16/11/11

Irán: ¿Se cierne la tormenta?

Por Enrique Lacolla

Cada día se activa más duramente la combinación de agresión y ajuste que distingue al sistema económico, militar, comunicacional y político que intenta adueñarse del mundo. Pero tal vez esté empezando a morder hueso.






Se nos excusará el haber puesto esta nota bajo la advocación de Winston Churchill. En sus memorias de la segunda guerra mundial, en efecto, el último gran exponente del imperialismo británico titulaba el primer volumen “Se cierne la tormenta”. Ninguna frase puede definir mejor el sombrío color de los tiempos que se nos vienen encima. Pues los delirios del totalitarismo hitleriano empalidecen frente a lo que puede llegar a suceder si el rumbo de la política mundial no encuentra un freno.

Lo sucedido esta semana en diversas partes del mundo ratifica la voluntad del sistema turbocapitalista en el sentido de ratificar el rumbo asumido hace 40 años y reforzado a partir de la caída de la URSS. Se trata, por un lado, de actuar resueltamente para consolidar los datos de la globalización asimétrica a través de la neutralización militar de los países más débiles que se resisten a adecuarse a la regla del juego. Y, por otro, de estrechar los márgenes de relativa autonomía de que gozaba todavía la población de los países del centro frente a la coerción del capitalismo financiero, empezando a apretarle las tuercas a sus miembros menos fuertes. En efecto, los que determinan el curso de las cosas, en estos momentos, no son tanto los gobiernos, sino los bancos y los organismos del capitalismo financierizado. Irán, Grecia e Italia suministran tres pruebas, de diferente estilo, del rumbo de la apisonadora neoliberal. La cual, pese a los manifiestos estragos que ha producido, sigue marchando.

La súbita declaración del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) respecto de la andadura del programa nuclear iraní, ha prendido todas las luces de alarma. Seamos claros: las luces de alarma de quienes se oponen al modelo propuesto por el imperialismo financiero cubierto por su panoplia militar. En efecto, en principio no son los países centrales los preocupados por esas señales, ya que son ellos mismos los que las emiten. Las alertas que se desparraman por todo el mapa y hacen hincapié en el peligro del terrorismo son fantasmagorías excitadas –y en ocasiones llevadas la práctica para darles un sustento orgánico y hacerlas más creíbles- por quienes no buscan otra cosa que pretextos para lograr unos fines inconfesables. Fines que sin embargo son perceptibles para cualquiera que conozca algo de historia o que siga con un mínimo de atención el curso de la actualidad.

La OIEA es un organismo de las Naciones Unidas, de ahí lo sensacional de su afirmación en el sentido de que Irán estaría a poca distancia de obtener la capacidad para fabricar armas nucleares. De pronto una eventual decisión agresiva contra Irán encuentra un sustento en apariencia legal. Hace unos pocos meses el mismo organismo, bajo la presidencia de Mohamed Al Baradei, había informado exactamente lo contrario acerca de la evolución del programa nuclear iraní. Hoy, empero, bajo la batuta del japonés Yukiya Amano, la OIEA se deschava con una noticia que no puede sino incidir de manera muy peligrosa en las tensiones en Medio Oriente. Donde Israel –en especial a través de su primer ministro Benjamín Netanyahu- está urgiendo con más energía que nunca para que se lance un ataque preventivo contra Irán, a fin de destruir al “huevo de la serpiente” en su nido. En el ínterin se perfilan ya sanciones económicas

Todo tiene un aire a “deja vu” que remite a las acciones psicológicas preparatorias de los ataques que se cumplieron contra Afganistán, Irak y Libia. En el primero de estos casos se usó la conmoción provocada por el 11/S para voltear al gobierno de los talibanes y para tomar posesión de un enclave estratégico. En el segundo fueron las armas de destrucción masiva que almacenaría Irak el móvil que desencadenó el ataque. De esa manera, se argüía, se imposibilitaría su uso. Sin embargo poco después de derrocado Saddam Hussein se comprobó que de tales armas no había ni rastro. Y en el caso libio fueron los supuestos estragos cometidos por un “dictador loco” contra su propio pueblo lo que estimuló la benevolencia de Estados Unidos y de la Unión Europea para desencadenar una guerra “humanitaria” que acabó con Gaddafi y con cualquier atisbo de soberanía libia.

