30/11/11

La revolución sexual: el feminismo

Por Agustín López Tobajas

El feminismo, con idéntica miopía y suficiencia que la ideología global que lo genera, se arroga el derecho a juzgar culturas de cuya naturaleza ignora absolutamente todo, de las que no conoce -y mucho menos compren­de- ni sus fundamentos, ni sus objetivos, ni su historia; y, sin que nadie se lo pida y sin tomarse siquiera la moles­tia de pedir su opinión a las interesadas, asume la defensa universal de las mujeres, imponiendo su moderna idea de libertad como punta de lanza en la occidentalización imperialista del planeta.



“Entre la mujer y el hombre existe, en el aspecto
espiritual, superioridad recíproca. En el amor
cada uno asume respecto del otro una función divina”. 

FRITHJOF SCHUON 

Dentro del cuadro de dogmas y creencias que configuran la mentalidad moderna, ninguno tan ideo­lógicamente respetado en este momento como el femi­nismo. Rodeado con el aura de un prestigio imponente y sacral, nadie se atreve a cuestionar o matizar cualquier propuesta formulada en su nombre y su sola presencia en el plano del discurso impone la adhesión incondicional o el silencio amedrentado; no es en vano: cualquier reticencia implica, por encima de toda razón, el estigma de «machista» o «fascista», si no la acusación de alentar el «sexismo» y la «violencia de género». Progresistas de derechas y de izquierdas se reclaman feministas por igual, y hasta radica­lismos políticos que difícilmente podrían concordar con sus principios evitan con prudencia la manifestación de cualquier discrepancia.

Ofuscada por el afán de imponer un uniformismo igualitario, impotente ante cualquier panorama complejo que escape a la cuadrícula o al juego elemental de sime­trías primarias, la ideología progresista pretende establecer la nivelación o incluso la abolición de los sexos por de­creto, despreciando la manifiesta desigualdad funcional que la naturaleza atribuye a los cuerpos. En una sociedad normal, la natural e incuestionable situación de supe­rioridad de unos seres humanos sobre otros -sean hombres o mujeres- por razón de sabiduría, nobleza de alma, fortaleza, capacidad de entrega o cualquier otra virtud o circunstancia, sería reconocida y valorada como fuente de deberes más que de derechos, a la vez que como estimable posibilidad de enriquecimiento espiritual e intelectual para toda la colectividad. Invirtiendo escrupulosamente la perspectiva, es decir, viendo exclusivamente toda de­sigualdad como una oportunidad de explotación y humillación, una consecuencia de la búsqueda sibilina o abierta de derechos abusivos y arbitrarios, el progresista moderno pone de manifiesto su propio encanallamiento congénito, las tendencias irrefrenables de su alma y su deseo consciente o subconsciente de poder y de dominio. Y si se concluye que ésa es la realidad y que sólo somos capaces de vivir la desigualdad como ocasión para la violencia y la opresión y no como fuente de una dinámica perpetuamente creativa y recíprocamente reparado­ra, habría que dejarse de panegíricos y autoalabanzas y aceptar entonces que el hombre moderno es un monstruo, y la uniformizada democracia, la cadena y la condena que precisa.

Sin negar la idéntica dignidad esencial de los seres humanos ante el espíritu, todas las culturas han sabido que las diferencias biológicas entre hombre y mujer se corresponden con diferencias psicológicas y anímicas que les predisponen consecuentemente -al margen de ano­malías o excepciones siempre legítimas- a vocaciones distintas y, por tanto, a funciones diferentes, tanto en el nivel existencial como, más concretamente, en el social. Curiosa contradicción que la modernidad, que todo quiere basarlo en fundamentos materiales, se empeci­ne, en este caso, en que la biología no tiene, misteriosa­mente, relación ninguna con otros planos no físicos de la personalidad.

Como las diferencias biológicas no podrían ser expresiones de un alma inexistente, sino mero producto de un azar irrelevante, hombres y mujeres serán perfectamente intercambiables en su papel social. Y en efecto, reducidos a meras unidades anónimas en el pro­ceso de producción y consumo, eliminado cualquier rasgo de cualidad en los sexos y en los individuos, en su natura­leza y en sus funciones, la «realidad» confirma que en la sociedad democrática todos servimos indistintamente para todo, es decir, para nada. Hombres y mujeres, en verdad, parecen capacitados por igual para habitar con desenvoltura en las más altas cotas del sinsentido que la sociedad del progreso requiere, para ejercer con eficacia y comodidad sus papeles de autómatas programados.

