30/11/11

Los muertos que vos matáis…

Si el revisionismo histórico fuese el fósil que describe La Nación, el órgano de los Mitre no se alarmaría tanto frente a la creación de un instituto dedicado a cultivarlo.
Por Enrique Lacolla
La creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego puede ser una gran ocasión para profundizar el debate sobre nuestro pasado. O convertirse en otra oportunidad perdida. Las declaraciones de Pacho O’Donnell, director del instituto, en un reportaje que le hace La Nación, no son muy tranquilizadoras en este sentido. El conocido escritor formula ideas que resultan anfibológicas y un poco acomodaticias frente al diario guardián de la historia oficial. Este no tardó en convocar a pomposas figuras de la pedana académica para descalificar la iniciativa.

En el reportaje O’Donnell se apresuró a puntualizar que no será objetivo del Instituto incorporar textos revisionistas a las escuelas secundarias. Estima que la historia de “ese personaje maravilloso que es Mitre” no será cuestionada.(1) Nos preguntamos entonces para qué ha sido fundado el instituto. Pues si algo requiere este país es una visión que ponga en discusión –en sede escolar, universitaria y en los institutos militares- la pesada carga de una manera de comprender a la Argentina forjada en el siglo XIX a partir del interés coaligado de la burguesía comercial porteña, los usufructuarios de la renta agraria y la presencia del poder imperial de origen británico, que encontró en los libros fundadores de Mitre y de Sarmiento la base conceptual que suministró el relato que necesitaba para consolidar intelectualmente lo que ya había logrado con las armas.

Mitre puede haber sido una personalidad interesante –en extremo interesante, diríamos, en tanto fue protagonista de una aventura militar, política e intelectual de gran envergadura- pero de ahí a evaluarla como maravillosa dista un largo trecho. Lo mismo cabe decir respecto del sanjuanino, con el aditamento de que fue un escritor genial, capaz de generar la primera interpretación sociológica –a nuestro entender errada, pero coherente en su aptitud de síntesis y convincente por las dotes artísticas de su autor- de una peripecia argentina e iberoamericana que nos ha influido durante mucho tiempo. Pero conviene resaltar que hay una distancia abisal entre esos personajes y los epígonos que en el presente se remiten a ellos.

Ahora bien, aunque en principio el Instituto Manuel Dorrego no brinde todas las esperanzas que cabría alentar, su presencia y la puesta en marcha de un organismo que podría salir a polemizar con la ficción narrativa oficial ha bastado para inquietar a los guardianes de la ortodoxia. La Nación, editorialmente y también a través de la pluma de Beatriz Sarlo, monta un escándalo en torno del tema. Alerta sobre “una operación montada desde la Casa Rosada que tenga como meta instaurar un pensamiento único del pasado”.

Asombroso, dado que el discurso único sobre el pasado es el que se ha ejercido desde siempre en los grandes medios de prensa y en el ámbito del jardín de Academo. Cualquier iniciativa heterodoxa chocaba con la “pedagogía de las estatuas”, a que se refería Ricardo Rojas (2) y era en consecuencia excomulgada. Con posterioridad al auge de la historia liberal, pero complementándola sin sustituirla, los aportes de laEscuela de la Historia Social que tiene a Tulio Halperín Donghi como figura de proa, vinieron a configurar la superestructura que hoy ejerce el poder del magisterio en la enseñanza de la historia nacional. En especial en la UBA, que es el cuerpo que concentra la mayor cantidad de alumnos y gabinetes de investigación. El rasgo característico de esta escuela es ilustrar y enriquecer la historia, pero sin cuestionar la línea interpretativa oficial.

Es sobre la especialización y el manejo de una metodología que se considera debe estar provista de títulos que corroboren una aptitud técnica, el punto sobre el que La Nación y Sarlo hacen hincapié. Hay reglas que deben pautar la disciplina de la historia, diferenciándola de su divulgación novelesca, aducen. Esto es muy cierto. Pero no hay motivo para suponer, como dice Sarlo, que el revisionismo sea una especie de fósil, que sólo interesa a los literatos aficionados y a los CEO de las “grandes” editoriales en busca de versiones dinámicas del pasado, mientras que el mismo revisionismo es objeto de estudio de parte de los gabinetes universitarios que se ocupan de él sólo como si de una especie extinguida se tratase.

Hay un deliberado juego de confusión en esta versión que manejan los CEO – en este caso de los grandes medios de comunicación- a través de sus diligentes empleados. En la última década han proliferado las biografías, novelas y programas de televisión que hurgan en el revisionismo para tejer con elementos entresacados de él una apariencia de iconoclastia que pondría en tela de juicio precisamente a la “pedagogía del mármol”. Pero se trata de obras que si resultan inquietantes es por la banalización y el abaratamiento del concepto del revisionismo pues, lejos de aportar nada a los rasgos clave que distinguieron a la formación o deformación de la Argentina como estado, se ocupan más bien de intrigas de alcoba o de la reevaluación sensacionalista de algunos datos biográficos de San Martín o de Bolívar, que redundarían en su caracterización como agentes británicos o poco menos. Estas aproximaciones no cuestionan en el fondo a ninguno de los dogmas de la historia mitrista –que tiene en su núcleo el papel determinante de la intervención inglesa en la independencia argentina-, sin poner en su verdadera luz el carácter de esa intervención, que estaba en directa contraposición a lo buscado por los padres fundadores, más allá de las obligadas oscilaciones tácticas de su política. Esto es, la construcción de una nación suramericana con arreglo a la organización mundial que estaba madurando después de la derrota napoleónica.

