26/11/11

La segunda revolución continúa en Egipto

Ayer hubo una plaza masiva, como las que derrocaron a Mubarak. Esta vez no hubo violencia, por un truco de los ambiguos Hermanos Musulmanes. El nuevo primer ministro designado por los militares ni pudo llegar a su oficina.

Por Eduardo Febbro-Desde El Cairo
Página 12

“Mariscal, despiértate, éste es tu último día.” Los gritos de la multitud reunida en la plaza Tahrir contra el jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, el mariscal Mohamed Hussein Tantaui, suenan con el acento y el humor de la juventud. La revolución egipcia es un universo en expansión, una masa en permanente fusión cuya propagación nada detiene. El centro de ese universo es la plaza Tahrir. Ya no es un emblema o un símbolo, sino una inamovible plataforma de lucha. Miles y miles de personas volvieron a colmar la plaza Tahrir para exigirle a la Junta Militar que gobierna el país desde la caída del régimen de Hosni Mubarak que transfiera los poderes a un gobierno civil y que anule el proceso electoral que se inicia este lunes. El jueves, la Junta reafirmó que las elecciones se llevarían a cabo según el calendario previsto y ayer el pueblo le respondió con una movilización casi comparable con las que, desde el 25 de enero, precipitaron el ocaso de Mubarak.

La plaza se llenó con un ingrediente menos: la violencia. Desde la semana pasada, la represión policial dejó un saldo de 40 muertos y miles de heridos. Esta vez, sólo el arte engañoso con que los Hermanos Musulmanes mezclan las cartas consiguió apaciguar la violencia y, al mismo tiempo, salvar a las fuerzas armadas de un oprobio callejero aún mayor durante lo que se llamó “el viernes de la última oportunidad”. Pero el destino de un gigantesco retrato del mariscal fue el mejor sondeo sobre el ánimo de la población: los cairotas pegaron en una plancha de madera el retrato de Tantaui e, igual que en una procesión, insultos y escupitajos cayeron todo el día como cuchilladas sobre el rostro del viejo compañero de armas de Mubarak.

Después de la primera revolución del 25 de enero, la segunda, que empezó el 18 de noviembre, sigue en pie sin que el poder militar haya cedido en lo esencial: la postergación de las elecciones, el traspaso del poder a un gobierno civil y la renuncia a su intención de introducir a su antojo principios supranacionales en la futura Constitución, y ello por encima de lo que decida el Consejo Constitucional que debe redactar la nueva Carta Magna después de las elecciones. Ante la presión popular, el mariscal Tantaui forzó esta semana la renuncia del gobierno y ayer nombró a otro sobreviviente de la era Mubarak al frente de un Ejecutivo de urgencia. Se trata de Kamal el Ganzuri, ex primer ministro de 1996 a 1999. Según declaró apenas nombrado, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) le otorgó “todas las prerrogativas” dentro de este “gobierno de unidad nacional”.

La calle, sin embargo, atrasó el ejercicio de esas “prerrogativas”: lo primero que hizo la gente fue acudir a bloquear el paso de la sede del gobierno. Ganzuri no consiguió entrar a su despacho. Al caer la noche los accesos estaban bloqueados por los manifestantes: “Es un vestigio, una prenda desgastada, que se vaya también”, gritaba la gente en las narices de la policía. Con la certeza de ganar las elecciones, los Hermanos Musulmanes se aliaron con la Junta Militar en la recta final del proceso y, con ello, abandonaron las manifestaciones y los lugares estratégicos que habían ocupado dentro de la plaza Tahrir, tanto en enero como el 18 de noviembre. La segunda revolución egipcia la lanzaron ellos, pero ayer la hermandad no apareció por la plaza. El grito multitudinario “abajo la dictadura militar” no contó con sus voces.

Los Hermanos Musulmanes están contando los votos de mañana mientras la gente se expone en las calles a la terrible barbarie policial. La cofradía religiosa camina con un pie en cada vereda: no critica a los manifestantes, al contrario, pero tampoco los respalda en la calle con su presencia y su estatuto de fuerza social y política más poderosa del país. El Islam político que representan se apoyó en la movilización popular en su interna con los militares. Fueron ellos quienes, el 18, convocaron a la primera manifestación en la plaza Tahrir en protesta por el proyecto central de la Junta: bajo la nueva Constitución, los militares no dependerían del gobierno civil ni en lo político ni en lo presupuestario. Los Hermanos lanzaron la batalla y cuando mejor les convino se retiraron de ella. Sin embargo, los jóvenes del movimiento del 6 de abril y otros grupos de militantes laicos se quedaron ocupando la plaza y así nació la segunda revolución: con balas reales, gases lacrimógenos, castigos policiales de una crueldad medieval, muertos y hospitales improvisados construidos alrededor de Tahrir, en el patio de una mezquita, en el cruce de avenidas.

