4/11/11

El orden cultural: arte y literatura



Por Agustín López Tobajas

Por primera vez en la historia de la humanidad, todo lo que fue una civilización, como tal, fabrica es feo. Feas son sus ciudades, sus iglesias, sus carreteras, sus máquinas, su forma de vestir, sus obras de ingeniería, sus utensilios…y su arte. La modernidad, es por encima de todo, fea, radicalmente fea, abrumadoramente fea.


Nuestro arte abstracto no es una iconografía de las  formas trascendentales, sino la representación
 realista de una mentalidad desintegrada.
A. K. COOMARASWAMY


Si el análisis comparado de la historia de las civilizaciones es suficiente para cuestionar la creencia moderna en el progreso, en ningún área específica el resultado de ese análisis es quizás tan claro como en la esfera del arte. Sin embargo, ninguna conclusión parece deducirse de ahí. Como, en todo caso, es difícil negar el legado cultural y artístico de las sociedades tradicionales, se opta por ignorar su significado y sus implicaciones, como si lo hubieran creado por casualidad o les hubiera caído llovido del cielo.

Una belleza natural y un sentido intrínseco de la armonía están presentes sin excepción en todos los restos materiales que no han legado otras culturas; sólo en el Occidente moderno la aberración estética se convierte en norma cotidiana de la vida. Por primera vez en la historia de la humanidad, todo lo que fue una civilización, como tal, fabrica es feo. Feas son sus ciudades, sus iglesias, sus carreteras, sus máquinas, su forma de vestir, sus obras de ingeniería, sus utensilios…y su arte. La modernidad, es por encima de todo, fea, radicalmente fea, abrumadoramente fea, circunstancia que, lejos de ser trivial o secundaria, es un elemento de juicio tan decisivo o más que todas las anomalías detectables en cualquier otro ámbito; a la hora de juzgar una cultura, la estética tiene, por lo menos, tanto valor de criterio como la justicia o la moral.

La ruptura renacentista tuvo una influencia decisiva sobre las artes plásticas, primero, y sobre la música y la literatura después. Con la clausura del espíritu medieval, se pierde en el olvido el mundo de los arquetipos divinos, y la mirada, antes capaz de captar la transparencia metafísica del fenómeno, va a chocar con la opacidad impenetrable de las realidades inmediatas. En arquitectura, especialmente, un gigantismo marmóreo y grandilocuente pasó a ser la expresión plástica del nuevo espíritu prometeico. Es verdad que la belleza de las grandes obras plásticas del Renacimiento no puede cuestionarse, pero no es menos cierto que algo de excesivo, de mundano y hasta de mórbido y tortuoso se introdujo con ellas frente a la sencilla serenidad y el diáfano silencio que presidían el arte sublime del Medioevo. El artista o el poeta dejaron de ser los intérpretes de signaturas eternas, hermeneutas del Silencio sagrado, y reivindicaron la obra de arte como medio de expresión de sí mismos. Retirados los dioses, el artista y el escritor devinieron cronistas de sus propios sentimientos y, en definitiva, cantores de sus propias miserias. Expropiado de toda función noética, reducido a sus aspectos sensitivos y emocionales, el arte se fue convirtiendo en la actividad frívola y superflua de unos artistas que no tenían más preocupación que el estilo y que no pretendían ya transmitir ningún sentido. La creación artística se asemeja entonces, en el mejor de los casos, a una labor de orfebrería, más o menos minuciosa pero intrascendente y vana.

Son, de todos modos, las vanguardias desarrolladas a lo largo de los últimos cien años las que introducirán al arte en su vertiginosa trayectoria hacia el suicidio. Dando por “superada” cualquier forma artística anterior, las vanguardias presuponen que superar equivale a destruir y olvidar, algo mucho más sencillo que integrar y trascender. La inversión sistemática de lo dado y la transgresión mecánica de todo principio establecido, con la consiguiente erradicación de toda supervivencia metafísica, es la nueva y única norma universal. A partir de una falaz ecuación entre esencialidad y simplificación, se esquivará de manera tan sistemática como sospechosa, cualquier dificultad. Incapaz para afrontar la complejidad, el arte moderno se diluye en un experimentalismo azaroso e insubstancial. Huyendo como de la peste del esfuerzo y la exigencia del rigor, cualquier cosa parece válida con tal de que presente un leve orden estructural, algo parecido a un tenue equilibrio formal.

