10/11/11

La religión: entre la ética social y el espiritualismo flácido.



El cristiano moderno ya no vive su religión como una respuesta íntegra, unitaria y totalizadora al interrogante de la existencia, sino que más bien parece sentirla como algo acomplejadoramente inútil -si no embarazoso- para moverse en lo que considera «el mundo». Confun­diendo el camino del cielo con la historia, continuamente se siente obligado a recurrir a la sociología o a la psicología, al marxismo, en su momento, al ecologismo después, en suma, a la última moda mental impuesta por el mercado ideológico, para responder a las presiones del medio.



Por Agustín López Tobajas


Hombre, hazte esencial, pues cuando todo se acabe, 

el mundo perecerá y la esencia subsistirá.

ANGELUS SILESIUS




Sean cuales sean los orígenes de la crisis del cristia­nismo, a mediados del siglo XX la Iglesia católica era una estructura fosilizada, una gigantesca maquinaria buro­crática que, habiendo cedido, siglos ha, a la tentación del poder temporal, se aliaba a los poderosos y carecía de toda autoridad espiritual. Las virtudes y valores profundos del Evangelio se veían desplazados por una moral farisaica sin apenas más horizonte que la observancia temerosa de ciertos preceptos eclesiales. El Antiguo Testamento -providencial herencia del judaísmo- había degenerado en convencional «historia sagrada», conjunto de relatos supuestamente ejemplarizantes para mentes adorme­cidas. El culto no era ya sino la repetición mecánica de fórmulas y gestos cuyo significado profundo casi todos ignoraban; el ritual, degradado en ceremonia, trataba en vano de compensar con fastos más o menos sun­tuosos la ausencia de sentido interior. El símbolo, tan opaco a los ojos de los fieles corno de los ministros, se había convertido en elemento decorativo o convencional seña de reconocimiento.

Frente a este estado de cosas iba a reaccionar la men­talidad «conciliar» siguiendo un camino insospechado: acabar con la enfermedad rematando al enfermo; poseída por el más estrecho racionalismo, la Iglesia conciliar lleva a cabo la destrucción sistemática de los soportes tradicionales de la espiritualidad cristiana. Se oculta de forma avergonzada y vergonzante cuanto pueda tener resonancias míticas o cosmológicas, pues, perdida la capacidad para comprender su más hondo sentido, se lo considera conocimiento periclitado ante los supuestos descubrimientos de la ciencia. El rito que antaño polarizaba la liturgia cristiana, re-presentación e integración en el sacrificio del Calvario -que lo era, a su vez, del sacrificio cosmogónico- se convierte en reunión de objetivos difícilmente precisables, como no sea el mantenimiento del espíritu gregario y la satisfacción de una obsesiva manía conmemorativa -en el sentido más superficial del término- que trasluce una tenaz ofuscación por el hecho histórico. Se arrincona el símbolo y, en la escasa medida en que se recurre a él, es para degradarlo en racional alegoría, añadiendo así la confusión al olvido. El arte sagrado y la liturgia son «actualizados», o, lo que es igual, se desprecia un legado intemporal que representa la culminación de la civilización de Occidente, por una infracultura de desechos plásticos y sonoros que nada oculta porque nada contiene. Así, por ejemplo, unas cancioncillas ñoñas, literariamente banales y musical­mente inconsistentes, sustituyen a los celestiales acordes polifónicos o a la austera y solemne gravedad del grego­riano, y una arquitectura de hormigón -material in­noble, falsificación vil de la piedra- confunde el templo con la cárcel y la fábrica. La mentalidad post-conci­liar, con un complejo mal asumido de culpa histórica, se empeña con ahínco en emular por doquier la mediocridad generalizada del mundo contemporáneo.

¿En nombre de qué podrá la vulgaridad o la fealdad servir de instrumento al Espíritu y fomentar la virtud y el amor entre los seres humanos? ¿Qué acrobacia mental se atreverá a justificar tanta blasfema trivialidad y tanto convencionalismo contestatario por el anquilosamiento institucional o la bestialidad homicida de la dinámica social?