Hace dos días, los Hermanos Musulmanes montaron una estratagema para separar a la policía y la gente a lo largo de la calle Mohamed Mahmud, epicentro de los más cruentos enfrentamientos entre manifestantes y policías. La calle es estratégica, ya que por allí se accede a la plaza y al Ministerio del Interior. Fue precisamente en ese tramo donde tuvieron lugar las batallas más sangrientas. El jueves, un sólido grupo de la cofradía formó un cordón humano para separar a policías de manifestantes, astucia que permitió que el ejército se interpusiera entre ambos con la construcción de una barricada de hormigón armado.

A diferencia de la Hermandad, los salafistas (abogan por un Islam mucho más riguroso) sí aprovechan el fervor revolucionario para empujar afuera a la Junta. “Parece que no se acuerdan de lo que pasó en febrero. El pueblo echó a Mubarak y ese mismo pueblo pondrá en la calle a este régimen y no permitirá que se le imponga una Constitución que él no eligió”, decía a gritos un salafista que hablaba en un micrófono con los ojos exaltados. “Tantaui, el pueblo te va a decapitar”, gritaba saltando con una bandera egipcia un grupo de jóvenes que ingresaba a la plaza Tahrir.

Los clamores de la contramanifestación organizada por los adeptos del mariscal no se escuchaban. Varios miles de personas salieron a decir “éste es el verdadero Egipto y no el que está en Tahrir”. Pero la relación de fuerzas con la plaza era lamentable. “Los mandan para que salgan en la televisión, pero no representan más que unos policías disfrazados de pueblo”, afirmaba con rabia un joven cairota. Tenía un brazo roto y el rostro magullado. Había participado durante dos días en la ocupación de la plaza hasta que la policía lo arrinconó a palos. Se le veía el dolor hasta en la sombra, pero vino de nuevo a estar presente. Los egipcios terminaron por ver a los veinte miembros del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas como un ente de piratas que se robó el barco de la revolución de enero para atesorar poder y beneficios.

“Nos hurtaron la revolución y los sueños, pisotearon la sangre derramada, desoyeron el reclamo de un pueblo entero, mataron, reprimieron, cometieron crímenes espantosos. No tienen perdón y no los perdonaremos”, dice con vehemencia Saad, un joven cairota también protagonista de la primera revolución. Rami el Souissy, líder del Movimiento 6 de Abril, tiene las cosas claras: “Los militares se encerraron en un camino sin salida, cayeron en su propia trampa: o se van del poder como se lo exige el pueblo o el país se levantará de nuevo y habrá otro gran incendio”. Uno de los imanes que habló el viernes en la plaza Tahrir no hacía más que repetir “a la Junta le queda sólo una opción: irse y que en su lugar venga un gobierno de unidad nacional dotado con los poderes de un presidente”. Hecho poco común en los labios de un religioso, el gran imán de la mezquita de Al Azhar, el sheik Ahmed el Tayyeb, les hizo llegar a los manifestantes un mensaje en el que les decía que “rezaba para la victoria”.

Para el mariscal Tantaui ayer fue un día de malas noticias. Su pueblo continuará ocupando la plaza y al apoyo de los Hermanos Musulmanes se le atravesó la opción de Washington. La Casa Blanca se metió por primera vez en la segunda revolución mediante un comunicado donde la administración norteamericana integra los argumentos del pueblo. “El nuevo gobierno egipcio debe estar inmediatamente dotado de autoridad real (...) Creemos que una transferencia completa del poder a un gobierno civil debe tener lugar de una manera justa e incluyente que responda a las legítimas aspiraciones del pueblo egipcio tan pronto como sea posible.” La hoja de ruta que fija Wa-shington es clara, tanto más cuanto que Estados Unidos le suministra a Egipto 1300 millones de dólares anuales en ayuda militar.

En este complejo e inestable terreno, el ex director de la AIEA, Agencia Internacional de Energía Atómica, y Premio Nobel de la Paz Mohamed el Baradei parece ser el que más saca provecho. Mientras Tantaui y su recién nombrado primer ministro se hacían insultar en todos los tonos, El Baradei fue aclamado como un héroe cuando ingresó a la plaza. Hace unos meses, El Baradei, que también es candidato a la presidencia, era tratado con cierto desprecio. Como hace mucho que no vivía en Egipto lo apodaron “el extranjero”. Ayer lo aclamaron como una esperanza llena de legitimidad. “El no se ha ensuciado con este juego”, comenta Hussein, uno de los jóvenes que lo aclamaban.

Tahrir es un lugar a la vez trágico y mágico. Hubo muchos muertos y heridos. Sufrimiento extremo. Pero una fuerza colectiva trasciende la tragedia y deja intacta la magia. De aquí nadie se mueve. El Cairo es como un beso cálido. La noche ya lo ha envuelto todo. Todo menos la combatitividad y la convicción de este pueblo que desafía la represión y la muerte que acecha en cada esquina. Hazem intenta contener la emoción que le procura mirar la plaza llena de gente. Lo hace con esfuerzo. Tiene un ojo vendado, dos dedos rotos y varias luxaciones serias heredadas de la represión policial de los últimos días. Igual vino “para estar presente en la construcción del futuro, para ser más. Mi pueblo ya ha sufrido mucho. El dolor de mi cuerpo pasará mañana. Esto se decide hoy y es hoy cuando hay que estar presente”.