La compulsiva necesidad neurótica de que todo cambie de forma incesante promueve la originalidad como valor supremo del arte: que una obra pueda ser calificada de “novedosa” es suficiente para justificarla. Se trata de llamar la atención como sea mediante la búsqueda de la perplejidad y la sorpresa. Inopinadamente, el susto pasa a convertirse en categoría estética. En su afán por sorprender a toda costa, el arte se asocia con la publicidad y el cuadro se convierte en cartel sin más objetivo que la sensación impactante del instante.

Hay que fundir el arte con la vida –se nos dice-, pero, en lugar de llenar la vida de belleza y sentido, se optará por trasladar al arte el sinsentido y la mediocridad de la vida moderna. Alguien descubre que basta con descontextualizar un objeto vulgar cualquiera, fabricado en serie, y colocarlo sobre un pedestal para convertirlo en obra artística: se inventan así los readymades, una de las más estimables materializaciones de la imbecilidad contemporánea. En el mismo orden de ideas, se recurre a Adorno y a Luckács para hablar de cómics y se meten los productos de la industria en los museos. Como culminación de la fusión del arte con la vida, las máquinas se apropian de la música, los escombros se integran en las esculturas, se incluyen cadáveres de animales en los cuadros y, en una carrera por ver quién se apunta la extravagancia más insospechada, se generan todo tipo de “instalaciones”, que, justo es reconocerlo, tienen al menos la ventaja de su impermanencia. El arte, nos dicen, rompe por fin las opresoras barreras de absurdos convencionalismos que tuvo que soportar durante siglos; las mismas, se supone, que atenazaron fatídicamente a Fra Angelino o a Giotto.

Criterio formal básico de la creación artística es ahora la libertad absoluta o, lo que es igual, la legitimación de la más completa incompetencia. Como nada es verdad, todo está permitido. Toda regulación sintáctica o coordinación lógica entre los elementos de la obra artística son sistemáticamente abolidas como condición sine qua non de la creatividad. El mero sentido del ritmo y la proporción se entierran como antiguallas bajo el dominio omnímodo de la ocurrencia. En ocasiones, como desiderátum de la originalidad, expresión críptica de elaboradísimos procesos de síntesis, un verso se reduce a unas letras ininteligibles o un cuadro a una sola línea o a un par de manchas uniformes de color. Otras veces, en el clímax de la originalidad vanguardista, la estructura gráfica del verso se retuerce en palabras verticales, oblicuas o irregularmente desplazadas por la superficie del papel, o el cuadro se prolonga en anómalas excrecencias más allá de sus límites normales. “Eureka” Asombrosas innovaciones…que los dadaístas inventaron hace aproximadamente un siglo. Lástima. Nada más desolador que una vanguardia pasada de moda y que no se ha enterado de su caducidad. Y así, gracias a la búsqueda continua de la innovación, asistimos a una tediosa repetición ad infinitum de idénticas banalidades alteradas tan sólo en sus detalles más nimios.

El proceso se acompaña de un discurso tanto más fácil cuanto mayor es la simplificación de las formas que, reducidas a su más mínima expresión, alcanzan la sublime potencialidad de sugerirlo todo y acogen, naturalmente sin contradicción cualquier discurso. Hablar con sentido sobre Uccello o Masaccio tiene su dificultad, pero amontonar vocablos sonoros sobre unas manchas de color o unas líneas insignificantes está al alcance de cualquier pedante con una cierta facilidad de palabra y un diccionario a mano. Curiosamente, la plástica moderna es, por encima de todo, un producto del discurso.

La inversión definitiva promovida por “artistas” y “conocedores” se impone en el terreno social con el avance de la “cultura de masas” y los vientos igualitarios que se difunden por Occidente. La ausencia de formación intelectual y la carencia de espíritu crítico, unidas a una monstruosa deformación del yo, hacen artistas o poetas consumados de quienes en épocas aún recientes no abrían superado el ingreso en cualquier escuela elemental de artes o de letras. Si nadie –en contra de lo que sucedía en los mundos tradicionales- sería hoy capaz de fabricarse por sí mismo los descabellados artilugios de los que hemos llegado a depender fatídicamente para nuestra supervivencia, cualquiera, sin embargo –tal vez a modo de compensación-, puede convertirse en nuestros tiempos en artista sin la menor dificultad. El arte deja de ser la actividad propia de quienes unieron la capacidad y la vocación a un perseverante aprendizaje y un trabajo continuado, y baja al nivel de la calle: siendo todos iguales, cualquier ciudadano tiene derecho a ser considerado poeta, músico, pintor…Da igual que se sea incapaz de dibujar un cuerpo humano con unos mínimos signos de vitalidad o de encadenar un par de frases sin atentar con contumacia contra las reglas más elementales de la ortografía: academicismos retrógrados, se dice. Lo que importa es la espontaneidad y la sinceridad. El poeta, el artista, sólo tienen que sacar lo que llevan dentro: en otros términos, deben evacuar en su obra los resultados de los procesos de descomposición generados por la asimilación cotidiana de las inmundicias que devoran a través de los medios de comunicación.

