10/11/11

El orden político. La democracia



Por Agustín López Tobajas-Manifiesto contra el progreso

Apartemos de nosotros el mal gusto de querer coincidir con muchos.                                                                                                NIETZSCHE






En el ámbito de lo social, considerado por hipótesis el fundamento mismo de la «realidad» -premisa funda­cional del pensamiento progresista-, se establece el valor absoluto de la democracia como sistema político, decre­tando que la verdad está en función de la cantidad, o, lo que es igual, que una sandez puede ser elevada a la condición de verdad siempre que sea vociferada a coro por una masa de energúmenos suficientemente voluminosa. Tras milenios de esclavitud por fin la humanidad ha­bría conquistado la libertad: el pueblo soberano, en su trono de cartón, ya puede manifestar su opinión, eligiendo entre las opciones que otros han elegido previamente para él, en el imperio de los medios para fabricar opinión.

La uniformización del planeta avanza de la mano de un integrismo democrático que se legitima a sí mismo y se impone por la fuerza a todos los pueblos. El sistema democrático presume orgullosamente de dar el mismo valor a la opinión de un Platón -si lo hubiera- que a la de un «cabeza rapada». Como culminación de su pensa­miento político, tras varios siglos de concienzuda elaboración, ése es el más depurado y sutil sistema social que la mentalidad moderna ha sido capaz de concebir. ¿A qué grado de alucinación colectiva se ha llegado para que tal confesión de ignorancia y de impotencia no ha­ga estremecerse los fundamentos mismos de nuestra civilización?

El progresismo, que, fiel al dualismo cartesiano, pa­rece colocarse al límite de sus posibilidades mentales en cuanto tiene que manejar más de dos opciones en cualquier problema, no ve más alternativa a las dictaduras sangui­narias que la propia dinámica de su sistema genera que la democracia, y así la unidimensionalidad de la visión occidental divide el mundo en demócratas y terroristas, incluyendo entre estos últimos a quienes sencillamente manifiestan su desdén por el sistema que llevó a Hitler al poder o achicharró vivos a varios cientos de miles de japo­neses en 1945, por no hablar de sus hazañas en Vietnam, Afganistán, Irak, etc.

En nombre de un igualitarismo despersonalizante y anónimo, el fundamentalismo del mercado uniformiza a los hombres y las cosas para instaurar el imperio de lo Único: el pensamiento único, la cultura única, el hombre único. Unificación substancial del mundo como culminación de la verdad escondida en el anhelo demo­crático: todo exactamente igual a todo, como sólo lo absolutamente desprovisto de cualidad puede llegar a serlo. Desde un mundo hasta hace poco rico en su múltiple diversidad de pueblos y culturas, estamos pasando ya a la occidentalización absoluta del planeta: el sueño de quienes en esta parte del mundo, con la arrogancia que la igno­rancia concede, ven en la Civilización (en singular, con mayúscula y sin epíteto) la culminación de sus sueños ilustrados. Y como las gentes se uniformizan al mismo ritmo que su medio, apenas nada permite detectar el avance sigiloso de la tiranía de lo Único. Y el mismo proceso que ha borrado del planeta a pueblos y culturas indefensos ante la prepotencia criminal de las armas modernas (¡«inteligentes»!) o ante la fascinación luciferina de la técnica, infiltra gérmenes letales para la destrucción de civilizaciones enteras (el Islam, China, la India...). No hay realidad cultural que sobreviva a la seducción diabólica de la televisión, la informática y el consumo, y el proceso se repite tanto a microescala regional y comarcal como a nivel individual. Por lo que a Occidente respecta, ahora ya somos ciudadanos del mundo, habitantes de una aldea global, es decir, seres desarraigados, autómatas de ninguna parte en la Ciudad Única, vagabundos de un espejismo fuera del tiempo y del espacio, bárbaros camuflados en el reino de las necesidades infinitas.

Mientras con hipocresía homicida disimula como «globalización» la imposición a nivel planetario de un sistema socioeconómico que condena a la miseria y a la muerte a gran parte de la población mundial y que genera guerras por doquier, el llamado «primer mundo» pre­tende, en un supremo ejercicio de cinismo, erigirse en salvador de la humanidad, exportando caridad a todas partes mediante organizaciones que difunden el modelo de vida y los valores de Occidente y que dicen salvar individuos al mismo tiempo que asesinan culturas. Generosidad equívoca de efectos quizá peores que una agresividad abierta. Paradigma de la soberbia del Occi­dente autodivinizado, la famosa Declaración de los Derechos Humanos, a la que no se siente rubor en calificar de «universal», no pasa de ser un subproducto de la mentalidad estrechamente moralista de la burguesía anglosajona del siglo XIX, por completo ininteligible para cualquier pueblo no occidentalizado, que no verá recogidos ahí ni uno sólo de los derechos que para ellos son sagrados. Imbuidos de una conciencia mesiánica, los misioneros occidentales -religiosos antes, laicos y ateos ahora- llevan sus regalos envenenados hasta los lugares más recónditos del globo. Apestado incurable, el occidental moderno, por más caritativo y humanitario que se crea, difunde gérmenes de muerte por donde quiera que va: lo que Occidente no mata con las armas, lo mata por contagio. Su preocupación por los pueblos «atrasados» tiene la marca del resentimiento contra quienes pretenden mantenerse fuera de su infierno. El occidental «civilizado» no puede tolerar la existencia a su lado de otras culturas tradicionales -todas sin excepción reaccionarias y retrógradas a sus ojos- porque ésa es la constatación viva y nítida de su insensatez, de su fracaso y de su ruina.