En la versión del órgano de los Mitre y en su traducción por Beatriz Sarlo el revisionismo vendría ser, hoy, una olla donde se revuelven temas más bien sensacionales y que extrae su popularidad de una versión simplista del pasado, “con buenos y malos, élites y masas, pueblos y oligarquías enfrentados en una wagneriana guerra prolongada. Todo fácil de leer”. Hay una connotación despectiva en estas líneas de Sarlo, que rematan afirmando que una sola página de Halperín Donghi convierten a “diez novelas revisionistas en una canción alpina”…

La negación de la entidad académica del revisionismo fue un caballito de batalla de quienes se ocuparon, justamente, de que este no llegara a las cátedras, o que lo hiciera a partir de exponentes de derecha, acuñados en los años 20 y 30 y entroncados con una tradición nacionalista muy virada al catolicismo, conservatismo y militarismo, rasgos que no los hicieron populares entre la juventud universitaria, más allá de las altas cualidades que algunas de estas figuras investían en el plano intelectual. Sarlo no hace mención, sin embargo, a otra vertiente del revisionismo contemporánea a esta, que arranca con Adolfo Saldías, se prolonga con Ricardo Rojas y Manuel Ugarte y aborda el problema nacional desde una postura que se configura como la matriz de FORJA y luego de la corriente revisionista de la izquierda nacional que revolucionó, desde una perspectiva marxista arraigada en el país, todos los contenidos de la biblia mitrista.

Para la pedagogía del sistema todo es factible siempre y cuando no se objete a los pilares fundamentales de la doctrina de la civilización y la barbarie. Este hilo rojo es reconocible en el encono con que los grandes medios de prensa enfrentaron al yrigoyenismo y al peronismo, y en la conspiración constante con que intentaron derrocarlos en cuanta oportunidad propicia se les presentó. En cuanto al revisionismo –en particular el popular y latinoamericano-, frente a sus propuestas teóricas opusieron las más de las veces un sepulcral silencio. Ningunearon a sus representantes ignorándolos olímpicamente. Ni Arturo Jauretche, ni Raúl Scalabrini Ortiz, ni Jorge Abelardo Ramos, ni Juan José Hernández Arregui, ni Norberto Galasso, ni figuras del interior como Alfredo Terzaga o Fermín Chávez, encontraron la repercusión crítica que sus trabajos ameritaban. Esa corriente se abrió paso, sin embargo, y fructificó de una manera que es hoy difícil de soslayar cuando algunos teóricos de fuste con reconocimiento internacional y alcance mediático –como Ernesto Laclau- la reivindican, y sobre todo cuando existe un difuso requerimiento popular por abrevar en nuevas fuentes.

El argumento vinculado a la necesidad de contar con la patente de especialista para indagar en la historia y para producir una obra de valor heurístico y hermenéutico, tiene mucho de pedante y contrasta con grandes ejemplos provenientes de la realidad. Desde la perspectiva de La Nación, Carlos Marx y Friedrich Engels hubieran sido unos simples aficionados. Y los teóricos rusos del bolchevismo –fusilados por Stalin por razones no exactamente científicas- en definitiva habrían merecido su destino por no haber sido avalados por la Academia de Ciencias de la URSS…

Este es un ejemplo extremo, pero tal vez no tan paradójico como aparenta serlo. El viejo debate a propósito de la imparcialidad de los estudios históricos se asemeja al que ahora gira en torno del periodismo “militante” o el periodismo “independiente”. No hay ni periodistas independientes ni existen historiadores que se eleven “au dessus de la melée” para sentenciar desde un cielo olímpico sobre lo que es verdadero y lo que no lo es, sobre lo que resultaba válido como consecuencia de una situación social dada, y sobre lo que no era sino una pretensión desatinada dirigida a estrellarse contra el Deus ex machina de una historia predeterminada por causalidades sociales irrevocables.

Todos los historiadores juzgan a partir de los conflictos del presente. No son nunca imparciales, ven a través de la lente de sus intereses y simpatías. A lo que pueden aspirar, eso sí, es a resultar objetivos; esto es, a no mentir ni a escamotear los datos que resulten incómodos a su propia perspectiva.

El mismo Tulio Halperín Donghi –que es un autor de obligada lectura, aunque no nos resulte afín- dice en un reportaje aparecido en el suplemento cultural de La Nación del 13 de febrero de 2008, que “cuando hago una reconstrucción histórica de alguna manera, lo que es un poco desleal, es lo que tengo adentro, pero no muestro… Para hacer historia hay una etapa en que se junta todo y otra en la que, desde una perspectiva militante, se explica la versión que a uno le gusta”. (3) A confesión de parte…

La búsqueda de los orígenes de nuestra configuración cultural y social es inescindible del revisionismo, y es sólo a su luz que se explican los antagonismos que han desgarrado a esta sociedad y que siguen trabajándola en el presente. Mal que les pese a los historiadores de oficio, la batalla entre unitarios y federales sigue gravitando sobre la conciencia de los argentinos, y la panoplia ideológica en cuya matriz el bando vencedor en las luchas civiles conformó al país, requiere de un trabajo de estudio y demolición solo a partir del cual se podrá airear el pasado y devolvernos a una conciencia más armónica de nuestra realidad. Sólo en esta conciencia podremos encontrarnos y hallar al menos un piso común en el cual pararnos y distinguir el sentido de nuestras diferencias.



Notas

1) La Nación, lunes 29 de Noviembre de 2011.

2) Citado por Norberto Galasso en Historia de la Argentina. Ediciones Colihue, 2011.

3) Referencia tomada de Norberto Galasso, op.cit. página 63.

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