Como justificación última de tanta penuria mental se recurre con frecuencia al argumento de la provocación, argucia que lo justifica todo, con la pretensión de que meterle el dedo en el ojo al vecino puede ser una forma de creación artística. Utilizar un piano para interpretar a Bach se ha hecho ya demasiadas veces; lo realmente interesante –se nos propone- es destrozarlo sobre un escenario a martillazos, lo que tiene la ventaja de exigir un tiempo menor de aprendizaje y, al alcance de cualquiera es, además, mucho más democrático. Visionarios de psiquiátrico y revolucionarios de opereta pretenden así provocar el espanto aunque, en verdad, sólo consigan despertar el bostezo y su plana mediocridad produzca más tedio que conmoción. Se olvida que sólo el impacto de lo permanentemente ausente, de lo sistemáticamente negado, puede ser vehículo de una provocación real; es decir, en nuestro mundo, la articulación compleja de una unidad de sentido, la belleza sutil y elaborada del velo prolífico con que el logos se envuelve: esos, y no otros, son los signos actualmente insólitos, irreductiblemente revolucionarios, capaces de quebrar o cotidiano y construir el camino al único escándalo posible, el de la belleza y el conocimiento.

Pese a sus ilusiones contestatarias el arte de las vanguardias, lejos de oponerse al “sistema”, es su más nítida expresión y avanzadilla. Si eventualmente se enfrenta a reticencias es por su voluntad de intensificar su dinámica, no de contradecirla; su conformismo es, pues, además de total, sobreabundante. Como dice Luc –Olivier d’ Algange, le guste o no a los vanguardistas, el suyo es el “arte oficial” del siglo XX, tan oficial como lo fue el “arte oficial” del XIX, aunque con una diferencia: la ausencia del oficio y el saber hacer que caracterizaba a sus predecesores.

Individualidades aparte, el camino abierto por las vanguardias ha conducido de la vaciedad más o menos trabajada al culto abierto de la zafiedad, la patología mental y la estulticia. La historia de la humanidad había conocido múltiples momentos de esplendor y decadencia, pero es atributo y seña de la modernidad haber pretendido elevar el eructo a la categoría de música y el excremento a la condición de escultura. Y como casi nadie se atreve a decir que el rey está desnudo para no pasar por ignorante- y como además el negocio es rentable-, se construye sobre la nada la más fabulosa ficción que hayan conocido los siglos. Se puede poner de vuelta y media a quien insiste en pintar bodegones, paisajes con ciervos o puestas de sol, pero si al personaje en cuestión se le ocurre pasarse al collage, el funk-art, el minimalismo o a lo último que en ese momento se lleve, todas las sospechas se trasladarán automáticamente a quien se atreva a criticar su idéntica incompetencia.

Y como en ciertos círculos el “espíritu” no deja de estar de moda, entre la perorata teosofista de unos y las veleidades filopanteístas de otros, son no pocos los artistas que se han permitido unir a sus obras discursillos supuestamente sufíes, budistas o lo que se tercie, como si esas tradiciones no tuvieran perfectamente integradas y determinadas sus específicas vías para la creación artística y, desde luego, guardándose escrupulosamente, por si acaso, de recabar la opinión sobre sus obras de los maestros legítimos de las tradiciones en cuestión.

El papel destructor asumido por el arte moderno -sobre todo en artes plásticas y, muy especialmente por las ingentes consecuencias prácticas que entraña, en arquitectura- se manifestará de forma abierta en el programa terrorista propuesto explícitamente por una de sus figuras más siniestras, Le Corbusier: “El centro de nuestras viejas ciudades, con sus catedrales y templos, debe ser derruido y remplazado por rascacielos”. Se lleve o no acabo su programa y sea cual sea el futuro de la humanidad, millones y millones de toneladas de materia envilecida quedarán irremisiblemente aquí, durante milenios incontables, como museo cósmico del horror. Tal vez como muestra patente de que, de forma misteriosa –y como ya decía René Guénon-, todo se integra en un orden superior y hasta las posibilidades más inferiores o aberrantes deben tener su sitio en la manifestación universal. Incluso el arte moderno. La misericordia divina no conoce límites.

Fuente: Capítulo VI  del "Manifiesto contra el Progreso". Preparado por Zainab Pi para el blog "Islam en Mar del Plata".