Pocos son los occidentales que no creen en la absoluta superioridad de su cultura, por más que sus prejuicios igualitarios les impidan a veces confesarlo. Y no puede ser de otra manera cuando se cree que la ciencia moderna es la única expresión de la verdad, que la democracia es la única forma legítima de gobierno, que la libertad individual es una premisa innegociable, que la tecnología moderna es un bien imprescindible y que el crecimiento económico indefinido es un objetivo deseable. Quien acepte estos principios -es decir, quien crea que los «mitos» progre­sistas son la expresión de una Verdad Suprema- y no afirme la superioridad de Occidente, o es un inepto incapaz de encadenar dos pensamientos seguidos, o es un em­bustero y un hipócrita.

El integrismo democrático predica contra el racismo excluyente, mientras practica un racismo incluyente de efectos todavía más perversos. Se presume de aceptar a negros, gitanos, orientales o africanos, a condición de que se comporten exactamente como blancos occidentales modernos, es decir, a condición de que dejen de ser negros, gitanos, orientales o africanos; labor civilizadora am­bientada con empalagosos cantos folclóricos al mestizaje, antes accidente intranscendente, ahora eficaz método de exterminio de las diferencias y de unificación en la grisalla de lo indeterminado.

Por vía de inversión, entre panegíricos y ditirambos, el ciudadano demócrata revela con su discurso inflado de la libertad que se encuentra irremisiblemente encadenado y más esclavizado de lo que nunca lo estuvo hombre algu­no sobre la tierra. Cada cultura es un entramado de limitaciones aceptadas de modo más o menos consciente, y, en esa medida, neutralizadas, pero el hombre moderno, embriagado por sus sueños olímpicos y universalistas, se empecina en la inconsciencia de sus propios límites. Fascinado por sus falsos mitos, ramplones y mezquinos, vive exultante una parodia de libertad que, siendo como es, cualitativamente irrisoria, quiere ser cuantitativamente absoluta: descompensación característicamente generadora de monstruos que la propia historia revela tan ilusoria como fatídica.

Quienes supuestamente se oponen a la marcha actual del mundo hablan cada vez más de «la otra globa­lización»: la «globalización buena» frente a la «globali­zación mala» es un paralelo exacto de la fraudulenta oposición entre consumismo econaturista y consumismo convencional, entre desarrollismo sostenible y de­sarrollismo industrialista. Cualquier forma de globa­lización implica abarcar en una estructura unitaria la totalidad del planeta, y eso supone el despliegue de gigantescas redes de comunicaciones, de la técnica, la industria, la ciencia, las macroestructuras de todo tipo y en definitiva la voluntad megalomaníaca y la men­talidad descomedida de Occidente. Un mesianismo mundialista teñido de filantropía y espíritu ilustrado parece estarse adueñando progresivamente de una rebelión, en principio, tal vez más bien visceral y espontánea. La voluntad titánica de la modernidad se filtra por todas partes y asoma desde el interior de propuestas que se pretenden de oposición radical. No habría que olvidar el sano principio de E. F. Schumacher: «Lo pequeño es hermoso». No aceptar el carácter providencial de los límites que impone la materia y pretender trasladar al plano físico la infinitud que corresponde a otro nivel de lo real es, literalmente, un pecado de idolatría; o, dicho de otro modo, pretender convertir el mundo en infierno.

De manera sorprendente, quienes tan prestos están a explicarlo todo por razones sociológicas no parecen encontrar ninguna relación entre los ideales progresistas - en el poder desde hace décadas en todo el mundo occidental, aunque muchos no se quieran enterar e independientemente de las irrelevantes diferencias entre los partidos que gobiernan – y la descomposición galopante de la estructura social. Quieran verlo o no los progresistas de izquierdas -a los que, a diferencia de sus correligionarios de derechas, les gusta creerse permanen­temente en la oposición- la única rebelión posible, la única decisiva en todo caso, ya no se sitúa en el campo de una izquierda sin identidad sino en el de la lucha contra el Progreso, y por tanto tendrá que ir dirigida, no sólo pero también, precisamente contra ellos. Revolución, en todo caso, no política sino existencial, como necesario fermento de una metamorfosis colectiva que no tiene más marco que la escatología, única esperanza razonable para la humanidad, pues la ciudad ideal no puede ser realizada en la historia.



Fuente: Capítulo VII  del "Manifiesto contra el Progreso". Preparado por Zainab Pi para el blog "Islam en Mar del Plata".