9/11/11

Cuando Sarmiento puso precio a la cabeza de José Hernández


“Si nuestros gauchos, si los que vagan hoy sin ocupación y sin trabajo obtienen, además del salario correspondiente, un pedazo de tierra para improvisar en él su habitación y los instrumentos necesarios, se le liga más y más a la defensa de la línea fronteriza, porque ya no serían sólo los intereses extraños los que ampararía sino sus propios intereses. (…) Por medio de la subdivisión de la tierra se atrae una población, cuyo espíritu emprendedor se excita en una lucha proficua y estimulante.”

José Hernández, quien esto decía, mostró a lo largo de su vida una especial preocupación por los sectores menos favorecidos de la sociedad. Ya fuera como poeta, como periodista o volcándose de lleno a la arena política y militar, el autor del Martín Fierro consagró su vida a mejorar la situación de los gauchos y a la defensa de las ideas federales.
Así fue como, tras el asesinato de Urquiza, José Hernández se unió a las filas del entrerriano Ricardo López Jordán, profundizando todavía más la enemistad con Domingo F. Sarmiento, quien pronto elevaría un proyecto de ley poniendo precio a las cabezas de los sublevados, entre ellas, la de Hernández, que fue valuada en mil pesos fuertes.
En su homenaje, el 10 de noviembre, día de su nacimiento, se celebra en la Argentina el día de la tradición. Para recordarlo, reproducimos un artículo aparecido en La Opinión Cultural en 1972 sobre el momento en que el autor deMartín Fierro se sumó a las huestes del caudillo entrerriano y Sarmiento puso precio a su cabeza.
Cuando Sarmiento puso a mil pesos la cabeza de José Hernández
Fuente: Diario La Opinión Cultural, domingo 6 de febrero de 1972.
Se conoce al poeta José Hernández. Casi nada del político intenso y militante. Luis Alberto Rodríguez, un porteño de 33 años, ha reunido pacientemente los antecedentes históricos de la acción pública del autor delMartín Fierro en favor de las autonomías provinciales, en defensa de los humildes del interior y contra la oligarquía del puerto. Resultado de ese trabajo –que se aleja tanto de la historiografía liberal como del revisionismo, en procura de una visión totalizadora del pasado argentino- es el libro Vida política federal de José Hernández,  que esta semana distribuyen en Buenos Aires la editorial El coloquio y del cual se anticipan fragmentos a continuación.
Sarmiento, luego del abrazo con Urquiza, y creyendo que contaría de ahí en más con el prestigio y las lanzas del caudillo entrerriano para fortalecer el poder central, inicia una ofensiva desde la prensa porteña contra la oposición mitrista. Pero Justo José de Urquiza ya no era respaldo; su entrega a la burguesía comercial de la ciudad puerto era harto evidente. El 11 de abril de 1870 las ilusiones del sanjuanino estallaban en el aire ante la conmoción de esta noticia: el caudillo entrerriano había sido muerto de un trabucazo en su palacio de San José. El ex gobernador de Córdoba, Simón Luengo, y un grupo de federales exaltados por su traición a la causa, son los que lo ultiman. El defensor del Chacho, el hombre que había anticipado este desenlace, José Hernández, dirá: “Tenga el Gobierno toda aquella sobriedad con que deben ser adornados todos los actos de esa elevada magistratura, y dando a la política una base amplia y generosa, salve a las provincias de Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes del incendio que las amenaza... El país pasa por un momento de crisis...La política estrecha será la ruina de todos”.
