una «conciencia verde», imprescindible ya para vender cualquier cosa, que amenaza con acabar de rematar lo que, se supone, había venido a salvar. «Gestión eficaz de los recursos naturales para un desarrollo sostenible»: éste es el lema mayoritariamente aceptado ahora por las multinacionales del ecologismo, fórmula perversa que concentra y sintetiza a la perfección en sus cuatro conceptos básicos -gestión, eficacia, recursos y desarrollo- una visión rigurosamente económica y burocrática de la naturaleza, como base para su programa de socialización, es decir, de destrucción. La naturaleza como conjunto de recursos, o lo que es igual, como depósito de materias primas destinadas a ser transformadas por la industria, es la visión propia de quien sólo puede ver madera en el árbol o mineral en las rocas, la única de que es capaz el homo economicus que nada sabe de amor y comunión con la Madre Tierra y para el que Belleza y Transcendencia son términos que no tienen ya ningún sentido. Si actualmente se piensa que la naturaleza debe ser conservada, lo es sólo como parte indispensable del proceso productivo. Lo que para todas las culturas tradicionales fue templo, la mentalidad moderna lo convierte en almacén: sacrílega metamorfosis que sintetiza con precisión el significado de la modernidad respecto al mundo de la Tradición.

Alcanzando en su decadencia extremos de esperpento, algunos ecologistas -probablemente los mismos que inventaron el azote del «turismo verde», a los que Dios confunda- han certificado que todo puede ser tasado en el imperio de la cantidad, asignando precios «ecológicos» a parajes o comarcas. Claudicación definitiva ante el altar de la diosa Productividad, el llamado «desarrollo sostenible» es la rendición incondicional de quienes iban para revolucionarios y han terminado plantando flores en los jardines del Nuevo Orden Mundial. El reciclado y las fuentes alternativas de energía, emblemas de la mentalidad ecologista, son un fiel reflejo de su verdadera dimensión: se alteran los procedimientos para dejar intactos los resultados, que quedan de este modo reforzados y justificados; así, se modifica la procedencia del papel de la prensa y se deja inalterada la superstición de la información y la obligación de tener que estar escrupulosamente al tanto de lo que sucede a cada momento en el extremo opuesto del planeta, como si eso fuera algo normal; se promueve el origen «natural» del tejido para mantener la práctica idiotizante de la moda; los parques eólicos destrozan ecológicamente el paisaje para que las televisiones puedan seguir devastando limpiamente las conciencias; supermercados y grandes almacenes llenan sus estanterías con productos biológicos al servicio del consumismo econaturista. Algo esencial se está olvidando: el reciclado y las fuentes alternativas de energía pueden resultar saludables siempre que, con una tecnología elemental, se apliquen de forma estricta a necesidades reales, pero se convierten en artimaña solapada cuando, mediatizados por la industria, sirven a necesidades ficticias. A la mezquindad del fin se añade entonces la disimulada felonía de los medios. Lejos de facilitar la integración del ser humano en un orden superior, el ecologismo se coloca entonces al servicio de la mayor gloria del sistema. Un generador eólico gigante o una central de paneles solares son monstruos no mucho menos aborrecibles que los ingenios a los que pretenden reemplazar.

Por doquier, el consumismo verde reemplaza al consumismo policromo del capitalismo convencional. De visión del mundo a metodología de la producción industrial: ése ha sido el camino recorrido por el ecologismo en las últimas décadas. La tecnología del hidrógeno, que aspira a emular a la convencional anulando la contaminación, lleva hasta lo grotesco la propuesta ecologista: al infierno, sí, pero con los pulmones como Dios manda. Los hay que parecen incapaces de entender que los métodos acordes con una forma de vida realmente humana serán por necesidad menos eficaces y menos productivos que los promovidos por la barbarie industrialista, lo que, lejos de ser un inconveniente, es una providencial limitación y una defensa contra el demonio de la desmesura. Nada más irritante que esos cánticos a la eficacia «alternativa» con que algunos ecologistas tratan de competir en productividad, es decir, en majadería v desatino, con los defensores del sistema.

Que amor y sensibilidad hacia la naturaleza equivale a ecologismo es uno de los últimos mensajes subliminales que el totalitarismo blando ha logrado imprimir en el subconsciente de los ciudadanos, que lo dan ya tan por supuesto como que verdadero equivale a científico o que libertad es igual a democracia. Independientemente de que ciertos sectores minoritarios entre los ecologistas hayan podido ahondar sus planteamientos y reorientar de manera más radical y decisiva su actitud, liberar a la naturaleza no sólo del sistema político-económico imperante sino también de la mentalidad ecologista parece, en este momento, la tarea urgente y necesaria de quienes ven en ella algo distinto a un «medio ambiente» y la perciben como algo más que como el hábitat o la despensa de unos primates evolucionados. Sea cual sea la apariencia con que se revista, toda pretensión de defender la naturaleza que no cuestione, con rigor incendiario si es preciso, el progreso, la industrialización, el desarrollo, la tecnología -en suma, las bases mismas sobre las que se asienta la sociedad occidental contemporánea y que ninguna fuerza política se atreve a cuestionar-, no puede ser ya más que fariseísmo o banalidad.