Hombre y mujer son la manifestación a nivel humano de la polaridad cósmica entre lo masculino y lo femenino, el providencial desequilibrio ontológico que rompe la unidad indiferenciada del ser y genera la riqueza ilimi­tada y perpetuamente diferenciada del juego cósmico. Estamos ante categorías que transcienden con mucho el campo de la biología o la sociología. Se olvida casi siempre que si lo femenino ha sido sojuzgado en la historia de la humanidad -una historia de caída y decadencia- no menos lo ha sido lo masculino, y que si el varón se ha impuesto socialmente sobre la mujer, lo ha hecho pre­cisamente, no en virtud de su naturaleza prístina, sino como resultado de su propia degradación en voluntad de dominio y fuerza bruta, en un mórbido juego de fatídica interrelación con lo femenino, degradado por su parte según sus vías específicas. La imposición de los hombres sobre las mujeres, allí donde se ha dado, lejos de significar el sojuzgamiento de los valores femeninos por los masculinos, como tan irreflexivamente se afirma, ha sido la forma en que se ha manifestado la corrupción de ambos principios, el parejo sometimiento de uno y otro, según sus particulares modos de decadencia, a la oscura y ciega fuerza de las tinieblas, y ambos precisarían de un igual esfuerzo de restauración para la recuperación de sus respectivas y genuinas dimensiones de luz, tan deterioradas y corruptas en un sexo como en otro.

Precisamente por ignorar este hecho decisivo, el feminismo ha asumido sin dificultad todos los valores del machismo, al que dice combatir, adoptando sus mismos esquemas, a los que, simplemente, trata de cambiar de signo. Aceptando su misma valoración de las funciones sociales, admite por ejemplo que toda tarea «improductiva» es, de acuerdo con los criterios del homo economicus, ocupación inferior y secundaria respecto al trabajo «productivo», y propone como deseables unos objetivos sociales tan halagadores para el ego como empobrecedores para el intelecto; reivindicar cargos relevantes o puestos de dirección en las estructuras económicas, políticas o administrativas es reivindicar el derecho universal al entontecimiento indiscriminado sin distinción de sexos. Acomodándose bien a las chirriantes disfuncionalidades de un sistema basado en la precaria búsqueda de com­pensaciones entre irracionalidades de distinto signo, la lucha del feminismo por participar de los supuestos «derechos» masculinos no es sino la egoica reivindicación colectiva del derecho a participar en una misma insensatez: no carece de significado, por ejemplo, que uno de sus logros principales consista en que la mujer haya igualado y aventajado ya al hombre en la adicción a ciertas drogas. En esta carrera por ver quien alcanza primero los límites del arruinamiento definitivo, el feminismo -salvo excep­ciones no significativas en un análisis global- no ha combatido por los derechos de la mujer sino por la igualdad con el hombre o, más exactamente, con la lamentable caricatura de hombre actualmente en vigencia; en otras palabras, la curiosa liberación a que aspira el feminismo pretende hacer de la mujer una variante de un hombre degenerado.

El criminal y espectacular incremento de la violencia en el marco doméstico -inadecuadamente llamada «de género»- en las sociedades democráticas, ejercida por quienes disponen de superioridad en fuerza -ha­bitualmente los hombres sobre las mujeres en el plano físico-, no puede utilizarse para disimular las arbitra­riedades más profundas del feminismo. No se trata ya de las tropelías perpetradas en su nombre en el ámbito social -que se pueden intentar justificar como mecanismo reactivo o defensivo- y que se despliegan en una amplia gama de actitudes que serían consideradas intolerables y tildadas de «fascistas» en agentes masculinos pero que son «discriminación positiva» cuando son asumidas por mujeres; más allá de tales desmanes, e incluso de la violencia psíquica ejercida con más o menos frecuencia en dirección contraria -ignorada porque no deja sangre-, lo real­mente significativo es la progresiva implantación en el mundo desarrollado de un fundamentalismo feminista, como aspecto del fundamentalismo democrático imperante, que pone de manifiesto la incapacidad del Occidente moderno para encontrar un equilibrio dinámico ascendente entre los contrarios, en esta área como en cualquier otra.