Ante los críticos acontecimientos la Legislatura entrerriana nombra gobernador al general Ricardo López Jordán, hijo del hermanastro del caudillo Francisco Ramírez. El nuevo magistrado, de cuarenta y seis años, era un veterano de las lides guerreras: Arroyo Grande, Caseros, Cepeda y Pavón, atestiguaban su coraje y pericia. Diputado de su provincia, presidente de la Legislatura, todo menos gobernador del recelo de don Justo a su federalismo consecuente. En la proclama que dirigió a los entrerrianos afirmó que había hecho la revolución en la que desgraciadamente había muerto Urquiza, bajo las banderas de la libertad, el federalismo y la autonomía provincial. La mayoría del pueblo, que el sacrificio de San José no conmovió, respaldará desde el primer momento a López Jordán.
Sarmiento, presa de cólera y de los consejos de Mitre, interviene a Entre Ríos el 14 de abril: “El Gobierno Nacional estará entre vosotros con todo su poder, para evitar que el mal se agrave...No deis oídos a sugestiones de ambiciosos oscuros e ignorantes; para quienes el odio es un principio, el crimen un medio”.
Este documento, que no apreció publicado ni en La Tribuna, ni en El Nacionalserá transcripto días más tarde por el diario de Mitre. Hernández lo comentará: “Nada de las bases constitucionales de la intervención. Nada de requisición para intervenir... La paz Faustina ha sido derrotada...Entre Ríos resistirá la intervención desesperadamente: y para asegurar el triunfo completo de las armas nacionales, debe hacerse allí un nuevo pequeño Paraguay...El poder de López Jordán, por inseguro y débil que quiera suponérsele hoy, va a ser inmediatamente robustecido a la sola presencia de las tropas nacional en Entre Ríos”.
Aunque resistido y mirado con desconfianza por la oligarquía porteña, Sarmiento llega a un acuerdo con ella frente a la cuestión de Entre Ríos; nombra al general Emilio Mitre jefe del Ejército de Observaciones, “que vigilará las costas del Uruguay”. Detrás de esta miserable fachada se pretendía ocultar el verdadero fin de la invasión militar a la provincia.
Desde las columnas de El Río de la Plata, Hernández alertará bajo una nueva faz sobre los peligros de la política iniciada: “Nos hemos pronunciado abiertamente contra el asesinato del general Urquiza, porque aparte del hecho mismo, no creemos que sobre la sangre pueda cimentarse jamás nada sólido ni duradero... Pero estamos también en contra de la intervención armada... Se cae en el error profundo de considerar el movimiento revolucionario de Entre Ríos, como un propósito de reacción contra el orden existente en la República, y se le coloca al Gobierno Nacional frente de uno de ellos para sofocar supuestas tentativas del otro... Para nosotros no se trata de una lucha interior, de partidos, sino de la desmembración o integración de la República. Y porque, desde que Entre Ríos no ha requerido la intervención del Gobierno Nacional, al verse amenazado y envuelto en una guerra desastrosa, no será extraño que en sus mismas plazas públicas firme el acta de su independencia... La muerte del general Urquiza, la segregación de esas provincias o su destrucción por la guerra, coloca al Brasil en posesión quieta, segura y perdurable de la asolada República Paraguaya, y si él no ha sido instigador... ¿habrá quién no reconozca que él va a cosechar espléndidos resultados de esos hechos?”
Sarmiento ya se había borrado como suscriptor de El Río de la Plata. La oposición nacional de los porteños como Hernández era cada vez menos tolerada por la oligarquía lanzada nuevamente a un baño de sangre. Los opositores de este tipo comenzaban a ser vigilados, especialmente los sospechosos o sindicados como amigos de los jordanistas. Nuestro hombre, de treinta y seis años de edad y con dieciocho de actuación pública, decide cerrar su diario, que había alcanzado 207 publicaciones.