Fueran cuales fuesen sus hipotéticas intenciones iniciales, el espíritu del Vaticano II ha supuesto, de hecho, la completa socialización de lo divino con la reducción del cristianismo a una ética social vacía de todo contenido espiritual. Resulta patética esa obsesión de los cristianos modernizantes por andar corriendo tras revoluciones que para nada les atañen... con varios lustros de retraso; en el fondo, como casi olvidada reliquia, la imagen de una transcendencia difusa y raquítica, a punto de morir por inanición y a la que sólo la inercia y la falta de valor y de rigor intelectual mantienen todavía en su arruinado pedestal.

La racionalización y «descosmización» progresiva del cristianismo ha tenido como consecuencia que el cristiano moderno ya no sienta el mundo como obra del Espíritu; la naturaleza misma queda al margen del drama cristológico y cualquier eventual preocupación por un entorno desacralizado se inscribe en el marco de una acti­vidad social ajena por completo a toda consideración espiritual. La retirada de lo religioso al interior de las conciencias hubiera podido ser, a pesar de todo, la ocasión provisional y providencial de una necesaria regeneración; posibilidad frustrada, en todo caso, pues el repliegue interiorizante no se ha traducido en apertura a la trans­cendencia sino en sometimiento servil a la historia y a las exigencias de los mecanismos sociales.

El cristiano moderno ya no vive su religión como una respuesta íntegra, unitaria y totalizadora al interrogante de la existencia, sino que más bien parece sentirla como algo acomplejadoramente inútil -si no embarazoso- ­para moverse en lo que considera «el mundo». Confun­diendo el camino del cielo con la historia, continuamente se siente obligado a recurrir a la sociología o a la psicología, al marxismo, en su momento, al ecologismo después, en suma, a la última moda mental impuesta por el mercado ideológico, para responder a las presiones del medio.

Huyendo del panteísmo que supuestamente le amena­zaría desde otros ámbitos religiosos, tan incapaz como el resto de sus contemporáneos de ver en las cosas algo más que las cosas mismas, el cristiano moderno profesa un teísmo materialista: esquizofrenia espiritual que exhibe complacido como supuesta muestra de libertad. Este cristianismo socio-psicológico que, encerrado en los límites de la historia y el acontecer, encuentra sus fuentes de inspiración más en la estadística y las noticias de prensa que en la Escritura y el Espíritu Santo, agoniza en un mundo en el que resulta innecesario y superfluo.

En el contexto de una existencia desacralizada, las actuales diferencias entre conservadores y progresistas en el seno de la Iglesia constituyen un asunto casi irrelevante. El espíritu de la modernidad, al que todos prestan aca­tamiento y sumisión, convierte sus desacuerdos en dis­crepancias tácticas, no mayores que las que diferencian entre sí a unas fuerzas políticas de otras: cuestiones de matiz. El integrismo, por su parte, tan aferrado como sus oponentes a la historia y cerrilmente incapacitado para toda labor hermenéutica y cualquier atisbo de discernimiento, se limita a repetir de memoria una lección que no comprende.

Si el cristianismo racionalista no se eleva un centímetro por encima del suelo, el neoespiritualismo que actualmente se difunde en Occidente se mueve en un mundo que parece lindar con un cielo de cartón-piedra por arriba y con el infierno puro y simple por abajo. El vacío dejado por el cristianismo se quiere llenar parcialmente con los evanescentes efluvios de un eco-espiritualismo flácido y simplón, que pretende meternos en la era de Acuario a fuerza de autoestima, galletas integrales y cursillos de fin de semana para sacarle brillo al aura, arreglarle a uno la vida o doctorarse en cualquier cosa. Un pintoresco ejército de magos, videntes, masajistas, naturópatas, espiritistas, ocultistas varios, quiromantes, teosofistas, observadores de platillos volantes, geomantes, astrólogos, gurús de­positarios de nuevas revelaciones, diversas variedades de psicólogos, nigromantes, aprendices de hechicero, mani­puladores de energías galácticas y expertos en todo tipo de técnicas holísticas, bioenergéticas, paracinéticas y metacósmicas colaboran ahora (al margen de la legitimi­dad de alguna de tales ocupaciones en su realidad genuina) en la fabricación de una caricatura de espiritualidad en tonos pastel, materialista y hedonista, que ignora los más elementales fundamentos de cualquier realidad espiritual.

Así, con la pretensión de recuperar una espiritualidad cósmica y sintonizando estrechamente con la moda ecologista, se resucita un cierto paganismo decadente que convierte a la naturaleza en el decorado para todo tipo de delirios psíquicos y arrebatos sentimentales, asignándole el papel de bucólico fondo para trances inciertos o de teatro de operaciones para aficionados a la alquimia recreativa.