Hoy el guión es igual. Las etapas para cumplirlo pueden extenderse o abreviarse, pero el objetivo es el mismo. Lo que difiere es la naturaleza del objetivo a golpear, que debe entenderse como mucho más complicado y poderoso que Libia, Afganistán, Irak o Siria (hoy sometida a una presión que no augura nada bueno para el régimen de Bashir Al Assad). Irán es mucho más poderoso que todos esos países juntos: tiene 80 millones de habitantes, unas fuerzas armadas de primer nivel, probadas en el campo de batalla; un abundante armamento de última generación y ha dispersado y enterrado sus blancos más sensibles en búnkeres que podrían hasta necesitar de bombas nucleares tácticas para ser demolidos. ¿Y cómo reaccionarían Rusia y China ante un ataque de ese género?

Ante la escalada de las presiones contra Siria e Irán, la Organización de Cooperación de Shangai (SCO, por su sigla en inglés) ha anunciado, tras la cumbre realizada en San Petersburgo, que la entidad pronto abrirá sus puertas para la membresía plena de Pakistán, Irán y la India. La SCO es una asociación que de hecho representa un pacto de seguridad colectiva que reúne a Rusia, China, Kazajastán, Kyrgikistán, Uzbekistán y Tajikistán. De todos ellos, como es obvio, Rusia y China son las potencias directoras y representan, en sí mismas, una suma descomunal de poderío económico, político y militar. La plena apertura de las puertas de la SCO a los países que hoy son amenazados por la OTAN –como Irán y Pakistán- sugiere que el eje ruso-chino se propone contrarrestar la interferencia norteamericana en Asia.

Los mismos jefes militares israelíes observan con desconfianza la tarea que pretendería endilgarles Netanyahu. Este, por su parte, entiende muy bien que la aventura sólo puede tener una salida exitosa si está encabezada por la OTAN y contando con un compromiso total de Estados Unidos en lo referido a las operaciones aeronavales necesarias para empujar a Irán al abismo. ¿Tendrán Barack Obama y sus socios europeos la imprudencia que es necesaria para tomar las decisiones que llevarían a un conflicto abierto con Irán y a la legión de imponderables que lo acompañaría? Nada es menos seguro. Pero el rumbo que están tomando las cosas en los últimos tiempos parecería indicar que la balanza se está inclinando hacia el lado de la agresión.

El ajuste


En el viejo mundo el guante de hierro del sistema neoliberal aprieta la garganta de griegos, italianos y españoles, mientras Portugal e Irlanda esperan su turno. Las catástrofes originadas en América latina y otras partes del mundo no han desalentado a los países centrales para seguir implementando las políticas de ajuste. Lo que ocurre es que, en realidad, esas políticas son experimentadas como catástrofes por quienes las sufren; en cambio, para quienes las teorizan, propulsan y llevan a cabo, son un éxito.(1) Las crisis están programadas para que los bancos y el sistema financiero se concentren más y ganen en el hundimiento que han programado. Se arman ficciones políticas para disimular que las crisis están montadas para lucrar con ellas. Los bancos inflan una burbuja inmobiliaria, luego, cuando esta revienta, amenazan con el naufragio del entero sistema financiero. Resultado, que sus personeros instalados en la cumbre del Estado, en vez de castigarlos y de acudir en socorro de los de veras afectados por la crisis, derraman en el sistema financiero billones de dólares y euros a fin de sostener el sistema en pie. Mientras tanto, las víctimas de la estafa bancaria son exprimidos a través de la supresión o reducción de los seguros sociales, de la contracción del mercado que a su vez causa una baja en el empleo y de la privatización de grandes empresas públicas, que pasan a manos de los pool del dinero. Y el capital se concentra cada vez más en menos manos.

Esta receta es sobradamente conocida por nosotros, que hubimos de pasar por la experiencia devastadora e ignominiosa de la década del ’90, cuyos efectos fueron compartidos por muchos otros países de América latina. Si hemos salido –en parte- de ese sofoco se debe a la disposición de grandes recursos en materia de commodities, a una coyuntura internacional favorable a la exportación de estas, y a un cambio de política que ha devuelto al Estado bastante de su capacidad de intervención en la economía, promoviendo un grado importante de recuperación industrial y activando el consumo y el empleo. La tutela social asimismo ha paliado los extremos más abusivos de la desigualdad.

Esto no basta, pero es al menos un principio.