En definitiva, la crisis ecológica sólo se irá resolviendo en la medida en que los seres humanos se hagan capaces de contemplar la unidad de todas las cosas en el Espíritu y el reflejo de éste en cada una de ellas, en la medida en que se hagan capaces de percibir -según la ajustada fórmula de Frithjof Schuon- la «transparencia metafísica de los fenómenos», captando la causalidad vertical que asocia cada fenómeno con su esencia y origen al tiempo que la causalidad horizontal que vincula a aquellos entre sí, trama y urdimbre del tejido cósmico.

Una relación armónica con la naturaleza sólo puede basarse en la recuperación de la dimensión cósmica y espiritual en que el hombre y la naturaleza comulgan. Desligar a la naturaleza del proceso productivo y liberarla de la siniestra socialización propugnada por los ideólogos del sistema -de derechas y de izquierdas, creyentes y ateos- es el punto de partida imprescindible para recuperar su plena dimensión de Misterio, para redescubrirla en tanto que portadora de un mensaje eterno de Verdad y de Belleza que, más allá de todo utilitarismo mezquino y de toda planificación biologista, abra el camino a un posible reencantamiento del mundo. Hace falta, ante todo, aprender de nuevo a ver, ver por encima y más allá de lo aparente, «ver hasta en sus más recónditas profundidades -decía Novalis- el Alma del vasto mundo»; reemplazar, en definitiva, la mirada del economista y el biólogo para adoptar la del visionario y el poeta.

Consecuentemente, hace falta un nuevo discurso sobre la naturaleza que renuncie a la retórica gris del ecologismo, impregnada de sociologismo y cientifismo, incapaz de elevarse un centímetro por encima del lenguaje rastrero y lúgubre de los políticos. Un discurso capaz de nombrar las armonías ocultas que se insinúan en cada rincón de la naturaleza como presentimientos luminosos de lo sobrenatural, que señale el camino al descubrimiento de las secretas concordancias entre el alma del hombre y el espíritu del cosmos. La naturaleza, lenguaje divino para quienes saben comprenderla, posee quizá la clave del misterio universal, pero para descubrirlo hace falta eso que Jünger llamaba una «razón panorámica», que deje acceder al detalle sin renunciar jamás al todo, que permita ver que la apariencia es sólo una de las innumerables secciones posibles de lo real, y que abra los ojos a inteligibilidades siempre nuevas para vislumbrar los resplandores -como dice una upanishad- de la llama secreta que custodian los dioses; que permita, en suma, percibir lo cotidianamente invisible y redescubrir lo que los antiguos llamaron el Alma del Mundo, ahogada ahora por el tedio sombrío de informes y de análisis, de estadísticas y censos, acumulados a lo largo de varios siglos de saber ilustrado, que prolongan, afanosamente, funcionarios, burócratas y militantes de la ecología.

Por mucho que preocupe y absorba la atención general, lo más grave no es, en última instancia, la destrucción de la naturaleza física per se, lo que, en definitiva, no tendría más importancia que la momentánea agitación de una mota de polvo en el océano cósmico. Lo importante es que esa destrucción es causa y consecuencia de la aniquilación del Alma del Mundo y, con ella, del mundo del alma, de ese «mundo imaginal» -como lo llamaba Henry Corbin-, que, aun no teniendo la solidez de lo físico o, más bien, precisamente por no tenerla- es infinitamente más real que la cotidiana "realidad" del mundo material, y cuyo misterio intangible evoca, por antonomasia, la naturaleza virgen; en el misterio numinoso de sus bosques, en el silencio majestuoso de sus cumbres, en la vastedad de sus desiertos, la naturaleza abre el acceso a esa realidad situada entre lo inteligible y lo sensible, a la vez dentro y fuera del ser humano, como comunión de claridades en la que lo interior se funde con lo exterior. La recuperación del mundo del alma, de la dimensión imaginal del mundo, es el único marco en el que las preocupaciones por la naturaleza física pueden adquirir una dimensión profunda.

Más allá del culto profano a la eficacia aritmética, más allá de la minuciosa contabilidad de los recursos y de la planificación racional de los espacios, actitudes con las que no se hace en última instancia sino reforzar aquello que se dice combatir, se impone la tarea de mostrar la naturaleza como realidad sobrenaturalmente natural, intermedia entre el hombre físico y la Trascendencia, pues sólo ahí, en el marco de una naturaleza transfigurada por el fuego auroral de la Presencia, se consume por sí solo el reino de la cantidad, el reino sombrío de los titanes y de la técnica, de otro modo indestructible.



Fuente: Capítulo IX  del "Manifiesto contra el Progreso". Preparado por Zainab Pi para el blog "Islam en Mar del Plata".