16/11/11

Bolivia: Pachamamismo eurocéntrico



Andrés Solíz Rada

Andrés Solíz Rada

 El nacionalismo defensivo permite aglutinar al bloque indomestizo que luchó en la guerra de la independencia, encontrar equilibrios razonables entre desarrollo y ecologismo y rescatar los aportes de nuestras culturas originarias.

Raúl (Prada) Alcoreza comentó mi nota “Territorios Ancestrales en la Constitución Boliviana” (“Rebelión”, 28-10-11), en estos términos: “Andrés (Soliz) Rada es un nacionalista. No ha superado ese horizonte, sigue en la ilusión del Estado-nación, como la mayoría del gobierno.
No entiende que este modelo es subalterno y supeditado a la geopolítica de dominación del sistema-mundo capitalista. Estos estados están para garantizar la transferencia de los recursos naturales al centro de la economía-mundo capitalista. Apuestan a mantener la dependencia a través del modelo extractivista. Los nacionalistas se ilusionan con el desarrollismo y el extractivismo de la misma manera que lo hacían las élites liberales del siglo XIX. Los nacionalistas no entienden el desplazamiento epistemológico, teórico, político, cultural y civilizatorio de la propuesta descolonizadora indígena de la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, no entienden que es una propuesta de transición integral que rompe con la modernidad, la única forma de vencer al capitalismo. Lo demás, el desarrollismo y el extractivismo, es volver a entregar nuestras riquezas a la vorágine capitalista, el nacionalismo es una ideología que legitima esa dominación” (“Foro Bolivia”, 07-11-11)

Las elucubraciones indigenistas carecen de respaldo empírico. Por el contrario, el nacionalismo defensivo se nutre de las luchas de liberación nacional de las colonias y semicolonias. En los últimos años, la conjunción de políticas nacionales en la región ha permitido la creación de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), de UNASUR, del MERCOSUR y del ALBA para que, a partir de alianzas nacionales, construyamos la Nación continente, sudamericana primero y latinoamericana después. ¿Por qué el indigenismo silencia estas experiencias? Los planteamientos nacionales se han traducido en la estructuración del bloque Brasil, Rusia, India y China, al que muchos añaden Sudáfrica, que ha acelerado la desoccidentalización del mundo y ha logrado que parte importante de los recursos económicos fluyan ahora, después de 500 años, de Occidente a Oriente y del Norte al Sur.

La decisión de Venezuela de recuperar cientos de toneladas de oro depositadas en Bancos foráneos comprueba lo afirmado.

¿Significa lo anterior “someterse a la geopolítica de dominación del sistema-mundo capitalista” o, por el contrario, implica articular la geopolítica de los países oprimidos para recuperar su soberanía y planificar su destino? ¿Acaso podremos enfrentar la geopolítica imperialista sin crear nuestra propia geopolítica defensiva? ¿No se confirma, una vez más, que quienes no defienden el nacionalismo de los países oprimidos acaban defendiendo el nacionalismo de las naciones opresoras? Las alternativas viables al capitalismo están emergiendo de los nacionalismos triunfantes, aliados a los cientos de miles de indignados en el mundo, a cuyas protestas se suman los trabajadores de países industrializados, que demandan el cierre de los paraísos financieros y la sustitución de la Banca internacional (que financia a las ONG) por Bancos Estatales. Provinciales o Municipales. Lo anterior demuestra que no existe un muro infranqueable entre nacionalismo defensivo y proyecto socialista, cuyos perfiles sólo pueden ser trazados por países que salieron del control del capital financiero.

Son los nacionalismos defensivos los que advierten que instrumentos internacionales, como el Convenio 169 de la OIT y la Declaración de la ONU sobre pueblos indígenas, deben ser aceptados preservando el interés nacional. La aceptación de esos instrumentos necesariamente tendrá diferentes consecuencias en países con poca población indígena, como Uruguay, por ejemplo, que en los que tienen fuerte presencia cultural y demográfica de pueblos originarios, como Bolivia. Para que esas asimetrías sean tomadas en cuenta es fundamental pensar con cabeza propia y someter a las ONG a la fiscalización de sus recursos económicos, a fin de detener sus políticas disgregadoras. El nacionalismo defensivo permite aglutinar al bloque indomestizo que luchó en la guerra de la independencia, encontrar equilibrios razonables entre desarrollo y ecologismo y rescatar los aportes de nuestras culturas originarias. En tanto el nacionalismo busca unificar a la nación oprimida, el indigenismo ha desatado en Bolivia más de 300 conflictos entre comunidades, pueblos, municipios, provincias y departamentos por inciertos “territorios ancestrales” ¿Qué tiene que ver esta posición con las élites liberales del Siglo XIX, enemigas de lo indomestizo y de la defensa de los recursos naturales?

Alcoreza propone volver al Tawantinsuyo. Sobre el tema señala: “La concepción de la nación es la concepción de los suyos… Estamos hablando de varios suyos que serían Naciones. Estamos actualizando (se refiere a la nueva Constitución) lo que es el Tawantinsuyo. Los Departamentos y sus límites geográficos son una herencia colonial. Las autonomías departamentales, municipales e indígenas viabilizarán la recuperación del Tawantinsuyo” (“La Prensa”, de La Paz, 13-01-09). Lo paradójico es que, al mismo tiempo, admite la imposibilidad de conocer el pasado incaico. Esta su opinión: “… esta memoria no tiene larga data… Enfrentamos, entonces, una especie de catástrofe: La antigüedad de las sociedades andinas se halla enterrada en el olvido. Pero no decaigamos. Debemos confiarle a la arqueología la reconstrucción de otros mapas sociales, de la geografía de otros recorridos, de otras circularidades, de otras estrategias, otras prácticas, otra forma de valorar las cosas y configurar el mundo. Confiemos a la arqueología la recuperación de esos mundos perdidos”. Luego añade: “Hagamos, de todas maneras, un ejercicio. Imaginemos por lo menos lo que pasó unos siglos antes de la conquista en una porción transversal de los territorios andinos”. (“El Diplo”, 20-XI-09).

La aventura “Tawantinsuyana” fue acompañada por el Vicepresidente Alvaro García Linera, quien adelantó: “Los municipios de mayoría indígena conformarán territorios indígenas, los que se convertirán en departamentos indígenas, hasta culminar en regiones indígenas” (“La Prensa”, 17-06-07). Por su parte, el portugués Boaventura de Souza Santos explicó su “contribución” a la Constitución boliviana, con estas palabras: “Yo he propuesto en La Paz la idea de que esta Constitución corresponde a un Estado experimental… en estas circunstancias lo mejor es experimentar” (“Rebelión.org. 02-01-10). A su vez, Rodolfo Stavenhagen, impulsor del Convenio 169 de la OIT, escribió: “Las guerras culturales no tienen que hacer pedazos a sociedades bien integradas por instituciones sociales, económicas y políticas” (“Rebelión.org”, 01-08-09). Como puede advertirse, el indigenismo propone reconstruir una sociedad enterrada en el olvido, mediante la imaginación de los antropólogos. Si las cosas no salen bien, no tiene por qué preocuparse, ya que seguirá experimentando, aunque entre experimento y experimento se aniquile a Bolivia. Como las sociedades bien constituidas no tienen nada que temer, los que quedarán despedazados serán los países semicoloniales, que seguirán siendo expoliados por los que supuestamente no tienen nada que temer.

Bolpress