El feminismo, con idéntica miopía y suficiencia que la ideología global que lo genera, se arroga el derecho a juzgar culturas de cuya naturaleza ignora absolutamente todo, de las que no conoce -y mucho menos compren­de- ni sus fundamentos, ni sus objetivos, ni su historia; y, sin que nadie se lo pida y sin tomarse siquiera la moles­tia de pedir su opinión a las interesadas, asume la defensa universal de las mujeres, imponiendo su moderna idea de libertad como punta de lanza en la occidentalización imperialista del planeta. La mentalidad feminista, con­vencida, como la cultura progresista en su conjunto, de que todas las ideas son deudoras de oscuros condiciona­mientos culturales o temporales salvo las suyas -que serían, por supuesto, químicamente puras y libres de toda contaminación-, se cree con derecho a imponerlas por doquier, incapaz de comprender algo tan elemental como que si ciertas costumbres ajenas se le antojan aberrantes o absurdas, no menos perversas y esclavizantes pueden parecer a otros pueblos las «liberadoras» actitudes occidentales; por ejemplo, el sometimiento de la mujer moderna -sometimiento, por lo demás, aceptado con más o menos complacencia en tanto que fuente de poder ­a los esquemas de una sociedad que hace de ella un objeto sexual, obligándola a adoptar unos humillantes criterios de belleza corporal -que por interiorizados cree libre­mente asumidos-, el sometimiento degradante -exten­dido ahora a los hombres- a todo tipo de ridículas modas, o la obligación de desempeñar unas funciones sociales intrínsecamente alienantes o simplemente incompatibles con otra visión del mundo.

Por más que la idea escandalice a los demócratas, una sociedad que no sólo libera de cualquier control las poderosas energías telúricas del sexo, sino que cons­cientemente las estimula y las provoca en un medio de confusión y perturbación mental generalizada, no puede no esperar su desencadenamiento como violencia destructora. Empeñarse en ignorar la doble capacidad de creación y destrucción, de vida y muerte, de la energía erótica, como si fuera un puritano prejuicio decimonónico, es ignorar el mysterium coniunctionis que subyace en todo lo real y seguir dando crédito al mito anarco-rousseauniano de la bondad y la simplicidad natural, que -como dice Elémire Zolla- quisiera hacer de una sociedad sin leyes algo parecido a una merienda campestre organizada por los miembros de una asociación vegetariana.

La mentalidad moderna pretende mantener la diferenciación en los cuerpos, en tanto que fuente de satisfacción sexual, imponiendo a niveles superiores una unisexualidad amorfa, abolición práctica de toda dimensión superior de la sexualidad. Un alma única para dos cuerpos distintos: llegamos así, de forma que no tiene nada de casual, a la exacta imagen invertida, es decir, satánica, del andrógino primordial, que reunía dos almas sexual­mente diferenciadas en la biunidad irreductible de un único cuerpo.

La homosexualidad que actualmente se difunde por Occidente no pasa de ser otro síntoma más de que en el mundo moderno nada está en su sitio. Al margen del necesario respeto a opciones individuales que incumben a la vida de cada cual, no deja de ser chocante que entre tanto cántico a «lo natural», se pretenda hacer pasar por «normal» lo que constituye la más obvia vulneración de las leyes que rigen el funcionamiento mismo de la naturaleza.

Si hombre y mujer aspiran a algo más que a su descomposición en un ente híbrido, amorfo y confuso, deberían reencontrarse, más allá de las volubilidades de la historia, con su verdadera condición, ahora olvidada, de seres íntegramente -y no sólo físicamente- sexuados, y, a partir de ahí, teniendo en cuenta la evolución metasocial de la conciencia humana y las circunstancias del momento, redefinir las funciones sociales e individuales, no para adaptarse mejor a una dinámica histórica distorsionada, sino precisamente para reorientarla de forma acorde con sus naturalezas específicas: el resultado no puede ser otro que el reconocimiento de una generosa superioridad recíproca en la que lo masculino y lo femenino, asumiendo sus diferencias y aceptando sus límites respectivos, sean polos que se ofrecen mutuamente aquello de lo que el otro carece en un diálogo recurrente de superaciones sucesivas que se eleve y los eleve hacia las alturas del espíritu.