Miliciano jordanista

Fracasadas las gestiones de conciliación iniciadas por los jordanistas, la Legislatura entrerriana rechaza la arbitraria intervención, autorizando al gobernador López Jordán a repelerla con la fuerza provincial. Convocado el pueblo, 14 mil hombres se reunieron prontamente para enfrentar a los 16 mil de las fuerzas interventoras.
Gran parte de los recursos del gobierno central son destinados a financiar el aplastamiento de Entre Ríos. Mientras tanto, desde el interior del país, llegaban partes dando cuenta de la sublevación de batallones en solidaridad con la causa jordanista. Pero Buenos Aires estaba preparada. Ya la tacuara montonera debía enfrentarse  a los remingstons adquiridos en el extranjero. Por gestión del general Gainza – “Don Ganza”, como lo llamara Martín Fierro – todo el ejército nacional es provisto del moderno armamento. Este hecho, inserto en el contexto histórico de la época, marcará la declinación final del paisanaje montonero. Las cargas triunfales de la caballería gaucha se volverán eco en la historia.
Sauce, Concepción del Uruguay, Santa Rosa, Don Cristóbal, fueron campos de combate y de muerte. López Jordán “tenía conquistada la libertad de ir a donde quisiera, en una guerra de cansancio, lo que no impedía que la prensa porteña, aleccionada cuando el gobierno nacional no ganaba un combate, la sacara “empardada”, siendo el caso que en Sauce, Santa Rosa, y Don Cristóbal los ejércitos nacionales quedaron estáticos, petrificados, inmovilizados sin caballadas, formando cuadros irreductibles cañones Krupp, recientemente introducidos al país” (Aníbal  S., Vázquez, José Hernández en los entreveros jordanistas). En esta lucha, como miliciano, se enrolará el más grande escritor de nuestra historia: José Hernández.
La primera referencia que se hace de él es una carta anónima, sin lugar de procedencia y sin destinatario, que lleva fecha 21 de agosto de 1870. En ella se lee: “José Hernández desde Buenos Aires es el que avisa que han salido 2 o 3 individuos de allí para su campamento pagado por Mitre y Sarmiento, lo que hace suponer que sean extranjeros: pero de todos modos, no se descuide en sus salidas y con los nuevos que le lleguen”.
Hernández tiene que haber avisado lo anterior varios días antes, pues esa fecha se encontraba en Rosario, donde inmediatamente después de su llegada le fueron ofrecidos las páginas del diario La Capital por su amigo Ovidio Lagos. Ofrecimiento que será rechazado por defender ese periódico la causa contraria a los jordanistas.
Luego del combate de Santa Rosa, arribó al campamento de López Jordán el joven Benigno Monteavaro, que había estado preso en Buenos Aires, con el objeto de alistarse en sus filas. Este era portador de una carta de Hernández al general, fechada el 7 de octubre en Buenos Aires.
Entre otras consideraciones le decía: “En la lucha en que usted se halla comprometido no hay sino una sola salida, un solo término, una disyuntiva forzosa: o la derrota, o un cambio general de situación en la República. Cualquier opinión contraria a esto será un error político grave, que lo detendrá a usted en su marcha, para perderlo al fin. Urquiza era el gobernador tirano de Entre Ríos, pero era más que todo el jefe traidor del Gran Partido Federal, y su muerte, mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él. La reacción del partido debía, por lo tanto iniciarse por un acto de moral política, como era el justo castigo del jefe traidor. Opino, pues, que para no empequeñecer su movimiento debe usted tomar esa reacción como punto de mira política. Hace diez años que usted es la esperanza de los pueblos, y hoy, postrados, abatidos, engrillados, miran en usted un salvador… El actual gobierno nacional es arbitrario, despótico y timorato, porque no se apoya en la opinión de los pueblos, sino en las bayonetas de sus reducidos batallones. ¡Quiebre usted el prestigio de esa arma, por medio de una sorpresa acertada, o de una operación atrevida y enérgica, y habrá dado en tierra con todo el poder de los enemigos!” (Vázquez, José Hernández en los entreveros jordanistas, págs. 26-28).
Al mes siguiente el remitente de estas líneas está participando en los entreveros jordanistas. De ahí en más correrá la suerte del caudillo, conviviendo nuevamente, en carpas y fogones, con los hombres de su partido.
El 26 de enero de 1871 en laguna Ñaembé, Corrientes, tras una cruenta batalla, -en la que el paisanaje federal no pudo superar la efectividad de la artillería de Viejobueno y del 7 de línea al mando de Roca-, las fuerzas de Buenos Aires lograron un triunfo completo: las fuerzas jordanistas se dispersaron deshechas . “Junto a López Jordán estuvieron ese día Francisco F. Fernández, Pedro C. Reina, Evaristo López, José V. Díaz, Anastasio Cardáis, el “tigre” Villanueva, Pedro Ezeiza y José Hernández.” (Fermín Chávez, José Hernández- Periodista, político y poeta).
Cabalgando en fuga, con la derrota a su espalda, pasarán el río Uruguay por el Rincón de Santa Eloísa, buscando la frontera salvadora.
López Jordán, Hernández, y un puñado de hombres hallarán refugio en Santa Ana do Libramento, en Brasil. En el exilio político se gastará Martín Fierro.