Cualquiera de las grandes tradiciones espirituales de Oriente es un hecho integral, unitario, del que no es posible la separación de un elemento parcial sin la pérdida fatal de su sentido. Pero la fragmentada y fragmentadora mente del racionalista occidental no es capaz de concebir una realidad que no sea susceptible de ser desmontada en piezas, como si de un mecanismo se tratase. Así, tomando elementos dispersos de aquí y de allá, se fabrica un yoga que ignora el hinduismo, un zen que no tiene nada que ver con el budismo o un sufismo escindido radicalmente del islam. En suma, unas doctrinas empobrecidas y tergiversadas, privadas de raíces y de savia cuya anemia teórica no es disimulada, sino subrayada, por un amasijo metodológico donde se confunde el yoga con la gimnasia, el sufismo con la danza, el taoísmo con las artes marciales, el tantra con el incremento del placer sexual, y se mide el karma en términos de contabilidad bancaria y rentabilidad económica. Cualquier asomo de pretensión noética es asfixiado por una inacabable profusión de técnicas que, previo pago de los correspondientes honorarios, nos permitirán conocer nuestras existencias pasadas, contactar con los ángeles, realizar milagros o tocarle las plumas al Espíritu Santo; así se va construyendo una Babel confortable y profiláctica que rehúye de antemano elevarse demasiado para evitar cualquier vértigo.

En definitiva, estamos ahí ante un experiencialismo primario e infantil, cuyos adeptos, orgullosos, al parecer, de su indigencia intelectual, huyen, como si del demonio en persona se tratase, de cualquier esfuerzo serio de reflexión. Como la más definitiva de las descalificaciones, se tilda despectivamente de «mental» todo recurso al pensamiento que vaya un centímetro más allá de lo inmediato, como si la mente no formara parte de la vida y la inteligencia no tuviese relación con el Espíritu. En la Babel generada por ese batiburrillo de buenas intenciones, confesados intereses económicos, caos mental y fuerzas psico-físicas de procedencias variadas y dudosas, los adeptos New Age, con dificultades para entender que una cosa es transcender la mente y otra permanecer por debajo de sus posibilidades más elementales, imaginan haber superado cosas de las que en realidad no han entendido una sola palabra. Pero qué más da... Lo que importa es fluir.

Desgajado de toda raíz tradicional, manipulando el éxtasis para ocultar la necesidad imperiosa del compromiso personal y la exigencia ineludible de la propia trans­formación, este espiritualismo de laboratorio reproduce a su manera el abrazo mortífero de Maya. Abrazo flácido, se diría, pues todo tiene, en el mejor de los casos, un aire melifluo e insubstancial; es como una mezcla de angelismo insulso y hedonismo gelatinoso que huye horrorizado de todo esfuerzo sostenido, de cualquier renuncia ascética, de toda actitud de firmeza frente a la corriente de los tiempos.

Si el cristianismo ha sido sacrificado en el altar del racionalismo socio-psicológico, y las religiones de Oriente nos llegan pasadas por el acaramelado tamiz de la New Age, el Islam, por su parte, creciendo, como los otros dos monoteísmos, en un terreno al parecer propenso al fanatismo y el sectarismo, se suma al baile de máscaras con el disfraz que le impone el integrismo. La tradición de Ibn Arabi y al-Hallaj, de Rúmi y Sohravardi, como invertida en un espejo diabólico, aparece metamorfo­seada en las creencias de unas bandas de dementes iluminados, dispuestos a hacer saltar el mundo por los aires para evitar que lo hagan saltar sus enemigos. Si la corrupción de lo óptimo genera lo pésimo -como bien decía san Ireneo-, la suma de los dos procesos de corrupción que la occidentalización del mundo ha generado en las sociedades tradicionales, integrismo y modernismo, da lugar a espeluznantes espectáculos de sangre y crueldad que albergan las barbaridades más grotescas, de tal modo que la posibilidad de que los miembros de quienes atentan contra la ley sean ahora higiénicamente amputados por la seguridad social se armoniza bien con el sistema democrático, que monta organizaciones humanitarias para atender caritativamente las mutilaciones que dejan sus bombardeos.


Fuente: Capítulo VIII  del "Manifiesto contra el Progreso". Preparado por Zainab Pi para el blog "Islam en Mar del Plata".