En Estados Unidos la crisis comenzó a manifestar sus contornos más antipáticos en 2008, con el tema de las subprimes. El globo inflado de la construcción inmobiliaria evidenció sus límites. Este año la crisis de los activos tóxicos se agravó y se extendió a Europa donde, ante el empeoramiento de la situación, Alemania y Francia empezaron a exigir el resarcimiento de los préstamos otorgados a las naciones del sur del continente y que, como aquí en la época en que se contrajo la deuda externa, se habían dilapidado en la especulación y en gastos suntuarios u oportunistas. Es la hora entonces de apretar las tuercas y de hacer responsables a los estafados de la culpa de los estafadores, promoviendo el ajuste fiscal, “saneando” los gastos del Estado por medio de la reducción de su planta de servidores, recortando las pensiones, alargando el plazo para las jubilaciones, favoreciendo el ahorro fiscal –destinándolo al pago del servicio de la deuda- al suprimir organismos que se estiman superfluos vinculados a la salud, la cultura y la educación y, lo último pero por cierto no lo menos importante, proveyendo las medidas necesarias para privatizar las empresas públicas y los servicios estratégicos.

Todo esto para mayor gloria del capital concentrado. Lo más curioso es que las políticas que llevaron a esta situación de angustia fueron realizadas por partidos que, o se identificaban con la derecha o, si eran de izquierda, se desvivían por aplicar las recetas neoliberales, en una apoteosis del discurso único que sigue poniéndose en práctica, mientras se deja a las masas de “indignados” que protestan en las calles sin una orientación política directa.

¿Hasta cuándo se podrá seguir con esta situación? La economía mundial capitalista financiarizada es cada vez más una máquina incontrolable que trastorna la vida de los seres comunes, desplaza el dinero, reubica las industrias para sacarlas de sus antiguos centros y situarlas en economías emergentes que disponen de mano de obra e incluso de know-how más baratos; y que invade y arrasa con las armas los lugares donde entiende puede conseguir reservas naturales y posicionamientos estratégicos útiles para controlar o destruir a sus contrincantes eventuales. Pero ocurre que venimos de una época en la cual los pueblos entraron en la historia por la manifestación de su propio derecho colectivo. Volverlos a la servidumbre de la gleba es imposible: incluso los regímenes más duros y tiránicos del siglo XX se fundaron en consensos populares de los que extraían su legitimidad. Ni el nazismo ni el comunismo flotaron en el aire.

Hoy, hasta las llamadas democracias representativas han perdido su capacidad de representar nada, como no sean los intereses de los políticos que se alquilan para defender al sistema. Para comprobarlo basta mirar la experiencia de Georges Papandreou, el ex primer ministro griego, quien apenas se le ocurrió convocar su pueblo a un referéndum por sí o por no respecto del plan de ajuste impuesto por la Unión Europea, hubo de dar marcha atrás ante la gélida reconvención de franceses y alemanes y la extorsión de sus organizaciones económicas en el sentido de que todo el paquete de “ayuda” a Grecia se congelaba hasta el levantamiento de la compulsa popular.

El siglo XX ha enseñado que no se puede gobernar indefinidamente contra el pueblo, ni que el pueblo puede regirse sin algún tipo de gobierno en el cual se reconozca. La crisis que estamos viviendo es económica, pero también política, pues han desaparecido los liderazgos válidos. Encontrarlos no va a ser fácil, pero por cierto no los vamos a hallar en el discurso beato de la democracia formal – que encubre la coerción feroz del sistema- ni en la protesta genérica. Hacen falta formas políticas y normas ideológicas que sólo pueden surgir de la recuperación de la memoria del pasado, del aprendizaje de esa experiencia y de la capacidad para programar el futuro. Cuáles serán tales normas es el mayor interrogante que plantea el presente y al cual no es posible responder con seguridad. La única certeza es que el actual sistema global es inviable y que se debe resistirlo apelando a un discurso renovador que dé la espalda y rebata los lugares comunes de la propaganda y de la intoxicación mediática, mientras se forjan los instrumentos de una nueva forma de hacer política.

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Nota

1) La Presidente Cristina Fernández incurrió en una ingenuidad al señalar a los principales exponentes del G-20, en la reunión de Cannes, los peligros del “anarco-capitalismo”. La deben haber mirado con compasión, si esos individuos son capaces de semejante sentimiento. Hablarles a Sarkozy, Obama o Merkel de la virtud que supondría una organización racional del despilfarro capitalista es como predicarles bondad a los tiburones. Aunque en el fondo quizá se tratase, de parte de nuestra Presidente, de una forma esópica de endilgarles a los Grandes sus culpas, simulando creer que estas son fruto de errores, en vez de ser el resultado unas políticas deliberadas. Suponer, en el otro, virtudes de las cuales se está consciente que este no posee, es una forma alusiva-elusiva para deslizar unos conceptos que de otra manera detonarían “como un pistoletazo en un concierto”…