Martín Fierro 

Diez meses permaneció Hernández en Santa Ana do Libramento, desde abril de 1871 a enero del siguiente año, compartiendo con el caudillo entrerriano y otros federales los avatares del exilio. En febrero de ese año López Jordán es llamado por el gobernador de Río Grande; probablemente por entonces, el ex director de El Río de la Plata emprendió el regreso a Buenos Aires, con escalas en Paysandú y Montevideo.
Llegado a esta ciudad, decide instalarse en el Hotel Argentino ubicado en la esquina de 25 de mayo y Rivadavia. Allí recibirá la visita de su amigo oriental don Antonio Lussich, por cuyos versos inéditos de estilo gauchesco se interesa. Es que en la lejana Santa Ana había comenzado a escribir su poema épico.
En el mes de junio leerá Los tres gauchos orientales, de Lussich; en esta obra se narran los padeceres de los soldados blancos en la última revolución del caudillo Timoteo Aparicio. El 20 de ese mes le envía una carta de felicitación al autor, en la que toca también el tema de “ese género tan difícil de nuestra literatura”, pero sin decirle una palabra sobre lo que viene escribiendo.
Una década atrás, y desde el diario El Nacional Argentino, de Paraná, Hernández había expuesto la relación a que a su juicio debía existir entre el escritor y su pueblo. Decía entonces: “Siempre hemos creído que el que se consagra a la penosa tarea del diarismo no debe buscar en sí mismo, en los recursos de su inteligencia, ni en los conocimientos teóricos que sugieren los libros, la verdadera inspiración, los puntos que deben servirle de tema. Hemos creído siempre, y nos ratificamos en ellos, que el pueblo es la fuente más pura, y en la que únicamente deben inspirarse los periodistas… El pueblo no delibera ni gobierna, pero conoce mejor que nadie sus propias necesidades, valora con fidelidad los acontecimientos, prevé sus resultados, compulsa los sucesos del ayer para deducir de ellos los que vendrán mañana; y el escritor que va a recibir de él las inspiraciones, lleva consigo cuando menos la ventaja de estar en posesión de sus necesidades, de tener un conocimiento perfecto de la opinión dominante, y en aptitud por consiguiente, de fomentar una conciencia plena por el estudio de la materia sobre la que debe ocuparse… La verdadera inspiración se recibe en el pueblo, y metodizada  arreglada por los conocimientos del que escribe ofrece y vuelve al pueblo bajo la forma de un artículo u otra... La tarea del escritor consiste en dar a las concepciones y sentimientos del pueblo, las formas de que carecen”.
Ahora, en diciembre de 1872, editado por la imprenta La Pampa y en papel de pobre calidad, aparecía un humilde folleto que incorporaba a la literatura argentina lo único viviente y nacional: El gaucho Martín Fierro.
El eje central de la obra, testimonio de la heroica y desgarrada época de las masas y las lanzas, era el drama social de la destrucción implacable de la economía natural y de sus hombres representativos, por medio de la ganadería y agricultura de tipo capitalista que respondían a la ligazón con los países europeos. En la potencia de este creador de treinta y ocho años se encontraba retratada la sociedad en la que la oligarquía pro británica de la época procedió  la liquidación sangrienta del gauchaje. Estos fueron barridos o expulsados más allá de la línea de fronteras, o sometidos con sus hijos como peones de estancia. Mas, el reflejo poético de las masas desposeídas, y ocasionalmente derrotadas, fue captado por el escritor federal, que infligió con su canto de protesta social, la derrota cultural de la aristocracia porteña.


Las cartas patagónicas

El primer día de mayo de  1873 el general Ricardo López Jordán, insistiendo en su lucha, pasó a Entre Ríos por el Alto Uruguay. Mientras esto ocurre, Hernández, ante una orden de prisión dictada contra él  por el gobierno, se refugia en Montevideo. Hacia fines del mes señalado Sarmiento remite un proyecto de ley a la Legislatura poniendo precio a las cabezas dirigentes de la revolución entrerriana: 100 mil pesos fuertes para la de López Jordán, 10 mil para la de Mariano Querencio, y mil para las de los demás alzados principales, entre ellos se encuentra el autor del Martín Fierro.
Nuestro hombre, desde la Banda Oriental, mantiene correspondencia con el jefe revolucionario, que le encarga la redacción de importantes documentos. También allí se encuentra con su amigo Juan Antonio Soto, viejo redactor de La Reforma Pacífica  y padre de Héctor Soto, fundador director del diario La Patria de Montevideo. El exiliado de Santa Ana colaborará entonces con esta publicación periodística.
Bajo el seudónimo de “Un Patagón” aparecerá la primera de las siete cartas que Hernández le dirige al escritor e historiador chileno Vicuña Mackenna, con motivo del panegírico que éste hiciera a Mitre desde las columnas del diario El Independiente de Santiago de Chile. El general era exaltado “como la expresión del liberalismo más puro, como la encarnación  de las aspiraciones más generosas, como el brillante iniciador de una época de reparación, y como el prototipo del más completo y elevado americanismo”. Digamos que el caluroso elogio del chileno había sido tentado por Mitre, lanzado a preparar el terreno político de su candidatura presidencial.
Hernández no dejará pasar esta oportunidad para demoler las pretensiones del célebre guerrero: “La (candidatura) del general Mitre está en juego, levantada por elementos reaccionarios (…) que arrastrados por sus mismos errores, y empujados por la fuerza de las ideas de orden, de paz y de progreso, tuvieron que abandonar la escena hace muchos años… Pretende que la América se persuada de que, mientras sus compatriotas emplean sus tesoros o pierden su tiempo en sostener el combate, o van a hacerse matar en los comicios públicos por elevarlo a la primera magistratura, él se ocupa tranquilamente de leer su Historia del Valparaíso, en preparar los materiales para escribir la vida y campaña del general San Martín o en hojear a Plinio el Joven, o Covarrubias y a los autores sarracenos, para hallar el origen de un vocablo, o de un boquiblo como diría Sancho… Ahí tiene Ud. explicada la razón de su carta, cuyo motivo no había podido Ud. averiguar, pero a cuyo propósito ha servido a las mil maravillas”.


La chirinada de Mitre

A poco de concluir el gobierno de Sarmiento, el país se enfrentaba al dilema de la sucesión presidencial. Mitre ya había anticipado los trabajos de su candidatura, concitando el invariable apoyo de los comerciantes, importadores, burgueses del puerto y socios de la rubia Albión. La intelligentzia, en la antípoda hernandiana, se veía representada por él. Adolfo Alsina, gobernador de la provincia, cabeza del partido autonomista, de los “crudos” –prolongación de los “chupandinos” de hacía dos décadas- se constituirá en el adversario político del mitrismo. Describe Ramos: “Alsina, hijo del cerrado don Valentín, aquél prototipo del rivadaviano, encarna otras fuerzas y otras ideas de su padre Adolfo Alsina orador nato, de arrastre popular, tiene su base en los barrios pobres de la ciudad, en los grande ganaderos de tradición federal de la provincia y en el peonaje bonaerense”. Aristóbulo del Valle, Leonardo N. Alem e Hipólito Yrigoyen, abrazarán las banderas del autonomismo; más tarde lo hará Hernández.
Puestas en el tapete las postulaciones presidenciales, se vio que Avellaneda concitaba el apoyo de diez provincias; Alsina el de la provincia bonaerense, y Mitre, a su turno, el de la parte céntrica de la ciudad de Buenos Aires, su “tribuna de doctrina”, ciertos sectores de oficiales porteños del ejército y las provincias de San Juan, Santiago del Estero y Corrientes, en manos de su círculo. Es entonces que Alsina vuelca su apoyo a la fórmula Avellaneda-Acosta, hecho que resultará decisivo y constituirá al mismo tiempo el empalme del Partido Autonomista Nacional, esto es la fusión de la débil burguesía terrateniente provinciana con el pobrerío del puerto, las peonadas y ganaderos bonaerenses de tradición federal. Es por entonces que aparece en Buenos Aires la primera fábrica de tejidos de lana (en el sentido capitalista de la palabra). …el interior se empobrece cada vez más.
Hernández, desde la Banda Oriental, tendrá esta visión: “(En Buenos Aires) ante la influencia oficial representada por un candidato, y ante el personalismo encarnado en otro, el candidato del pueblo, el único que reunía en sí las simpatías del país, y que respondía a sus más patrióticas y legítimas aspiraciones, ese candidato, tuvo que retirar su nombre puesto al pie de un programa que el pueblo había acogido con cariño y hasta con entusiasmo: Allí, los elementos oficiales significan Avellaneda. El personalismo es Mitre. Alsina era el pueblo. Hoy el pueblo es el espectador – ha sido derrotado ya-, vencido por los elementos oficiales de un lado, y por el personalismo del otro”.
Con el apoyo mayoritario de las provincias triunfa la fórmula Nicolás Avellaneda-Mariano Acosta, con 146 lectores, contra 79 del binomio Mitre-Torrent. El fallo comicial no fue aceptado por el mitrismo, que acusó al autonomismo de fraude en complicidad con el gobierno. Es entonces que el candidato vencido proclama la revolución y se traslada a Montevideo. Desde La Patria, Hernández comentará los hechos.
“¿Adónde se dirige? Ya lo hemos dicho, no se dirige a ninguna parte, porque no tiene un palmo de costa argentina en donde poner su pie, y huye de esta ciudad donde su presencia ha sido descubierta para ir a fluctuar errante a bordo de la cañonera Paraná o del vapor Montevideo. El revolucionario se convierte en pirata Cuando la Escuadra Argentina salga a someter esos buques (…) aquél en que se encuentre D. Bartolomé Mitre, no ha de conocerse por la flámula de su almirante, sino porque ha de ser el que se halle más alejado del lugar del combate… Damos a la América Republicana, traicionada por él, esta noticia: “El general en jefe del Gran Ejército Aliado en operaciones sobre el Paraguay anda hoy de pirata en el Río de la Plata, a bordo de la cañonera robada al gobierno argentino”.
Así las cosas, Mitre logra por fin desembarcar en el puerto del Tuyú, dirigiendo al país una de sus caracterizadas proclamas. Este documento merecerá el tratamiento hernandiano.
Sarmiento, con la ayuda de los coroneles José Inocencio Arias y Julio Argentino Roca vence rápidamente la revuelta mitrista. La plana mayor de los insurrectos es tomada prisionera. Mitre será condenado a muerte, pero Avellaneda, al asumir la presidencia de la República, conmutará la pena. Tan sólo cuatro meses estará preso el jefe de los sediciosos. Cabe sí, lo dicho por Hernández: “Mereció ser juzgado en Sierra Chica, mereció ser acusado y procesado por las fechorías que ordenó o consintió en el interior: mereció un consejo de guerra, en Curupayty, y alguna vez ha de llegar el día en que la Justicia Nacional se cumpla”.


Hernández y el “bárbaro” Sarmiento

Ya el comandante Arias había contenido con sólo 600 hombres al ejército encantado de Mitre, en la batalla de La Verde: el coronel Roca había deshecho las tropas de Arredondo en Santa Rosa; la revolución iniciada y epilogada en tal forma era la comidilla sarcástica de los hombres de entonces cuando Avellaneda se colocaba la banda presidencial.
Sarmiento, al entregarle el mando le manifestó: “Sois el primer presidente que no sabe manejar una pistola”. Seis años más tarde, en 1880, el apacible intelectual tucumano calzaba revólver. Había aprendido que a Buenos Aires no se le podía someter sólo con discursos.
El primer día de enero de 1875 deja de aparecer La Patria de Montevideo. Hernández, poco después, regresa a Buenos Aires.
El doble triunfo de Avellaneda, por los votos y las armas, era percibido como una respuesta a Pavón. La cuña mitrista de Santiago del Estero, coto de los Taboada, será sacudida por una intervención militar del ejecutivo nacional. Las situaciones provinciales se equilibraban en la medida que la amenaza porteña se diluía. Como contrapartida la prensa de Buenos Aires iniciaba una campaña contra el presidente. Ya en la revolución abortada del año anterior habían participado los supremos de los diarios La Nación y La Prensa, Mitre y José C. Paz, respectivamente.
Hernández publica a mediados del 75 la segunda edición de su Vida del Chacho, en momentos en que en la prensa y en el parlamento la discusión entre los defensores del federalismo y los del unitarismo alcanzaba un tono inusitado. Esta nueva edición no llevará el prólogo del 63, que comenzaba: “Los salvajes unitario está de fiesta…”, seguramente por considerarlo anacrónico o impolítico por el momento que se vivía.
Puesto el “Chacho” nuevamente en la lucha, el diario de los Varela, La Tribuna, lo recibirá con un chispeante comentario en el que refulgía el odio de la facción porteña.
Tres días más tarde la misma Tribuna publicaba un suelto titulado “La reacción” en donde transcribía el prólogo suprimido de la edición del 63, y acusaba a Hernández de jordanista y partidario de la “situación”, esto es partidario de Avellaneda y del Partido Autonomista Nacional.
El imponente hombretón de cuarenta y un años utilizará entonces las columnas del diario La Libertad de Buenos Aires – dirigido por el chileno Manuel Bilbao – para enviarle un dardo de su estado al redactor de La Tribuna,que pensaba que era el ex presidente, bajo el título: “Señor Sarmiento: ¿por qué mataron?” Trascribimosalgunos de sus párrafos más salientes:
“Dice Ud., como un sarcasmo, que Avellaneda debería comprar una cantidad de folletos de la vida de Peñaloza y repartirlos en las oficinas y yo le digo que esa ironía no me hiere, porque recuerdo que bajo tres presidentes he vivido sin garantías, que bajo la presidencia de Sarmiento fui perseguido seis años y desde que soy hombre, el único gobierno bajo el que vivo tranquilo, con mis opiniones buenas o malas, es el del Dr. Avellaneda, y de ahí que soy partidario de la situación, como usted me llama.
“Cuando llegó a Buenos Aires la noticia de la muerte de Peñaloza, La Tribunaal transmitirla al público, le dedicó estas palabras: “Séale la tierra pesada”. El diario autor de esa explosión de odio que va más allá de la tumba, y el autor del abrazo de San Juan (Sarmiento), se juntan hoy, después de doce años, animados de los mismos rencores (…) que quiere hundir en un hondo abismo a todos sus adversarios…
“Cuando los que mataban, los que aplaudían la matanza y los que predicaban la justicia me llamaban a mí mazorquero porque condenaba aquellos excesos y defendía en tantos desgraciados el derecho de vivir, yo no podía ni debía quedarme sin retribuir el sangriento apóstrofeEra una injuria recíproca. Recibía una y le devolvía otra que era correlativa.
“Pero los que mataron, Sr. Sarmiento, los que mataron son más culpables, cualquiera que sea la forma en que lo hicieron, que los que condenaron a los matadores, cualesquiera que sean los términos en que escribieron… Si no querían oír la condenación, señor Sarmiento, ¿por qué lo mataron…?”

Elhistoriador.com